Carcajadas desde el lodo: «Viaje al fin de la noche», de Céline

Fragmento cubierta «Voyage au bout de la nuit», Louis-Ferdinand Céline, Folio

 
Tengo tanto odio que podría vivir mil años…
Céline

 
Louis Ferdinand Destouches fue un hombre que quería, como anotó en una libreta estando en el frente durante la Primera Guerra Mundial, vivir una vida llena de incidentes y atravesar grandes crisis, «porque, ante todo, quiero conocer y saber».

Un hombre que sobrevivió a dos guerras mundiales y que viajó por Europa, Rusia, Estados Unidos y África, dejando buen testimonio de ello en sus novelas. Y también un médico honesto, capaz de no cobrar a sus clientes más humildes…

Solo que esto lo escondió tras esa máscara de inmundicia que fue su personaje público.

A Céline le gustaba decir que cualquier tonto del culo se mira al espejo y ve a Júpiter. Él hizo al revés: fue un Júpiter escatológico que gozó rebozándose en la mierda y escandalizando: «soy tan púdico que me gusta cubrirme de mierda».

Louis-Ferdinand Céline

Fue alguien incapaz de callarse, que se pasó la vida escupiéndole su verdad al mundo, y pagó por ello. Toda su literatura «de gritos y nervios» no es más que una tremenda arenga, una serie de paranoicas advertencias, de vociferaciones y denuncias, unas acertadas, otras no tanto, que le ganaron una antipatía universal que todavía perdura.

Y sin embargo no fue así en un principio.

Cuando apareció, en 1932, en un terreno artístico ya allanado por el nihilismo de Dadá y los surrealistas de Breton, el Viaje al fin de la noche cosechó un éxito inmediato. La novela quedó finalista del Goncourt. Fue laureada por el premio Renaudot y aclamada por la crítica, que la comparó con el Ulises de James Joyce.

Céline fue saludado como un auténtico héroe por la izquierda, que vio en él a un paladín de las clases oprimidas.

La novela era oportuna y llegaba en un momento crítico. El crack bursátil del 29 acababa de poner fin a los felices años veinte y se iniciaba una década de crisis para el capitalismo y las democracias liberal burguesas. El Viaje nace, por lo tanto, en el mismo ambiente que engendrará el nazismo.

El Viaje se convertiría en la primera de las ocho novelas en las cuales Céline, como una especie de hijo bastardo literario de Proust, ficcionalizó su vida.

Se trata de una saga picaresca que narra las mil desventuras de Bardamu, alter ego de Céline y paria de la sociedad, quien a través de sus peripecias por tres continentes –Bardamu es sucesivamente soldado, desertor, enfermo, colono en África, obrero de Ford, médico en los suburbios, actor y director de un asilo de locos–, nos pasea por los ambientes más sórdidos de la Primera Guerra Mundial y su posguerra, haciendo una sátira alucinada digna de Juvenal, de esas que no dejan títere con cabeza, un auténtico esperpento por el que desfila una humanidad tan grotesca como despreciable.

El Viaje es un gran NO a cada uno de los mitos de la época. No al Progreso. No al Humanismo. No a la Ciencia. No a la Patria. No a la Democracia. No al Colonialismo. No al Capitalismo.

Y ello con un humor tan corrosivo e iconoclasta que todavía hoy sigue resonando el eco de la carcajada celinesca, escandalosa y contundente, como los martillazos de Nietzsche. Solo que, si Nietzsche se descojonaba del mundo desde lo alto de la montaña, Céline lo hace desde el lodo.

Al igual que Baudelaire, Proust o Flaubert, puede decirse que Céline no soportaba la realidad: «Lo mejor que puede hacer uno, cuando ya está en el mundo, es intentar salir de él». Pero mientras que Proust consiguió trascender la realidad a través de la escritura y darle así un sentido artístico al sinsentido de la vida, Céline rehusó toda escapatoria, todo ideal, toda abstracción, y se enfangó en la existencia atrapado en esa cáscara maloliente que es el propio cuerpo.

Marcel Proust, 1921

La única verdad que reconocía era la Muerte, el punto de fuga hacia el que convergen todas las figuras de su goyesca composición, y que ilumina la fantasmagórica realidad con una luz tan cruda e insoportable como un amanecer imprevisto.

El Viaje al fin de la noche no es, a fin de cuentas, sino una danza macabra en la cual todos quieren matarse unos a otros al son de un odio universal. A un lado los enfermos, acólitos de la muerte; al otro, los personajes que como Lola, la amiga americana de Bardamu, divagan «sobre el tema de la felicidad y el optimismo, como todas las gentes que se encuentran en el lado bueno de la vida, el de los privilegiados, de la salud, de la seguridad, de los que tienen todavía mucho tiempo de vida».

Céline era un hombre de una emotividad excesiva y sufriente –tenía un oído que le zumbaba sin cesar y no lo dejaba dormir (era un mutilado de guerra, no lo olvidemos)– y violentó el idioma para que pudiera servir de vehículo a esa emoción desbordante, a ese odio que solo podía tomar cuerpo en un lenguaje canalla. Porque –Céline lo sabia– «el argot es odio». Odio sin enfriar. Odio en bruto. Crudeza y bilis. Asco puro. Que fue lo que más chocó de su Viaje.

En literatura, como en sociedad, se puede hablar de los temas más sórdidos siempre que se guarden las formas. Ahí está Proust y su Sodoma y Gomorra para atestiguarlo. Pero a Céline le asqueaba toda esa sinfonía verbal que envolvía y escondía la infección con todos sus matices prácticamente inefables, y se propuso nombrar la inmundicia, la podredumbre que veía, con el lenguaje que le es propio, ese lenguaje brutal y no aseptizado que ha hecho célebre su novela.

Después de todo, ¿por qué no había de existir un arte en la fealdad como lo hay en la belleza? No se trata más que de un género por cultivar. Eso es todo.

Céline se preciaba de escribir para hacer ilegibles a los otros y rechazó en bloque la demás literatura de su tiempo. Era literatura muerta, clamaba. «¡La época es mía! ¡Soy el bendito de las letras! ¡Quién no me imite, no existe!». Pensaba que recurriendo al lenguaje vivo la había convertido de un golpe en latín, en lengua muerta. «¡Los volveré ilegibles!… ¡a todos los demás! ¡Pedorros impotentes!, ¡podridos de premios y manifiestos!».

Decía que escribía como hablaba, aunque era consciente de que el lenguaje oral hay que retorcerlo como se torcería un palo para que una vez sumergido en el agua parezca recto (la imagen es suya). Todo su arte consiste en conseguir que parezca que el texto nos habla.

Como argotista, ensambló todos los lenguajes naturales que conocía, todo ese argot del que se había ido impregnando a lo largo de su vida, y llevó a cabo una labor de creación e invención lingüística equiparable a la de Joyce.

Pero por encima de ello fue un maestro indiscutible del estilo: Céline sabía que el argot en sí no es nada; que los medios no importan; que lo importante es lo que se haga con esos medios.

Y él hizo con el argot lo que Flaubert con el lenguaje más literario: hizo música, y lo elevó a unas cimas de creación artística desconocidas hasta entonces en la literatura mundial.
 

Sobre el autor
(Madrid, 1971) Es licenciado en Historia Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. En 1994 quedó finalista del premio Nadal con su primera obra, Historias del Kronen. La novela tuvo una gran repercusión y abrió las puertas a una nueva generación de escritores. Tras su publicación el escritor vivió durante varios años entre Madrid y Toulouse. Actualmente reside en Madrid.
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