Long life to the new flesh: de cine y hombres-máquina

Tetsuo: The Iron Man (1989), Shinya Tsukamoto

 
Me voy a dormir después de extraer los auriculares de mis oídos, el ipad de mis manos, los leds de mi retina, el pen drive de mis bolsillos y el iphone de mi corazón. Fundo a negro, aparecen interferencias, siento el córtex crepitar y por el gran canal kundalini circulan bits en banda ancha.
He olvidado apagar la wi- fi.
Matrix me rodea pero no dejo de escuchar el mantra: ¡Welcome to the new flesh! ¡Welcome to the new flesh! Mientras, sigo contando las ovejas eléctricas que me faltan para llegar hasta las puertas de Tanhaüsser.

Anónimo (S.XXI d.C.)

¡Larga vida a la nueva carne! Esta fue una frase que se filtró en mi mente cinéfila como un hipnótico mantra allá por el año 1984. Se trataba de una de aquellas sesiones de vídeo, en las que ingería celuloide de forma compulsiva, comprimido en tandas de tres películas. Yo andaba ya perdido por realidades alternativas, adormecido entre lo catatónico y pirado, a altas horas de la madrugada, cuando entró en mi córtex Videodrome (1983) de David Cronenberg. Un tipo se follaba a un televisor por el que corría la sangre, después de haber perdido la noción de realidad, poseído por las imágenes emitidas por los rayos catódicos. Luego, extraía una pistola del vientre y se volaba la tapa de los sesos para renacer como ente de una nueva era, en la que la tecnología iba a integrarse no sólo en nuestras vidas sino también en nuestro organismo.

La nueva carne convertía al humano en androide, cyborg o replicante. Así nació el cyberpunk, una forma de contracultura surgida de la literatura de ciencia ficción con William Gibson y su Neuromante (1984) al frente, acompañado de una generación de escritores como John Shirley o Grez Bear, Pat Cadigan o Bruce Sterling que bebían del maestro Philip K. Dick. Nihilismo punk, anarquía antisistema y la desconfianza frente a las grandes corporaciones del incipiente ultracapitalismo liberal forjaban asimismo el carácter del nuevo héroe, el hacker, que se movía por el ciberespacio contraprogramando, saboteando a gobiernos y empresas mientras difundía información de forma gratuita o desencriptaba los secretos del sistema, de manera similar a lo que Wikileaks sigue haciendo hoy en día.

En lo visual, el cyberpunk –partiendo de la oscuridad y la agresión antiestética del punk de los setenta– crea una estética neofuturista que adora a la máquina, los brillos del metal, la textura del óxido y el volumen de la circuitería. Ciudades oscuras, superpobladas, industrializadas y polucionadas que invitan a perderse por los laberintos de lo que Gibson bautizó como ciberespacio y que hoy llamamos la red. Indumentaria surgida de iconos como Terminator (1984), con chaqueta de cuero, gafas y botas negras –que aporten un look duro, moderno y, sobre todo, industrial– mostrando una forma de disidencia ante la elegancia burguesa o las extravagancias del Glam o el New Age. Musicalmente, Kraftwerk (‘Central eléctrica’ en alemán) es uno de los grupos referenciales que inaugura el culto por las sonoridades mecanizadas procedentes de oscuras bases rítmicas sintetizadas que imitan las de una fábrica.

Y una vez más, el cine como canal expansivo de esta contracultura que dejó de serlo cuando llegó la popularidad con el fenómeno Matrix (1999), un revival tardío y postmoderno que finiquitó la contundencia y actitud puramente punk de títulos fundacionales como la descerebrada Tetsuo: The Iron Man (1989). Esta producción japonesa, dirigida por Shinya Tsukamoto, conmocionó al público del festival de Sitges con escenas como aquella en la que su protagonista convierte su pene en una gigante black&decker con el que taladra a su chica, antes de convertirse en un amasijo de circuitería y metal.

Junto a Tetsuo aparecieron títulos made in Hollywood más moderados como Terminator, en la que el musculoso Arnold Schwarzenegger daba vida a un personaje que poco a poco iba desvelando su naturaleza cyborg, primero sacándose un ojo para mostrar su led rojizo, luego reparando su brazo metálico, hasta convertirse en un invencible esqueleto de metal. Sarah Connor lo liquidaba en el fuego redentor de una fábrica siderúrgica, tratando así de librarnos de un mundo dominado por las máquinas, pero Matrix ya estaba aquí.

La tecnología nos invade y nuestro mundo presenta múltiples capas de realidad que nos someten a la fascinación virtual a través de diversas consolas, pantallas y dispositivos digitales. El cine ha sabido adaptarse a esta fenómeno, trasladando la clásica unidad espacio temporal a un territorio libre, claro y diáfano, en el que no hay barreras ni acotaciones entre lo real e imaginario, desplegando una múltiple variedad de capas paralelas que nos transportan a espacios de la memoria (Orígen), viajes o juegos virtuales (Desafío Total, The Game), hipótesis (El club de la lucha) o los tradicionales mundos de Lewis Carrol (El imaginario del Dr. Parnasus).

Crash (1973), J.G. Ballard

La ultramoderna tecnología digital llevada al cine nos ha permitido conocer a nuestros avatares ya desde los tiempos fundacionales del cyberpunk. No sólo nuestras extensiones han sido substituidas por tecnología –como vaticinaba McLuhan– sino que hemos hecho realidad las perversiones que Cronenberg nos mostró en films como Crash o Existenz, incorporando titanio a nuestras caderas, tornillos a nuestros huesos o marcapasos a nuestros corazones. Falta poco para que llevemos chips insertados en nuestro disco duro cerebral como el hacker de Johnny Mnemonic (1995).

En todo este proceso de vampirización o fascinación tecnológica, Japón sigue siendo la patria del cyberpunk porque adora la tecnología, la belleza del metal y la perversión voyeur del ciberespacio, pero se corta en la agresión contra el sistema. La suya, como la nuestra, es una obediencia civil, subyugada a una máquina, y una tecnología controlada por el establishment. Empezamos a querer robots domésticos y casas inteligentes, aunque muchos seguimos acordándonos de HAL, el robot perverso de 2001 o del androide traidor de Alien, e incluso los más freaks pueden estar todavía traumatizados por aquel Engedro Mecánico (Demon Seed), que violaba a la bella Julie Christie para engendrar a una nueva raza aria-tecnológica mitad hombre, mitad máquina.

Por fortuna, la cultura fílmica nos ha dejado imágenes más poéticas que permiten amar a la máquina como el imborrable monólogo ideado por Richard Hauer para su fascinante personaje de Nexus 6, aquel superhombre replicante cuyas lágrimas se pierden como gotas de agua en la lluvia mientras comprende que ha llegado la hora de morir. El hijo pródigo de la Tyrrel Corporation baja la cabeza y de su mano vuela una paloma blanca en busca de la luz detrás de la penumbra. Somos muchos los que nos lo sabemos de memoria.

Blade Runner (1982)

Hoy podemos ya escribir nuestras crónicas marcianas, hemos superado 1984 pero no vivimos en un mundo feliz, sino en un gran mentira financiera que amenaza nuestras vidas, mientras políticos y peces gordos se reparten el pastel. Matrix es la red que adormece nuestro espíritu de protesta con una sociedad de espectáculo verborreico en forma de salsa rosa, debates posfutbolísticos o action movies no pensantes. Pero más allá, al otro lado del canal, puede haber vida inteligente… No importa que sea inteligencia artificial. Sería bueno despertar y saber si los androides sueñan con ovejas eléctricas. La tecnología será lo que nosotros queramos que sea y si vamos a permitir que nos conviertan en avatares de lo que una vez fuimos, prefiero mutar hacia la nueva carne y convertirme en un cyborg para perderme más allá de Orión. Podemos ser más tecnopunks y menos tecnócratas, tal vez así podamos salir de esta burbuja financiera.
 

Sobre el autor
Soy viajero, futbolero y cinéfilo. Creo en el zen, el monolito y en Leo Messi. He rodado documentales en la India (Rubbersoul), el Tíbet (Railway to Heaven) y colaboro con la revista Viajes de National Geographic. Actualmente llevo el blog pasionesferica.com y la web alexisracionero.com, aunque en lo que estoy docto cum laude es en hippies y el cine Hollywood de los setenta. He escrito los libros, El ansia de vagar, Shanti, Shanti, California Dreaming y El llenguatge cinematogràfic. Doy clases de cine e historia y estilos visuales en Escac.
2 total comments on this postSubmit yours
  1. En uno de los relatos de Cordwainer Smith, «La dama muerta de Clown Town», aparece un personaje que, triste y solitario, nos dice: «Soy una máquina, pero fui una persona hace mucho, mucho tiempo».

    Inquietante posibilidad.

  2. No sé si el artículo es pesimista o esperanzador. Ahí está el dilema Aunque lo que sí tengo claro es que, como decía al troglodítico Raimon «jo no sóc d’eixe món», ni del uno nni del otro.

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