Esta es la segunda y última entrega del artículo donde se analiza el poemario Ítaca (1972) y en el que nuestra colaboradora Dolors Fernández Guerrero reivindica la figura de su autora, la alicantina Francisca Aguirre (1930-2019). En esta oportunidad hace hincapié en el concepto isla-mujer y la alegoría poética de su propia historia personal, la condición femenina en la dictadura franquista y las causas de la invisibilización de Aguirre por parte del canon poético español.
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La herida abierta
Un tema recurrente al analizar la obra de Francisca Aguirre es el de sus vivencias traumáticas en la infancia y adolescencia. El ajusticiamiento de su padre, el pintor Lorenzo Aguirre, condenado a garrote vil por la dictadura franquista cuando Francisca era una niña de doce años, la marcó profundamente. La herida que dejó esta tragedia en su memoria jamás se cerró. Ella lo reconoce y lo expresa abiertamente en su libro de recuerdos Espejito, espejito (1995).
También es sabido, porque ella misma lo ha relatado, que Francisca y sus hermanas buscaron refugio en la literatura y en la música para huir de la terrible y dolorosa realidad que las acuciaba.
Esos serían los antecedentes, su intrahistoria. Conocerlos nos aporta información extra sobre las motivaciones y la gestación de Ítaca, pero −insisto− es la asimilación de Penélope y de Ítaca como geografías, transfiguradas por la palabra poética de Paca Aguirre, quienes obran el milagro. La fusión, admirable, reporta al conjunto un lirismo extraordinario.
Ambas, isla y mujer, constituirán la alegoría poética de su propia historia personal, y ante tanto sufrimiento y penalidades, la poeta mostrará su estoicismo. En el poema «El espectáculo», Penélope da una lección de ataraxia al contemplar a los pretendientes que la asedian. Su superioridad moral la rescata de la desesperación y de la ira:
Contempla el espectáculo, Penélope,
sin lágrimas, pero también sin entusiasmo.
Mira cómo se matan con sabia aplicación,
mas no es por ti, pues no eres tú
el odio que los aniquila.
[…]
Ellos van a morir mientras contemplas
la impasible sonrisa de los dioses.
Y lo que a la postre se ha ido anticipando durante todo el poemario como una tragedia incoherente, una ironía del destino, será el regreso de un Ulises ajeno a Penélope, extraño, desconocido. Entre ellos reinará el silencio y sobre ambos recaerá la rutina como una maldición:
Ha vuelto. De nuevo está sentado a la mesa.
Muy breve es el diálogo. Pues
la historia de Ítaca se resume en lo cotidiano.
En su mirada yo escucho sin embargo
respuestas como el mundo.
[…]
Soy para él peor que una traición:
soy tan inexplicable como él mismo.
Fuera del canon poético
Exceptuando la década de los ochenta y la mitad de los noventa del pasado siglo, en que la autora se mantuvo al margen del mundo editorial, los premios de poesía se fueron sucediendo a lo largo de toda la trayectoria poética de Paca Aguirre. Dos hitos imprescindibles son el Premio Nacional de Poesía en 2011 y el Premio Nacional de las Letras Españolas en 2018.
Huelga decir, ante semejantes reconocimientos, que el prestigio de Paca Aguirre, poeta perteneciente a la Generación del 50, debería estar consolidado y fuera de toda duda. Sin embargo, ¿por qué todavía no se la cita junto a otros eminentes poetas como Félix Grande (su marido, sin ir más lejos), José Ángel Valente o Jaime Gil de Biedma, por citar solo algunos de los nombres más populares?
El suyo no es un caso aislado. Hay más poetas que, como ella, han recibido el reconocimiento de sus iguales, de las instituciones, los más altos galardones de ámbito nacional, sin que el canon literario mueva una coma de su sanctasanctórum. Más del noventa por ciento de los poetas incluidos en antologías, libros de texto, ensayos sobre la Generación del 50 omite prácticamente la poesía escrita por mujeres.
En la inmensa mayoría fuera quedan, por poner solo algunos ejemplos, Dionisia García, Elena Martín Vivaldi, Pino Ojeda y, por supuesto, Francisca Aguirre. Con suerte incluyen a Julia Uceda o a María Victoria Atencia, pero no deja de ser anecdótico. ¿Simple casualidad?
Una cuestión tangencial, que es el dato cronológico, sumaría argumentos a los defensores del actual canon. Si bien Aguirre nació en 1930, su primera publicación no verá la luz hasta 1972. Esta tardía incorporación al mundo editorial, común por otra parte al grueso de las poetas de la época, ha creado suspicacias y ha permitido que se ponga en duda su inclusión en la generación a la que, por edad, todas ellas pertenecen.
Paca y sus coetáneas también fueron «niñas de la guerra» como sus compañeros, y les tocó vivir en un marco sociopolítico, a menudo determinado por el hambre y las privaciones, por la humillante represión, por la pérdida de seres queridos. De ello necesariamente se han de inferir temáticas, sensibilidades y perspectivas compartidas. Nadie, las mujeres tampoco −en tantas ocasiones dobles víctimas de la guerra y la barbarie−, podían sustraerse a los condicionantes de una época convulsa que abrió tantas heridas en la sociedad española.
Por esa razón, se antoja una arbitrariedad que estas poetas dejen de adscribirse a la Generación del 50 −pese a la fecha de sus primeras publicaciones− cuando su obra presenta concomitancias esenciales con la de sus compañeros. Por otro lado, ninguno de ellos, hombre o mujer, estará libre de evoluciones ulteriores y obviamente presentará las diferencias propias de estilo y personalidad inherentes a cada poeta.
Llegados a este punto, conviene aclarar que la condición de mujer en la España nacionalcatólica de la dictadura franquista inhibía su papel fuera del ámbito doméstico, razón por la cual su obra quedó postergada en el tiempo. Y no solo eso.
Cuando esta fue publicada en las décadas siguientes, recibió la desatención de la crítica y los antólogos, en general condescendientes y poco dados a valorar en su justa medida la obra de las poetas que emergían, inexplicablemente para ellos, con tanta demora.
Partiendo de estas premisas y en contra de otras valoraciones, se considerará la obra poética de Francisca Aguirre dentro de la Generación del 50, plenamente significativa bajo esta luz. Su obra, imbuida de un espíritu en pugna por superar las lacras del pasado, la herida perenne de la memoria, es en la poeta un motor de introspección, a través del cual indaga y crea nuevos ejes temporales y espaciales, una geografía sentimental propia, donde se ubica una visión muy particular sobre la existencia, nihilista en primera instancia y, sin embargo, a la postre, esperanzada y jubilosa.
El influjo de ‘Ítaca’
Después de Francisca Aguirre ha habido más Ítacas, más Penélopes y más mares insonsables y procelosos en el mundo de la poesía española. También los hubo antes, pero ello no resta un ápice a la valiosa aportación de la poeta alicantina.
Por el contrario, durante varias décadas, Ítaca se ha convertido en un referente para nuevas generaciones de mujeres y hombres que han decidido volcar su creatividad en palabras, y las palabras en versos, a pesar de que hasta ahora no se le haya concedido la atención que merece.
La transfiguración del mitologema que Ítaca propicia, la construcción de Penélope como arquetipo de mujer-isla, el cuestionamiento heroico del viaje y sus implicaciones, ha desplegado desde entonces recreaciones poéticas inusitadas. Se puede afirmar que con Cavafis y Francisca Aguirre el mito de Ítaca se revitaliza, anclándose con pleno derecho en la modernidad.
En este cambio de paradigma, la épica del viaje como fuente de aventuras y la figura del propio Ulises se deslían y pierden vigencia. El regreso tiene ya un sentido difuso e Ítaca, convertida en entidad plurisémica, asume significaciones muy variadas. En función del contexto y de la intención del autor puede ser hogar, patria, infancia, fin de trayecto, punto de llegada o alegoría del mundo interior para la voz lírica, ocupada por la memoria, la soledad y la nostalgia1.
La Ítaca poshomérica de Paca metaforiza el topos como territorio de la experiencia propia, busca la construcción del propio yo. Esa es la circunstancia personal que se erige como meta y propósito de la poeta.
Por todo ello, aunque Francisca Aguirre no hubiese escrito nada más después de 1971 y únicamente nos hubiese legado Ítaca, aun así, la sola publicación de este poemario justificaría su presencia en los cánones de la poesía española del siglo XX y en la memoria colectiva de los lectores.
Ella, que supo captar la atmósfera del momento histórico que le tocó vivir y en el que su propia memoria personal se inscribía, halló las palabras precisas para hacerlas viajar desde Ítaca hasta nosotros y nos dejó por escrito un impresionante alegato vital:
Definitivamente amo
el escándalo deslumbrante de la vida.
Muy pocos paraísos comparables
al asombro que nos regala la existencia:
torpe, desesperada, incomprensible,
audaz, consoladora, inabarcable:
vida y dulzura, esperanza nuestra.
1 Resulta muy interesante observar el desarrollo poético de Ítaca como mitologema y la constelación de temas y tratamientos que lo implementan, siempre desde una perspectiva posmoderna a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. Particularmente reveladora es la reflexión de Enrique Badosa (Mapa de Grecia, Barcelona, Plaza y Janés, 1980), donde el regreso se convierte en una consecuencia indeseable del viaje: «¿Para qué quieres regresar a Ítaca?» En este sentido, Cristina Peri Rossi (Estado de exilio, Madrid, Visor Libros, 2003) será aún más categórica: «Ítaca existe, a condición de no recuperarla.» Por su parte, Amalia Iglesias (Un lugar para el fuego, Madrid, Rialp, 1985) retomará el concepto de “herida” y el peso de la infancia, con la figura paterna en primer término como rasgos inherentes a la memoria: «He regresado y nada me esperaba. / Quizá se vuelve como a la patria o al padre / con un algo de herida.» Un caso distinto es el de Jorge Urrutia (El mar de la impostura, Madrid, Visor Libros, 2004), quien sintetizará su profundo nihilismo a través de la siguiente pregunta retórica: «¿Hay un hogar, se parte de algún sitio?» La respuesta, desnuda y libre de prosopopeya, negará cualquier posibilidad de avance, convirtiendo la historia en memoria y, por tanto, en un fenómeno regresivo: «Y se encamina uno hacia el pasado.»










