Usos y abusos políticos de la ciencia del error: sobre «Nuestra mente nos engaña» de Helena Matute (y IV)

Raymond Pettibon. No Title (Ripped and wrinkled), 2008

 
Esta es la cuarta, y última, entrega de la serie escrita por Bernat Castany a partir de la lectura atenta y abierta del ensayo de la psicóloga experimental Helena Matute, Nuestra mente nos engaña: Sesgos y errores cognitivos que todos cometemos (Shackleton, 2019). Los temas tratados en esta ocasión son los “tipos de sesgos cognitivos” y los “usos y abusos políticos de la ciencia del error”.

#6 Tipos de sesgos cognitivos

Nuestra mente nos engaña tiene el acierto de no ofrecer una lista sistemática de sesgos cognitivos, lo cual no solo resultaría monótono, sino, además, discutible, puesto que existen numerosas tipologías diferentes. Matute prefiere ir exponiéndolos a medida que su argumento se desarrolla.

A continuación, expondremos algunos de estos sesgos, según afecten al ámbito de la percepción, de la memoria o del razonamiento. Por supuesto, la distinción es analítica, y cada uno de estos sesgos tiene implicaciones en diversos ámbitos, si bien los encuadramos en aquel ámbito con el que están más directamente relacionados.

– Sesgos relacionados con la percepción

Helena Matute, 2019

El primer sesgo relacionado con la percepción es el de la “ceguera por falta de atención”, que responde al hecho de que estamos rodeados de tantos estímulos, que tratar de atender a todos supondría una saturación de nuestros sentidos, un embotamiento de nuestro razonamiento y una ralentización de nuestras decisiones, que podrían resultar letales.

Es normal, pues, que solo prestemos atención a aquellos estímulos que creemos importantes para sobrevivir, y obviemos aquellos que consideramos irrelevantes.

El problema reside, quizás, en que la definición de “supervivencia” ha cambiado con el tiempo, y, hoy en día, sea necesario para sobrevivir –social, laboral o emocionalmente, por ejemplo– atender a estímulos que antes resultaban irrelevantes. Como, por ejemplo, indicios de sentimientos, señales de estatus social o, puesto que no se trata ya solo de sobrevivir en tanto que animales, sino también de vivir en tanto que seres humanos, estímulos “inútiles” como la belleza, el absurdo o la gratuidad de las cosas.

Un segundo sesgo relacionado con la percepción sería el “sesgo de confirmación”, que apuntaría a la “tendencia que tenemos todos a buscar información que confirme nuestras hipótesis en vez de buscar información que nos ayude a falsarlas”. Gracias a Karl Popper sabemos que resulta imposible confirmar una hipótesis en términos absolutos, de modo que es preferible tratar de refutarla o falsarla, tantas veces como sea necesario.

Karl Popper, 1945

Sin embargo, el “Sistema de pensamiento 1”, por utilizar la terminología de Kahneman, siente que resulta enormemente peligroso o costoso gastar tanto tiempo en comprobaciones “inútiles”, y prefiere intentar confirmarla directamente. Este sesgo es el que trata de controlar y redirigir el “método científico”, que, tal y como veremos en la conclusión, es una de las herramientas fundamentales que tenemos para redirigir el fuste torcido de nuestro sistema cognoscitivo.

– Sesgos relacionados con la memoria

Señalemos, para empezar, que la memoria no tiene como objetivo conservar la verdad de las cosas, sino, simplemente, orientar, en base a nuestras experiencias pasadas, nuestras elecciones presentes, con la finalidad fundamental de sobrevivir en el futuro.

Según Matute, no tiene sentido que la evolución nos haya moldeado para realizar continuamente y sin descanso una tarea tan costosa como conservar nuestras vivencias pasadas, como si de un álbum de fotos se tratase.

Los recuerdos no son, pues, unidades de información factual, sino, antes bien, emociones, esto es: unidades de información y de motivación, cuyo objetivo último es motivarnos, esto es, movernos a actuar en una u otra dirección.

Si alguien nos ha hecho daño o nos ha tratado bien es bueno recordarlo para evitarlo o buscarlo siempre que sea posible. Es lo que hacen todos los animales, y los niños, y es algo tan importante desde un punto de vista adaptativo, que las primeras experiencias (las de la infancia) quedan grabadas de forma prácticamente indeleble, hundidas en el inconsciente, para que nada pueda borrarlas.

Howard Zinn, 1980

La función adaptativa de la memoria explica por qué esta “no suele ocuparse de almacenar los detalles floridos y accesorios del asunto sino la impresión general, y, luego, lo va adaptando a la situación presente, inventando esos detalles floridos cuando es necesario”.

Más aún, “cuando no hay coincidencia entre lo que predecimos y lo que ocurre, adaptamos nuestras predicciones para reducir el error”. Usando, como diría Howard Zinn, estrategias de selección y énfasis, la memoria elimina aquellos recuerdos que considera inútiles para sobrevivir, y exagera o, incluso, inventa, aquellos que puedan servirnos para adaptarnos mejor a lo que está por venir.

Resulta, pues, que vamos editando nuestra memoria (eliminando aquellos recuerdos o asociaciones que ya no nos son útiles, o reforzando o inventando aquellos que sí pueden serlo) con el objetivo de hacerla más funcional. Esto explica, por ejemplo, nuestra tendencia o facilidad a incorporar falsos recuerdos.

Son especialmente interesantes las páginas que Matute dedica al tema de los pseudo-recuerdos. En ellas se nos presentan los experimentos sobre implantación de falsos recuerdos en personas normales realizados por la Dra. Loftus, catedrática de la Universidad de California en Irvine, y algunos de sus colegas. En dichos experimentos se logró implantar pseudo-recuerdos de anécdotas familiares que nunca tuvieron lugar (como haber estado a punto de ahogarse siendo niño) e, incluso, de delitos que nunca se cometieron.

Podemos hablar, por otra parte, de un experimento “involuntario”, perpetrado por diversos terapeutas psicoanalíticos, que, convencidos de que las disfunciones de los adultos se debían a traumas reprimidos experimentados durante la infancia, implantaron en sus pacientes pseudo-recuerdos de abusos. Es un tema delicado, que debe tratarse con cuidado, del que, por ahora, solo extraemos la conclusión escéptica de que “la certeza del recuerdo no aumenta la validez del mismo”.

Elizabeth Loftus, 1980

La tendencia al pseudo-recuerdo tiene, como hemos visto, un sentido adaptativo, y puede resultar muy peligrosa si es aprovechada para desinformar mediante noticias falsas. Pensemos, por ejemplo, en el sesgo en virtud del cual las preferencias políticas no solo modifican cómo percibimos la realidad, sino también cómo la recordamos. Así, en uno de los experimentos de Loftus, tras mostrar fotografías falsificadas de políticos en una situación más o menos comprometida, “los voluntarios ‘recordaban’ la noticia falsa con mucha más frecuencia cuando el protagonista que aparecía en situación comprometida era del partido contrario al de sus preferencias políticas”.

Lo cual demuestra que “el hecho de que la información falsa sea consistente con nuestras creencias y prejuicios previos es uno de los factores que hace que la implantación del recuerdo prospere”.

Esta es una cuestión realmente acuciante en nuestros días, y es necesario comprender y pensar en profundidad el mecanismo del que se aprovecha para poder luchar contra ella. Por otra parte, si bien es cierto que los gobiernos deberían luchar por contrarrestar las acciones de desinformación, cabe preguntarse, con Matute, “¿cómo hacerlo sin caer en la censura y respetando los derechos individuales y la libertad de expresión?”.

Otro sesgo cognitivo relacionado con la memoria es nuestra tendencia a delegar en terceros la tarea de recordar. Es ya célebre el llamado “efecto Google”, según el cual, resume Matute, “cuando sabemos que podemos encontrar algo en Google, no nos molestamos en recordarlo (en todo caso podemos recordar cómo buscarlo, en qué categoría o con qué palabras clave y ese tipo de cosas)” (Sparrow, Liu y Wegner, 2011)

No solo delegamos en Google (o, antes, en las enciclopedias, diarios o apuntes), sino también las fotografías: “es como si al sacar la foto estuvieran confiando en que la cámara recuerde por ellos, y por tanto no invierten sus recursos cognitivos en realizar una tarea que pueden confiar a una máquina”.

Según Matute, esto no quiere decir que la mente esté evolucionando, como muchos seudocientíficos afirman, ya que esos cambios no llevan miles, sino cientos de miles de años. Lo que cambia es solo el uso que hacemos de nuestros recursos cognitivos: “nuestra mente sigue siendo la misma y se sigue rigiendo por las mismas leyes. Básicamente, la ley del mínimo esfuerzo”.

Otro sesgo cognitivo relacionado con la memoria es el “sesgo de disponibilidad”, que mezcla procesos memorísticos y racionales. Según este sesgo, en los días posteriores a un accidente de avión, las imágenes de la catástrofe están muy presentes en la memoria de la gente, y eso aumenta los índices del miedo a volar.

El heurístico de base es lógico y adaptativo: si me viene fácilmente a la mente es porque es frecuente. Sin embargo, en otros contextos, este atajo cognitivo da lugar a errores, ya que lo cierto es que tras un accidente de avión baja la probabilidad de accidentes de aeroplanos, porque disminuyen los vuelos y aumentan los controles. Y crece, en cambio, la probabilidad de accidentes de coche, porque cogemos más el coche, y eso aumenta el flujo viario, y, sobre todo, porque los accidentes de coche son mucho más probables que los de avión.

Como los demás, el sesgo de la disponibilidad es muy usado para la manipulación política, y está estrechamente conectado con conceptos como los de posverdad y desinformación. El triste dictum de que “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad” está directamente conectado con este sesgo, ya que, “de tanto repetirla, la mentira acaba ocupando una posición fácilmente accesible en nuestra memoria, de tal manera que está tan presente que cuesta saber que es mentira”.

Holbach, 1770

Este es uno de los principios fundamentales de las agencias de publicidad, la propaganda política y los agitadores de desinformación, que confían en la repetición de sus mentiras para aumentar su presencia en nuestra memoria, y así beneficiarse del sesgo de la disponibilidad.

– Sesgos relacionados con el razonamiento

Uno de los sesgos fundamentales relacionados con el razonamiento es el “sesgo de la ilusión de causalidad”. Es una cuestión directamente relacionada con las discusiones filosóficas acerca de las relaciones de causa y efecto (Hume), las supersticiones (Voltaire) y los prejuicios (D’Holbach), así como con las reflexiones antropológicas (Claude Lévi-Strauss o Thomas Markle) y literarias (“El arte narrativo y la magia” de Borges) sobre el llamado “pensamiento mágico”.

Nos encontramos, nuevamente, con que nuestra tendencia a establecer, de forma decidida, y a veces precipitada, relaciones de causa y efecto, resulta adaptativa en un contexto primario, si bien puede dar lugar a múltiples errores en otro tipo de contextos más complejos.

Para empezar, el heurístico de la ilusión de causa-efecto nos ayuda a aprender, ya que, en buena medida, aprendemos asociando “unos estímulos con otros y a predecir lo que ocurrirá a continuación, aspecto este absolutamente necesario para la supervivencia.”.

Según este método, que compartimos con los animales, aunque de forma mucho más desarrollada, “las asociaciones o conexiones mentales se fortalecen siempre que dos eventos, A y B, se dan seguidos el uno del otro en el tiempo”. Es evidente que “este método tiene un riesgo”, ya que, “a veces, pueden producirse asociaciones por pura casualidad”. Este tipo de asociaciones erróneas son la base de nuestras supersticiones y convicciones mágicas (“se me cayó una persona encima al pasar bajo una escalera”, “llovió tras bailar”, “suspendí un examen cuando iba vestido de rojo”).

Jorge Luis Borges, 1899-1986

Estos errores pueden ser inocuos, o pueden llevar a cometer errores fatales, como no iniciar un tratamiento médico porque un pseudotratamiento o pseudoterapia coincidió con una mejoría esporádica y provisional de nuestra enfermedad, provocando una ilusión de causa-efecto, o aceptar ciertas supersticiones religiosas o prejuicios políticos.

Cabe señalar que antropólogos como Lévi-Strauss o Markle han estudiado la base evolutiva o función adaptativa de las supersticiones en ciertos contextos. De un lado, la superstición está conectada con los falsos positivos, que ya vimos que eran los más rentables desde un punto de vista adaptativo. De algún modo, ese falso positivo sería el mismo que nos lleva a ser supersticiosos, a establecer falsas relaciones de causa-efecto.

Del otro lado, “a lo largo de la evolución ha sido mejor creer que la medicina está funcionando que lo contrario”. Ha sido “mejor creer que bailando puedo conseguir lluvia (o curarme) que darme cuenta de que no hay nada que yo pueda hacer para conseguirlo”, por la sencilla razón de que pensar lo contrario puede llevarnos “a caer en la indefensión y la desesperanza, y quizá dejar de esforzarme, no plantar siquiera las semillas, porque total para qué”.

Este punto está conectado con el concepto de “indefensión aprendida”, de Martin Seligman, quien demostró, con una serie célebre de experimentos con animales que, cuando los animales aprenden que no hay relación de causa-efecto entre su conducta y las descargas eléctricas que están recibiendo, acaban indefensos y deprimidos, e incluso dejan de intentar huir en los casos en que se les facilitan vías de escape.

Benedict Anderson, 1983

Resulta, pues, que “la superstición y la ilusión de causalidad, o el sesgo de creer que hay una relación de causa-efecto, en estos casos puede llegar a salvarnos la vida, porque seguimos adelante, no nos rendimos a la desesperanza y la indefensión”. “Ese punto de optimismo, ilusión, superstición tiene a veces su recompensa, siempre y cuando lo mantengamos bajo vigilancia, a niveles aceptables”.

Comentemos, brevemente, algunos otros sesgos cognitivos relacionados con el razonamiento (y la toma de decisiones). Ya usamos anteriormente como ejemplo el “sesgo de la familiaridad”, consistente en fiarnos más de una cara familiar, que pertenece a nuestro grupo (aunque ese grupo sea una “comunidad imaginada”, por utilizar el término ya clásico de Benedict Anderson), independientemente del contenido de sus afirmaciones o propuestas.

Se trata, como los demás, de un sesgo “cavernícola”, o incluso “animal”, que no podemos aplicar sin filtros en el siglo XXI.

El sesgo de la familiaridad no implica solo a las personas, sino también a las situaciones, lugares o ambientes. Se trata, nuevamente, de un heurístico, esto es, de un atajo mental “adaptativo, pues, en la mayoría de las ocasiones, es mejor estar relajado y guardar nuestras energías para las situaciones y lugares que no conocemos”. Pero, como siempre, ese atajo puede encerrar una trampa, como prueba, quizás, el hecho de que sea más fácil perderse en las montañas que conocemos o tener accidentes de coche en las carreteras cercanas a casa, ya que, como nos resultan más familiares nos dan mayor sensación de seguridad, lo cual nos lleva a relajarnos, despistarnos o correr más riesgos.

Luego está el “sesgo de la inercia”, que, en su forma heurística, afirma que “es bueno dejarse llevar en nuestras decisiones diarias, sobre todo si no implican riesgo”, ya que, si revisásemos constantemente nuestras decisiones, “entonces no haríamos nunca nada (excepto decidir y re-decidir)”. Claro que dejarse llevar por la inercia de una decisión inicial, sin ser capaz de revisarla en función de nuevas informaciones, puede llevarnos a persistir fatalmente en un error, o a dilapidar muchos años de nuestra vida insistiendo en un proyecto elegido en el pasado, que ha acabado revelándose imposible o indeseable.

Helena Matute, psicóloga

En virtud del heurístico del consenso, tendemos a asociar nuestro grupo con la seguridad y la protección, de modo que tendemos a aceptar la opinión dominante en su seno, lo cual puede ser bueno en ciertos contextos, en los que el grupo nos puede proteger, física o simbólicamente, mas no en aquellos en que este no puede hacerlo.

Algunos experimentos psicológicos han llegado a mostrar que el sesgo del consenso es tan poderoso que puede hacer que un individuo niegue la evidencia, como que es de día, por ejemplo, si un número suficiente de personas afirman lo contrario.

Resulta importante reflexionar sobre este sesgo, que puede llegar a ser muy peligroso tanto para la libertad individual (un adolescente sometido a todo tipo de presiones de grupo), como para la colectiva (donde los comunitarismos están amenazando gravemente a la propia democracia).

El “sesgo de representatividad”, que asocia a una persona o grupo ciertas características de forma precipitada e inercial, está en la base de muchos de nuestros prejuicios.

Siguiendo un experimento de Kahneman y Tversky (1983), si se nos dice de una persona que es joven, que ha tenido problemas de discriminación y que ha participado en manifestaciones antinucleares, y, a continuación, se nos pregunta ¿qué es más probable: (1) que trabaje como cajera en un banco o (2) que trabaje como cajera en un banco y esté involucrada en el movimiento feminista? Muchos escogerán la segunda opción. Si bien, esta es necesariamente menos probable, ya que, según las leyes de la probabilidad, “la conjunción de dos hechos siempre será menos probable que cada uno de esos hechos por separado”.

Este tipo de heurístico, que puede ser muy útil en ciertas situaciones en las que disponemos de poca información y mucha urgencia a la hora de tomar decisiones, está en la base de muchos prejuicios, que algunos políticos no dudan en magnificar y utilizar en su beneficio.

George Orwell, 1949

Existen también sesgos con los números. Como, por ejemplo, el hecho de que nos cueste más procesar los porcentajes y los números grandes (siempre entenderemos mejor un mismo dato en términos de probabilidades que en término de frecuencias), lo cual es muy utilizado por los especialistas de mercadotecnia y de desinformación, para sesgar las valoraciones de la gente.

Finalmente, en virtud del “sesgo del punto ciego”, todos nos creemos por encima de la media (más listos, más guapos que la media), algo, estadísticamente, imposible. Este sesgo apunta a la dificultad de detectar nuestros propios sesgos, lo cual supone un problema mayúsculo para una de las tareas filosóficas más importantes, como es la de cumplir con el precepto délfico del “conócete a ti mismo”.

#7 Usos y abusos políticos de la ciencia del error

Uno de los aspectos más interesantes del libro de Matute, en el que hemos ido insistiendo aquí y allá, es, precisamente, el uso perverso que de este tipo de sesgos se está realizando desde el ámbito de la propaganda comercial o política. Al modo de la nuevalengua diseñada por el “Ministerio de la verdad”, en 1984, de Orwell, todos los movimientos tiránicos o totalitarios buscan modificar el lenguaje y los recuerdos para controlar nuestros pensamientos y decisiones.

Matute nos informa, en este punto, sobre cómo, además del papel “providencial” que la industria de la desinformación tuvo en la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos (ya que millones de seguidores y de bots difunden mentiras y noticias falsas en las redes sociales, activando los sesgos del consenso, del grupo y de la familiaridad).

Trump ha mandado eliminar la información sobre el cambio climático de los centros oficiales. Ha prohibido utilizar expresiones como “cambio climático” y “gases de efecto invernadero”. Ha enviado a los centros de control y prevención de enfermedades un listado con palabras y expresiones prohibidas (“basado en la ciencia”, “transgénero”, “diversidad” y “feto”). Y ha hecho un uso sistemático de la expresión “hechos alternativos”, que son solo hechos falsos, para, a su vez, acusar a la prensa especializada que los critica de generar fake news.

Raymond Pettibon, 2017

Lo cierto es que muchos agentes están haciendo un mal uso de la ciencia psicológica. Publicistas y propagandistas, de uno y otro extremo del espectro político, así como individuos manipuladores no dudan en explotar las debilidades de nuestro sistema cognitivo.

Para luchar contra esta tendencia generalizada, resulta necesario, en primer lugar, “hacer público y extensivo todo este conocimiento, para que, entre todos, sepamos detectar a tiempo no sólo nuestros propios sesgos, sino también el uso que algunos pretenden hacer de ellos”.

Pero, como comprender nuestras debilidades no es suficiente para solventarlas, o mantenerlas a raya, también es necesario, en segundo lugar, que difundamos el espíritu crítico, bajo la forma de un escepticismo correctivo, que no renuncie, por ello, a la voluntad de verdad, y a la promoción de la vida (cf. On second thought, de Wray Herbert), y bajo la forma del método científico (cf. La lógica de la investigación científica,de Karl Popper).

En efecto, coincido con Matute en que la mejor herramienta colectiva para mantener a raya los sesgos cognitivos es el método científico: registro preciso de los pasos realizados para evitar errores de memoria, minimización del ruido, unificación de criterios, autoconciencia de los propios sesgos, falsacionismo, dobles ciegos, trabajo en equipo, exposición pública y discutida de los resultados.

La ciencia es un excelente modelo de conocimiento que el pensamiento filosófico y político jamás debería perder de vista.

La reducción de la ciencia a tecnociencia y la incomunicación de las esferas del conocimiento, de la que hablábamos al principio de esta reseña, no son solo una pérdida en la calidad de nuestro conocimiento humanístico y vital, sino también un grave peligro para la democracia.

Para acabar con las palabras de la autora:

Lo importante es saber mantener, junto con la creatividad en la búsqueda de soluciones y en la propuesta de nuevas hipótesis, una actitud claramente escéptica. No fiarnos de nada, no creernos lo que vemos u oímos por el mero hecho de que sean nuestros sentidos los que nos proporcionan la información. Ponerlo a prueba, estar alerta, dudar de las primeras explicaciones que se nos ocurren, de los razonamientos que estamos aplicando. Pensar dos veces. [Helena Matute]

 

Sobre el autor
Licenciado en Filosofía, Filología y graduado en música clásica. Doctor por la Universidad de Barcelona, con la tesis "El escepticismo en la obra de Jorge Luis Borges", y PhD en Estudios Culturales, por la Universidad de Georgetown, con "Literatura posnacional en Hispanoamérica". Es autor de Literatura posnacional (2007), Que nada se sabe y El escepticismo en la obra de Jorge Luis Borges (2012). Ha publicado diversos artículos en revistas nacionales e internacionales. Actualmente es profesor de Literatura Hispanoamericana en la UB y profesor de Estudios culturales en la Universidad de Stanford. Twitter: @dinolanti
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