Del diario personal al blog: intimidades a todo volumen


Quiero pensar que Internet alberga una cantidad ingente de diarios íntimos, y que podemos en cierta medida consolarnos por tantos diarios anónimos manuscritos ocultos para siempre en el fondo de millones de cajones. Quizás sea ingenuo creer que la red se ha convertido en un acceso a la cotidianidad anónima narrada en primera persona: ¿hay acaso algo más invisible, más subterráneo? ¿Es posible, por otra parte, hablar de diario íntimo en internet?

Cada tanto, en uno cualquiera de los cubículos que componen nuestras ciudades, algún ser desvalido con las manos manchadas de polvo es fulminado por un hallazgo: su diario de adolescencia surge de una caja como escupido por la cañería invisible de la existencia. En ese momento, el desdichado de turno se repliega hacia adentro hasta casi desaparecer. Sentado en el suelo o de rodillas, se curva por la vergüenza sobre su estómago como una cerilla en el momento de consumirse.

El horror persigue al que ha escrito alguna vez un diario y se ha desentendido de él, olvidándolo. Años después, de pronto, Paulo Coelho, Corín Tellado y algo de Jack Kerouac se funden para adueñarse de la caligrafía del adolescente grandilocuente y desesperado que una vez creyó tan únicos, tan suyos y tan secretos el vacío, la ilusión, la excitación, la angustia; que jamás imaginó cuánta banalidad atesorarían para la posteridad esas páginas, cerradas con un precario y diminuto candado.

A raíz de cada encuentro de esta magnitud, el diarista se refina, tratando de sortear el registro de la confesión ingenua y obscena. Adopta la elipsis hasta que basa sus diarios en escuetos listados de hechos, enfermedades y comidas. Pero lo escrito por y sobre uno mismo nunca llega a estar a salvo de la vergüenza esencial a la escritura autobiográfica.

Dicha vergüenza tiene su epicentro en la extrañeza del código; en la obligación de expresarse y fijarse con las palabras de todos. En querer con tales precarios instrumentos retener y registrar el cuerpo que transita la fecha. En relatarse, confesarse y dialogar con uno mismo a través de un intermediario externo que se precipita en un objeto físico con marcas indelebles accesibles para cualquiera gracias a la universalidad del código.

Es cómico, dice Maurice Blanchot en Falsos Pasos (Pre-textos, 1977), que quien escriba angustiado pretenda decir “estoy solo”. La escritura excluye la soledad. ¿Para quién se escribe el propio diario? El diarista se escribe, y por tanto se hace visible, para después mantener el objeto producto de ese gesto en secreto, en un espacio recluido. Pero ¿qué diarista no piensa en un potencial lector de sus días? El diarista puede llegar incluso a trazar cada línea con amor hacia quienes le leerán una vez muerto, temiendo que su diario nunca sea descubierto.

Sobrecogida por esa oscilación entre la vergüenza y el exhibicionismo, yo también deposité, durante aproximadamente cuatro meses, mi diario en Internet, bajo unas escuetas iniciales en un blog cualquiera. Pretendí lanzarlo todo sin pudor, reflejar fielmente el flujo de mi presencia. Terminé inventándomelo todo, mintiendo con deleite. Me cansé y lo abandoné, como se abandonan a menudo los diarios. Nunca nadie dijo nada, ni siquiera sé si fue leído alguna vez.

¿Qué nos devuelve Internet si le entregamos nuestra intimidad? Lo íntimo precisa de un “afuera”, y el “afuera” de Internet es extraño. El pequeño candado del diario de adolescencia cede su lugar a la total apertura, a la coexistencia del autotexto con todos los demás contenidos, en el infinito. El objeto, la carne encuadernada de nuestros días ya no existe. Nuestra intimidad carece de espacio físico. Nuestra intimidad puede ser salpicada de hipervínculos, puede abrirse en sucesivas ventanas.

La vergüenza se diluye junto con la consistencia física del soporte. Libre de la propia caligrafía, uno puede leerse y disimular, pasar de largo y volver a sí mismo como si de otro se tratara. La posibilidad de esa despersonalización invita a la más cruda sinceridad, de manera que el diario íntimo parece en la red más posible que nunca. Al mismo tiempo, sin embargo, la ficción que es siempre escribirse se amplifica en Internet y se convierte en placentera y deliberada, precisamente porque la idea de una mucho mayor probabilidad de público lector, de la exhibición y la interacción en tiempo real, transforman en esa dirección la propia escritura.

Pero el diarista que se relee y siente aquella enorme extrañeza sabe bien que el diario íntimo en papel no es menos ficticio de lo que invita a ser el virtual. Paradójicamente, el diario íntimo que se aloja en Internet encuentra y desarrolla allí su esencia, que es la de la ausencia de intimidad inherente a toda escritura. La presencia del otro aboca irremediablemente a la ficción el relato de la propia existencia. En Internet, el diario íntimo se muestra como lo que es: otro artefacto literario que trata inútilmente de asir la vida mostrándosela a otros.
 

Sobre el autor
(Palma, 1985) Es licenciada en Derecho y en Teoría de la Literatura por la Universidad de Barcelona. Mientras aplaza la cuestión de su sustento y persevera en el caos y la pobreza, emplea su tiempo en redescubrir su isla natal, leer dispersa y masivamente y dar forma junto con Martina Zuccaro a la terrorífica criatura, Hálito Ediciones.
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