Manuel Astur: “Escribir una novela es como una peregrinación a un lugar santo al que no sabes muy bien a qué vas”

Fragmento cubierta «San, el libro de los milagros», Manuel Astur. Acantilado, 2020

 
Manuel Astur (Sama de Grado, Asturias, 1980), escritor, poeta y productor musical, nos habla de su última novela: San, el libro de los milagros (Acantilado, 2020), un libro que explora la naturaleza humana y el sustrato religioso-popular a través de un ser marginal, que ha cometido un crimen y que es visto, por un pueblo, como tonto y santo al mismo tiempo. Astur también es autor de la novela Quince días para acabar con el mundo (Ed. Principal de los Libros, 2014), del poemario Y encima es mi cumpleaños (Esto no es Berlín, 2013) y del ensayo Seré un anciano hermoso en un gran país (Sílex Ed., 2016).

[Leer un fragmento de San, el libro de los milagros]

En San, el libro de los milagros logras condensar imágenes y sensaciones que van atrapando al lector entre las calles y la naturaleza que rodea la aldea. ¿Cómo te planteaste la escritura y el desarrollo del libro?

Desde el principio tenía clara la historia que quería contar y el modo de estructurarlo todo. Sin esos cimientos la novela se hubiera desmoronado al comenzar a crecer. Luego busqué la voz narrativa, que es siempre lo que más tiempo y esfuerzo me lleva.

Manuel Astur, escritor

Antes de ponerme a escribir una novela, estoy meses, a veces años, tomando notas, leyendo sin parar, dejándome llenar por todas las melodías posibles hasta que, de algún modo, todo se ordena dentro de mí y encuentro la voz que busco.

El proceso de escritura es en sí mismo otra historia. Una novela se escribe dedicándole miles de horas, la mayoría aburridas y sin sentido. Es como una peregrinación a un lugar santo al que no sabes muy bien a qué vas. Cuando llegas, todo tiene sentido y se te olvidan los incontables días malos en que pensaste en tirar la toalla.

Tanto es así que al releer lo escrito es como si lo hubiera escrito otro que ya no soy yo. Me sigue pareciendo un milagro que una persona sea capaz de escribir una novela.

Como apunta el título, en el libro se suceden pequeños milagros que van nutriendo la vida de los aldeanos. ¿Cómo entiendes el concepto de milagro en tu novela?

Como novelista, muestro un mundo que funciona según determinadas ideas poéticas, pero eso no quiere decir que esas ideas sean respuestas a grandes preguntas que incontables personas mucho más sabias que yo no han sido capaces de responder. Probablemente porque no hay una sola respuesta y el milagro está dentro de quien sea capaz de verlo.

Para un niño pequeño, que una haba entre algodones húmedos germine y de ella salga una planta es, sin duda, un milagro.

Creo que todos somos narradores de nuestra propia existencia, así que, si queremos, podemos ser poetas o niños de esta.

Manuel Astur, 2016

La trama principal de la novela parte del fratricidio perpetrado por Marcelino, un ser marginal considerado tonto y santo al mismo tiempo, para ir reconstruyendo, durante su huida al monte, la vida de este peculiar asesino…

Marcelino es tratado como un animal salvaje al que dejas vivir en paz mientras no moleste. Es más adelante cuando el tema de la santidad entra en juego.

En el caso de Marcelino no se trata de un asesino, porque él no sabe que ha matado. No puedes ser malo ni bueno cuando desconoces qué es la maldad o el bien. La naturaleza no juzga, la naturaleza no es moral.

La moral es un instrumento, muy necesario, que la tribu humana ha imaginado para sobrevivir. Al final, bueno es todo lo que es útil para la especie y malo, todo lo que no lo es.

Marcelino es un ser tan inocente que no es que esté por encima del bien y del mal, sino que los sufre sin saber qué son, igual que un perro. Pero al mismo tiempo, a través de sus ojos, podemos ver una realidad sin prejuicios, como a través de una ventana con el cristal recién limpiado.

La novela se estructura en tres cantares (“La matanza”, “Los gusanos” y “El macho cabrío”), aunando todavía más el sustrato religioso y popular, cuyos títulos remiten al círculo más cercano de Marcelino, al hermano, a la madre y al padre respectivamente. ¿Qué importancia le concedes al concepto de «orígenes» en el libro?

No me gusta demasiado el término orígenes, porque lleva implícito un avance en el que no creo. Pero entiendo a lo que te refieres.

George Santayana, 1896

Creo que estamos en todo momento en el origen. Para que haya un cuento tiene que haber unas primeras palabras. Además, como dijo el filósofo George Santayana, aquel que olvida el pasado está condenado a repetirlo.

La noción del tiempo se ancla a las vivencias propias del campo, con una vida más lenta, más pausada, pero también con la narración misma, con este mantra constante de que tenemos todo el tiempo del mundo. ¿Se trata de aprender, detenernos y contemplar lo que nos rodea?

No creo que tengamos que aprender nada. Si nuestra intención es aprender, caemos en la trampa de la «mejora» a la que me acabo de referir. En todo caso hay que desaprender.

Desaprender parte de lo que nuestra tribu nos ha dicho desde que nacimos que es la realidad. O, mejor dicho: darnos cuenta de que esa realidad es un cuento, necesario, pero un cuento al fin y al cabo.

Y para eso lo mejor es detenerse y contemplar lo que tenemos ante los ojos, tratando de no juzgar. No es algo nuevo. Desde que la humanidad existe, todas las religiones pretendieron esto en sus comienzos, hasta que llegaron los sacerdotes con sus pretensiones de llevar el sueño al plano material, la imaginación a la realidad.

A la vez que se va reconstruyendo fragmentos de la historia de Marcelino, hay un desfile de pequeñas historias de personajes convertidos en memoria viva del pueblo. ¿Crees que la intrahistoria, en términos unamunianos, es el sustento de nuestra historia personal y colectiva?

En mi opinión la Historia es orgánica, como el Arte en general. Todos sus elementos están interrelacionados y dependen los unos de los otros.

Acantilado, 2020

Del mismo modo que en una tacita de cerámica de la vajilla del palacio de Versalles está contenido y explicado el mismo palacio e incluso la historia de Francia de los siglos XVII y XVIII, así, en la vida de una persona, en su personalidad, están contenidos y explicados su cultura, su país, su historia.

Esa es la principal diferencia entre el arte y la tecnología. Una bujía de un motor, aparte del grado de tecnificación de la sociedad que la construyó, no nos dice nada del coche ni del conductor ni de su cultura. Una bujía se explica únicamente a sí misma. Los tecnócratas quieren que el mundo esté poblado de seres humanos como bujías: desconectados, estúpidos y alienados.

Por eso, hoy en día, el arte, la filosofía y las humanidades son más importantes que nunca. Nos hacen ver que no somos tan especiales ni estamos tan solos, nos hacen ser parte importante de algo y, sobre todo, nos ayudan a comprender la amplitud del universo.

La voz narrativa, alterna el uso del “nosotros” con una apelación directa a los aldeanos y a los lectores a través del “vosotros”. Da la sensación de que estamos ante un predicador, un detentor de ‘la verdad’ que nos va a alumbrar el camino

Me llevó mucho tiempo dar con la voz narrativa que necesitaba. Al principio, caí en el error de utilizar una voz periodística, pero con ella se perdía el tono necesario para elevar estas pequeñas historias a lo universal. Quedaban convertidas en anécdotas, que es lo que son la mayoría de noticias, en algo moderno. Tuve que comenzar de nuevo.

Cuando mi madre era niña, todavía había muchos vecinos del pueblo que se reunían al oscurecer alrededor del llar, u hogar, de mi casa familiar para que mi abuela, y antes de ella su padre, les contara historias. A veces, leía los folletines a los que estaba suscrita, otras se inventaba cuentos, las más recordaba historias mil veces contadas, canciones, poemas y leyendas. En ocasiones, contaba noticias importantes que habían ocurrido en el pueblo o en los valles vecinos. Pero fuera lo que fuera, todo tenía un tono y una intención: entretener y construir la realidad que necesitaban para vivir.

Manuel Astur, escritor

He intentado que la voz de mi narrador se pareciera a esa voz popular que es como un río en el que se juntan todas las voces, ese canto de la tribu humana.

El pasado se convierte en mitología popular, el futuro está todavía por llegar y se despliega como un halo de esperanza y oportunidad… ¿y el presente? ¿Cómo se construye el presente en “ese flotar a diez centímetros del suelo”?

Si te dijera cómo se construye el presente, ya no sería el presente, ¿no crees? En el momento en que tomas conciencia de estar viviendo algo, ese algo ya ha pasado. No hay quien detenga esa maldición.

Lo que tal vez se pueda hacer es no desear todo el rato avanzar más rápido para llegar a lo que creemos que deseamos.

Tenemos que intentar no convertir la realidad en una de esas puertas de embarque en las que nos aburrimos mientras esperamos a subir al avión. No hay ningún avión. Ya estamos viajando. Tal vez el viaje sea la única razón de ser.

Como apunta uno de los personajes, ¿sin historias que contar el mundo se quedaría seco?

Siempre habrá alguien que cuente historias. Pero tenemos que evitar con todas nuestras fuerzas que solo las cuenten unos pocos.

La tiranía, en todas sus formas, quiere que solo se escuche su cuento.
 

Sobre el autor
(Salon de Provence, 1986). Aunque nacida en Francia, España es, sin lugar a dudas, su país de adopción. De hecho, se especializó en literatura española y, concretamente, cursa un doctorado sobre dramaturgia contemporánea. Es co-directora de la Revista de Investigación Teatral Anagnórisis. Y, a pesar de la crisis, también co-dirige la Editorial Anagnórisis, sello digital especializado en teatro y estudios humanísticos.
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