Albert Lladó: “La fragmentación no la inventaron los posmodernos, es parte de una tradición ancestral”

Fotografías: Meritxell Gutiérrez

 
Albert Lladó (Barcelona, 1980) es coordinador de cultura en LaVanguardia.com, cofundador y editor de Revista de Letras y director de la Escuela de Periodismo Cultural. Entre sus obras destacan La puerta (2013), La realidad es otra. Aforismos, greguerías y otras emergencias (2011) y Paraules. Vint converses sobre creació (2010), que se caracterizan por la brevedad, la prosa poética y los juegos retóricos. El autor ha charlado con nosotros sobre editoriales independientes, Barcelona, teatro, fútbol, creación y nuevas tecnologías… Y, obviamente, sobre literatura.

Eras un adolescente y estabas en el instituto cuando descubriste a Bukowski y a Quim Monzó y la literatura dejó de ser para ti “algo aburrido”. A partir de ahí, ¿qué significado tiene?

Supongo que diferente significado según la época. Recuerdo muy bien un dossier que nos preparó nuestro profesor, el ahora conocido escritor Toni Sala Isern, para una asignatura optativa sobre Literatura Universal. Era cuarto de ESO. Yo era un estudiante desordenado, poco disciplinado, muy distraído… Aquello funcionó como una revelación. La Biblia, La divina comedia, Borges,…

A veces, cuando voy a casa de mis padres, aún consulto las fotocopias que han quedado de aquel dossier, los fragmentos seleccionados, qué subrayaba entonces… Fue un primer canon que aún resuena en muchas de mis lecturas. Mi adicción a Cortázar (de la que a veces me desengancho, claro) comenzó también allí… Luego, vino la escritura. Y la lectura aún cobró más fuerza, más sentido. Aquellos tipos hablaban de mí. Me interpelaban directamente. También recuerdo las clases de otro profesor de secundaria, muy duras, sobre Ausiàs March. Cómo el rigor, el esfuerzo en la lectura, abría ventanas al erotismo más extremo…

No te has limitado a desarrollar únicamente pasiones como la lectura y la escritura, sino que te has convertido en bloggero, periodista, escritor, editor, emprendedor y gestor cultural. ¿Te mueves por la filosofía del “hazlo tú mismo” o su versión colectiva “hagámoslo nosotros mismos”?

Me siento todo lo contrario al concepto de emprendedor que hoy nos quieren vender, muchas veces para ocultar la precariedad más bestia. Soy un empresario nefasto, en este sentido. Monté una micro-empresa por necesidad pura y dura. Para hacer lo que quería. Sólo he buscado dinero cuando lo he necesitado para un proyecto concreto. Para mí, el beneficio es la libertad. No hay otro. Por otro lado, creo, y mucho, en los proyectos Creative Commons. A veces, el mercado, sea el editorial o el periodístico, no tiene espacio para proyectos que interesan a autores y a lectores. ¿Qué hacemos? ¿Nos dedicamos sólo a lo que el mercado diga que es interesante? Hay que sobrevivir, sin duda, pero también hay que escapar, de vez en cuando, de la peligrosa lógica de la oferta y la demanda.

¿A qué atribuyes el auge de las editoriales independientes que han irrumpido en Barcelona, en plena crisis económica?

Barcelona es una ciudad extraña (como todas las ciudades que no han muerto del todo). Vive de sus contradicciones. Aquí hay una generación que, pese a la crisis, ha sido valiente y no ha querido quedarse en la fábrica de contenidos. Tienen criterio propio (algunos más que otros), oficio (pese a la juventud) y saben que ser editor es ser, además de un creíble prescriptor, un agitador de comunidades.

El manifiesto de Sísifo (el fanzine cultural del que eras coordinador) dice: “Como única solución, como único atisbo de libertad, el hombre moderno sólo puede salvarse a través de la creación”. ¿Corroboras esta afirmación?

Lo pensaba entonces (2006) y ahora lo creo aún con más intensidad. Los intentos para homogenizar la sociedad cada vez son más descarados. Vivimos en una apariencia de sociedad múltiple, plural, pero los grupos de poder siguen buscando con ansia la hegemonía. La moda y el turismo barato también suponen una contradicción que nos libera y nos atrapa a la vez. Todos podemos vestir, por poco precio, diferente. Y todos podemos viajar infinitamente más que lo hacían nuestros padres. ¿Eso nos hace diferentes? ¿Qué ideas realmente singulares circulan por los debates y tertulias? ¿Qué hay de disfraz y de postureo en cada uno de nuestros relatos?

Hablando de creación, en La puerta (2013), tu primera novela, elaboras un retrato de Barcelona del siglo XXI a través del palimpsesto, los juegos retóricos y los artificios narrativos. ¿Qué enseñanzas te ha dejado la capital catalana?

Como decía, Barcelona lo es todo y no es nada. Es un sitio de encuentro, de acogida, de tensiones, un espacio fronterizo, como diría Sanchis Sinisterra. Pero también hay un intento insistente para convertir la ciudad en un escaparate gigante, un centro comercial lleno de franquicias, al que se acceda por crucero. Sin embargo, por mucha banalización de la calle (entendida como ágora) que exista por parte del discurso oficial, la ciudad renace y se reivindica desde abajo. Pasa con las PAH, con las asociaciones de vecinos, pero también en esa Barcelona oculta que se respira en los símbolos escondidos, en los rincones de resistencia que están latentes, pero que están. Eso es lo que perseguí un poco en La puerta.

¿En tu opinión, esta novela representa una interacción de lugares, hechos y personajes captados a través de una visión personal y filosófica que se escribe a manera de un cuaderno de notas?

Cada vez me interesa más el cuaderno de notas como artefacto literario y/o filosófico. La fragmentación, está claro, no es nada nuevo, no la inventaron los postmodernos, sino que forma parte de nuestra tradición más ancestral. Siempre hay algo de esbozo, de tentativa a corazón abierto, en una novela. También en un ensayo. El espectador que más disfruta es al que le das opción de que cubra esos huecos. La lectura es movimiento, acción. Es zarandear a alguien que puede estar cómodamente sentado en una butaca. Yo no separo literatura y filosofía. Forman parte de un mismo proyecto.

La realidad es otra. Aforismos, greguerías y otras emergencias (2011) es una colección de 400 piezas sobre reflexiones cotidianas de la vida actual en la ciudad, que rinde tributo a Ramón Gómez de la Serna (en la foto) y a Carlos Edmundo de Ory. ¿Cómo definirías los aforismos?  ¿Qué te interesa de este género en general y de Ramón en particular?

Lo más radical de Ramón y de De Ory, para mí, es la capacidad para descodificar una realidad gastada, unilateral, que parece impenetrable e insustituible. El humor aquí, más que una estrategia, es una ofensiva en toda regla. Una forma de caminar, de mirar, de saltar, de amar. Los aforismos, las greguerías o los aerolitos son descargas eléctricas que necesitamos para recordar que la inercia no es el único edificio habitable en el desafío de vivir.

Has adquirido el hábito de usar el móvil para escribir aforismos en tu tiempo libre. Desde el terreno literario y filosófico, ¿cuál es tu lectura sobre las nuevas tecnologías y la creación?

Si las nuevas tecnologías sirven para romper la linealidad del relato, son un arma. Si sirven para generar comunidad y deliberación, son una brecha a la que hay que acudir. Si las nuevas tecnologías (¿ya no son tan nuevas, no?) son una fórmula para tambalear la jerarquización del conocimiento, hay que dominarlas. Ahora bien, no hay que obviar su impresionante capacidad para domesticar a una masa que confunde el ruido con la democracia. El autómata es el soldado del instante.

¿Qué criterios de selección tomaste al momento de elegir a las personalidades de la cultura catalana incluidas en tu libro de entrevistas Paraules. Vint converses sobre creació (2010)?

En realidad, es una selección de encargos periodísticos que realicé para diversos medios mientras estudiaba. Luego, con el tiempo, me he dado cuenta de la importancia del límite (sano y liberador) que tiene el encargo. En vez de castrarte, te lanza a la piscina. Nadar diferente cada vez es lo que me interesa. Messi tiene noventa minutos y un número determinado de jugadores rivales. Cada partido crea una partitura distinta. Ésa es la idea.

Estuviste varios años en una escuela de fútbol para menores, ¿qué elementos de esa actividad adaptaste al ejercicio literario?

Como en la lectura, o la escritura, era poco disciplinado. Al menos, conscientemente. Empecé a jugar al fútbol, federado, a los siete u ocho años… Lo dejé antes de cumplir los dieciocho. Le dedicaba horas. Dormía con la pelota. Soñaba con jugadas y estrategias. Ensayaba chutes contra la pared durante tardes enteras. Incluso, leía cómo fortalecer las piernas (era muy rápido, pero tenía poca potencia de chute), biografías de futbolistas… Pero lo hacía desde la obsesión. Lo hacía porque lo tenía que hacer. Con la escritura, en muchas ocasiones, me ha pasado algo similar. El juego, si es sincero, es eso.

Encuentros fortuitos (2009) es el análisis comparativo de Nadja de Breton y Rayuela de Cortázar. ¿Qué factores te llevaron a escribir este ensayo, que incluye una entrevista exclusiva con Edith Aron, quien inspiró al escritor franco-argentino en la construcción del personaje de la Maga en dicha novela?

El tema de fondo es el azar. Cómo el azar, aunque creamos que somos dueños de una racionalidad superior, lo va ordenando todo. Y es maravilloso que así sea. Los juegos de azar parecen que nos confunden en un primer instante, pero luego lo recolocan todo, las prioridades, los centros, el ritmo de nuestras decisiones. Hay una vida más auténtica que puede conquistarse. Breton y Cortázar, pese a sus innumerables diferencias, nos invitan a ello.

Cortázar en A Fondo, 1977

A mi parecer hay una serie de conexiones entre La fábrica, el blog que firmas en La Vanguardia, y tus primeros libros Podemos estar contentos (2007) y Cronopios propios (2008). Existe una estética de la brevedad, prosa poética y fragmentación. ¿Coincides con esta percepción?

Seguro que sí. Hay un intento de huir de los formatos encorsetados. De la nota de prensa o la receta. Del teletipo de agencia o de la noticia de última hora. El lenguaje, se ha dicho muchas veces, puede salvarnos o encarcelarnos con la misma rotundidad. La fábrica, para mí, vuelve a ser un territorio de experimentación. Un laboratorio, tan simple y complejo a la vez, que trata de violentar la relación entre significante y significado. Juntar dos palabras que no sabíamos de antemano que podíamos casar. Volver al encuentro fortuito que tan bien refleja Chema Madoz en sus fotografías. Uno más uno no son dos, sino un uno nuevo, polimórfico, punzante, lleno de latidos y sorpresas.

¿Qué valor das en tus libros a las imágenes y elementos gráficos, como es el caso de las fotografías de David Lladó o las ilustraciones Jaume Bagés, entre otros?

Creo profundamente, sin querer caer en ninguna suerte de New age trasnochado, que todos los seres humanos somos creativos. Por ello, colaborar con amigos, cómplices, que aborden los mismos temas que yo desde otras disciplinas (llamarlo así es ser muy aristotélico) es francamente enriquecedor. Pero siempre que sus aportaciones no se queden en mera ilustración, decoración o acompañamiento de mis textos, sino como una obra autónoma, que dialoga de tú a tú con lo que yo hago.

A través de tus artículos recientes se percibe una tendencia a desarrollar la crítica teatral. Incluso a mediados de año viajaste a Buenos Aires para hacer un curso de formación en dramaturgia. ¿Qué tal tu estancia por tierras americanas?

Jaume Bagés, 2010

El teatro es el último refugio del pacto de silencio necesario entre el espectador y el creador. Hay algo de sagrado en ello. Algo de un aura que se reencuentra en la obra artística. No hay posibilidad de interrupciones externas. Y la incerteza del vivo y en directo convierte el teatro en algo muy difícil de trasladar a otras experiencias estéticas. Por eso mismo, una mala obra de teatro siempre es más insoportable que una mala película o una mala canción. Pero cuando funciona, es inolvidable e irrepetible. En el seminario Panorama Sur, que realicé en Buenos Aires, tuve la suerte de trabajar mi texto junto a un grande, Alejandro Tantanian, y de conocer a un grupo de dramaturgos con el que hemos creado una plataforma iberoamericana. Hay que cruzar todos los charcos. Hay allí una dialéctica pendiente.

Al respecto, ¿cómo observas la escena teatral en la península?

Ya hace algunos años que los diferentes centros de formación han conseguido impulsar a una generación que sabe conectar con el público. Pese al complejo momento económico, y a la injustificable subida del IVA cultural, se ha conseguido un espectador regular. Pero no confundamos industria cultural (contra más exista, mejor) y cultura(s). Es ahora, con la máxima precariedad, cuando están surgiendo pequeñas salas que arriesgan, espacios no convencionales, proyectos locos que olvidan un poco la parafernalia y vuelven a la palabra como epicentro.

Has abarcado distintos géneros como el periodismo literario, el relato, el ensayo, el  aforismo y la novela, siempre con una intención de buscar nuevos caminos estéticos. ¿Hacia dónde se orientan tus proyectos creativos para los meses venideros?

Para mí, todo forma parte de una misma cosa. Preguntas abiertas que no tienen respuestas concretas. Una ansiedad difícil de explicar y que jamás desaparece del todo. Me mueve la constante insatisfacción, supongo. Pero no tiene nada que ver con un valle de lágrimas, ni con la teoría del artista atormentado. Ni siquiera con una falsa modestia. Nada de eso. Ese largo viaje está lleno de minúsculas, fugaces, eléctricas satisfacciones creativas. Por eso la relectura de Sísifo y de Albert Camus.

Estamos condenados de antemano, sí, pero hay espacios para pensar diferente, para una cierta resistencia. Por muy puntual que sea. Ahora, sin renunciar a nada, me interesa especialmente el teatro porque es donde puede reunirse, con más contundencia, la poesía y la acción. Pero, por suerte (o azar), cambio rápidamente de opinión y de batalla. De todas formas, pase lo que pase, siempre nos quedará la lectura. ¿No os parece?
 

Sobre el autor
Textólogo. Lic. en Filología Hispánica (Universitat de Barcelona) y en Periodismo (U. de San Martín, Lima). Trabajó en Expreso y Frecuencia Latina TV (Perú) y colaboró con El Universal y W Radio (Colombia). Reside en Barcelona y ha sido articulista de Mundo Hispano y Tribuna Latina. Sus temas: política internacional, inmigración, literatura, rock y culturas juveniles. Desde 2009 es editor-coordinador de PS. Actualmente realiza el Máster de Experto en ELE.
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