Cortázar, Ginsberg y la generación beat: Conversaciones en la California contracultural

Allen Ginsberg: Mi función en la vida es ser cándido en el mismo sentido que lo es el príncipe Mishkin, de El idiota de Dostoievski. Y, como ya le he dicho, desnudar mi alma…  Ofrecer a todo el mundo la representación de un alma normal y corriente. Hasta donde sea posible, presentarme como muestra de humanidad ante la despersonalización general. Establecer una referencia de valor humano, muy distinto a todos los valores de comodidad, los valores impuestos desde el exterior, ya sean capitalistas, comunistas o de cualquier otra índole.

 
Bye, bye Miss American Pie… O no, mejor recordemos ese adiós a la inocencia con la reciente publicación de dos libros que recuperan algunos aspectos centrales de la contracultura norteamericana de la segunda mitad del siglo XX. Kerouac y la generación beat (Anagrama, 2013) lo hace a través de una serie de conversaciones que el escritor y periodista Jean-François Duval mantiene con figuras clave de la generación beat como son Allen Ginsberg, Timothy Leary o Carolyn Cassady, entre otros. Clases de literatura (Alfaguara, 2013), por su parte, se centra en las clases que Julio Cortázar imparte en la Universidad de California, Berkeley, entre octubre y noviembre de 1980.

Berkeley es un lugar al que irremediablemente se asocia una larga historia de desencuentros con el sistema establecido. Basta con observar los murales que recuerdan el Free Speech Movement de Mario Savio en la cafetería, escuchar a los speechers, que todavía hoy, se congregan en el Sproul Plaza del campus o consultar los fondos de una biblioteca que preserva la memoria de aquellos años de revuelta de finales de los sesenta.

Quien tiene la oportunidad de visitar la UC de Berkeley advierte que se trata de un lugar muy especial, con clima mediterráneo—debido a su ubicación en el interior de la bahía, resguardada de las brumas del Pacífico—, con increíbles puestas de sol y con un campus rodeado de inmensas secuoyas. Tiene un punto elitista, pero en sus calles se percibe el respeto por la cultura, más allá de la universidad, reflejo de todos aquellos que estudiaron en ella y de sus grandes profesores, como Carlo Cipolla, Richard Meier o Robert Oppenheiemer, por citar sólo algunos nombres.

Yo tuve el privilegio de residir un tiempo en el campus de Berkeley durante el verano del 2009. Estuve allí como investigador postdoctoral con el objetivo de escribir un libro –después titulado California Dreaming (2010)– sobre lo que en ese momento quedaba de la Contracultura en San Francisco y la Bay Area. Conservo un recuerdo muy especial del Caffe Strada, en la confluencia de Bancroft con Collegue Av, donde una vez me cité para conversar con Theodore Roszak, autor de The making of a Counterculture (1969). Quizá el Caffe Strada sea uno de los lugares que mejor resuma la atmósfera cotidiana que se vive en Berkeley: mesas de madera en plena calle, entre árboles, donde la gente charla sobre política o literatura mientras toma un café y escucha los conciertos de Brandenburgo, cuyo sonido va llegando desde el viejo quiosco de madera blanca, en el que se cobija la barra del local.

¿Quién dijo que EE.UU. era inhumano, frío y artificial? Lo es Mc Donald’s, puede serlo Starbucks, pero hay muchos Estados Unidos. Berkeley tiene algo de la vieja Europa, erigiéndose en una especie de Wonderland de la civilización humanística universal. Allí, a principios de los ochenta, Cortázar pareció disfrutar el último periodo de felicidad de su vida, enamorado de la joven fotógrafa Carol Dunlop, que moriría tan sólo dos años después, con apenas 36 años. Su musa pareció liberarlo de la carga que suponía su consagración como autor, aportándole nuevas energías, además de pasión por la vida y por la defensa de las libertades.

Si hay alguna cosa que defiendo por mí mismo, por la escritura, por la literatura, por todos los escritores y por todos los lectores, es la soberana libertad de un escritor de escribir lo que su conciencia y su dignidad personal lo llevan a escribir. Si ese escritor es un hombre que está comprometido en un campo ideológico y escribe sobre eso, como escritor está cumpliendo su deber. Julio Cortázar

En Berkeley, Cortázar vivió con Carol, salió de noche con sus alumnos y disfrutó de un entorno que no exigía nada a cambio y que le permitía largas jornadas de lectura y tiempo libre. Esta atmósfera relajada, intelectual y placentera queda perfectamente recogida a lo largo de las trece horas de conversación que mantuvo con sus alumnos – durante ocho clases– en las que no sólo se habla de literatura sino de otros muchos temas como cine, política o música. A lo largo de la conversación podemos ver como Cortázar desafía toda verdad establecida, relativiza y obliga a la reflexión dentro de un marco que él no considera un curso sino más bien un diálogo.

Los bestsellers…. Esos inmensos ladrillos que cierta gente compra en los aeropuertos para empezar las vacaciones y autohipnotizarse durante una semana con un libro que carece en absoluto de calidad literaria pero contiene todos elementos que ese tipo de lector está esperando y naturalmente encuentra. Julio Cortázar

¿Qué diría ese maestro de Berkeley si levantara la cabeza y viera en lo que se ha convertido el negocio editorial actualmente? Seguramente enviaría toda su fuerza a todos aquellos que resisten y siguen escribiendo desde los márgenes, comprometidos con un punto de vista alternativo y con la libertad. Ese es el espíritu de la contracultura: la utopía, la ilusión, el no desfallecer y caer en la desidia, la apatía y la derrota. Allen Ginsberg fue uno de aquellos que nunca abandonaron el combate. No fue nihilista, ni seguramente tan cool como William S. Burroughs. Tampoco gozó de la popularidad ni de la gloriosa mitificación postmortem de Jack Kerouac, pero sus palabras son las de un contemporáneo que obliga a despertar de la morriña y a pasar a la acción.

Leyendo la entrevista realizada por Duval a mediados de los noventa, reconozco en Ginsberg la encarnación de un arquetipo combativo, progresista y liberal que yo mismo he tenido la oportunidad de conocer de cerca a través del entorno de mi propia madre, María José Ragué, y de aquellos que ella misma entrevistó en su libro California Trip (1971). Gente que vivió de primera mano la explosión contracultural de los sesenta –en Estados Unidos o durante la transición española– unida por una idea y una filosofía de la vitalidad.

Escribir poesía es desnudarte en cuerpo y alma. Ofrecer una fotografía de ti mismo, Dejar que se desarrolle la película de lo que ocurre dentro de tu cerebro, la película de tus pensamientos, de tus emociones en el orden que fluyen, por muy imprevisibles y caprichosos que sean. Restituir lo que está bastante vivo para poderlo rememorar. Sin florituras. Con la máxima honestidad, sinceridad y autenticidad. Allen Ginsberg

Cuando Duval pregunta por el verdadero viaje, Ginsberg sigue defendiendo la droga como liberador de la mente, tal y como pregonan otros contemporáneos suyos, que también aparecen en el libro, como Ken Kesey y Timothy Leary.

Duval: ¿Cree que hoy todavía es posible el verdadero viaje? Usted mismo lo ha dicho, vivimos en un mundo completamente mediatizado. Las pantallas antes las que pasamos media vida quizá tengan efectos más peligrosos que la marihuana o el peyote…
Ginsberg: Bueno, de hecho, el peyote y la marihuana tienen el efecto exactamente contrario al de los medios de comunicación y el viaje como usted lo describe. Su acción está en las antípodas de un lavado de cerebro. Y por eso son drogas ilegales: porque te conducen a una visión primaria de la naturaleza. Lejos de imagen que los medios transmiten de ellas, te abren percepciones variadas y diferenciadas de la realidad. Los medios, en cambio, te dan una percepción muy llana y uniforme.

 
Nada más y nada menos que la constatación de una actitud, de unas ideas que la edad no apacigua, más bien sedimenta, como valiosos posos de sabiduría de quienes vivieron su vida intensamente.
 


Para el que desee ampliar información sobre la Generación Beat y su faceta como viajeros os recomendamos consultar la entrada del blog del autor de este artículo titulada Viajeros de la Generación Beat. Njoy!

 

Sobre el autor
Soy viajero, futbolero y cinéfilo. Creo en el zen, el monolito y en Leo Messi. He rodado documentales en la India (Rubbersoul), el Tíbet (Railway to Heaven) y colaboro con la revista Viajes de National Geographic. Actualmente llevo el blog pasionesferica.com y la web alexisracionero.com, aunque en lo que estoy docto cum laude es en hippies y el cine Hollywood de los setenta. He escrito los libros, El ansia de vagar, Shanti, Shanti, California Dreaming y El llenguatge cinematogràfic. Doy clases de cine e historia y estilos visuales en Escac.
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