Elogio del estudio y la escuela: Sobre el oficio de profesor de Jorge Larrosa

Montaje a partir de iconos de Gerd Arntz, Isotype

 
Jorge Larrosa (Teruel, 1958) ha escrito uno de esos libros que solamente pueden concebirse en la madurez de una vida, cuando las preguntas esenciales pueden ya formularse sin pudor, con una forma de la experiencia que va unida a un sano escepticismo, un poco a la manera de los Ensayos de Montaigne. En este caso, se trata de una vida dedicada a la lectura, a la escritura y a la enseñanza.

No cabe ninguna duda: Esperando no se sabe qué. Sobre el oficio de profesor (Candaya, 2019) nos habla de una determinada manera de dedicarse a la enseñanza que tal vez ya no se estila con tanta frecuencia, y que es practicada por esos profesores que leen y toman incesantes notas, que portan consigo una biblioteca y que entran con ella en el aula, que ejercen este oficio con amor, dedicación y generosidad.

Alexandre Kojève, 1902-1968

Se dice que en 1967 Alexander Kojève fue a Berlín a impartir una conferencia en la que se habló de la cuestión del final de la historia y de que su continuación no era más que un simulacro. Los estudiantes que le escuchaban se quedaron, al parecer, atónitos, y en una reunión más privada algunos líderes estudiantiles le preguntaron qué debían hacer ellos al respecto. La respuesta de Kojève les dejó todavía peor de lo que ya estaban: «Lernen Sie Grieschisch!», les dijo: «¡Aprendan griego!».

Me parece que Jorge Larrosa habría dicho algo muy parecido, y me pregunto si podríamos hoy decirles lo mismo a nuestros jóvenes universitarios. Aprender griego quiere decir aquí: «Pónganse a estudiar» o bien esto otro: «Traten de comprender en lo profundo». Recomendación de maestro. Así, ahora, una inquietante pregunta me ronda la cabeza: ¿nos estamos quedando sin maestros?

Es verdad que nuestros maestros no son solo quienes nos enseñaron en el ámbito escolar. Muy a menudo, en la esfera intelectual, y en otros órdenes, son también aquellos cuyas obras y creaciones más nos influyeron, ayudándonos a modificar el curso de nuestra existencia. Mujeres y hombres que, por azares de la vida, se cruzaron en nuestro camino y mediaron en nosotros haciéndonos descubrir nuestras más hondas necesidades.

En filosofía, literatura y poesía, en general en las artes, en la pintura, la música y las ciencias, nuestros maestros son esos perfectos desconocidos que aprendimos a amar en la distancia a través de las obras que nos dejaron y a las que un día accedimos agradecidos.

George Steiner, 2003

No obstante, en esta obra hay un elogio del noble y griego oficio de profesor: un profesor que está en el aula, que lee y escribe, que da a leer y a escribir, y por tanto a pensar. Ese que sabe que solo puede provocar un efecto en los estudiantes a través de flechas tiradas al azar. El que sabe que una hora de clase puede hundir o salvar una vida, que puede llevarnos al infinito o hundirnos en el fango.

La auténtica enseñanza es una vocación, dijo George Steiner. Es una llamada que habla del mundo con una voz única, y por eso enseñar con seriedad, haciéndonos enteramente presentes en esa hora de clase, es acceder a lo que de más vital hay en un ser humano: un maestro invade, irrumpe, suspende el ritmo habitual del tiempo, inquieta y arrasa, a veces, con el fin de construir de nuevo.

Este libro es también un elogio del aula y de la escuela, pero no de esa escuela que hoy enarbolan como un fantoche «los hombres del futuro para espantar a los niños y a los inocentes», sino, de nuevo en griego, la escuela como scholè, como tiempo que se libera y se dispone para leer, para escribir, para pensar, para estudiar junto a otros. Una escuela en la que todavía algunos, aunque sean pocos, luchan denodadamente para impedir que, como el mundo, ella misma se deshaga, y para hacer lo imposible (que es casi lo único que ya cabe hacer hoy) para evitar que se torne servil ante el mercado, los mercaderes y los empresarios, que son los que hoy determinan lo que dentro de las aulas debe o no hacerse.

Jorge Larrosa nos habla de esa escuela que ofrece, u ofrecía, tiempo libre a los niños y a los jóvenes, es decir, la escuela como un dispositivo que libera el tiempo, el espacio, las cosas y los procedimientos. Ahí, en ese tiempo y lugar, es donde nos convertimos en estudiantes.

Jorge Larrosa, 2019

Toda la primera parte del libro de Jorge es una preparación, inteligente y hábil, para ese momento culminante y hermoso, su personal «Elogio del aula», en el que el autor dice:

«Me gusta ir a visitarla cuando aún está vacía, unos días antes de que el curso comience. Necesito ver cómo son la pizarra y la pantalla de proyecciones, si hay o no tarima, cuántas puertas tiene, cómo es y dónde está mi mesa, si tendré posibilidad o no de cerrar las persianas para oscurecerla. También si tiende a cuadrada o es más bien larga y estrecha. Y si conserva algunos murales en las paredes, restos del pasado semestre, que estoy casi seguro de que no me van a gustar, aunque sé que no me atreveré a quitarlos. Hay cierta ceremonia en ese mi primer encuentro con el aula, silenciosa y dispuesta, como ofreciéndose ya a ese primer día de clase que ya me he puesto a esperar con cierta ansiedad».

 
La universidad pone a su disposición, a la de todos los profesores y profesoras, un espacio, un tiempo, el título de una asignatura y varias decenas de jóvenes. El resto, en cambio, es cosa nuestra: hemos de decidir qué hacer con ese espacio, ese tiempo, esa materia.

Todo se resume en un gesto, y en una rutina que compromete un carácter y una serie de hábitos. Lo sagrado no son ni el aula ni los libros ni las gentes que están ahí. Lo sagrado es lo que pasa entre ellos, es el encuentro entre generaciones diferentes que juntan tiempos viejos y jóvenes en un acto de transmisión.

Si el profesor es quien produce un efecto imprevisible en el otro, en esa hora de clase dedicada a la lectura, el pensamiento y el encuentro con una cierta clase de verdad que consiste en tener que buscarla, no dogmatizar sobre ella, ese efecto nos los encontramos en la última parte del libro, «Incidencias y coincidencias», trasmutado aquí en las variadísimas conversaciones que Jorge Larrosa ha venido tendiendo con sus amigos y amigas en sus itinerarios y viajes.

Pere Rovira, 2010

Y es que el libro también es un elogio de la amistad y del viaje, ambas también como formas y procesos de enseñanza y aprendizaje. Un elogio que termina citando un bellísimo poema de Pere Rovira titulado «El profesor». Un poema que habla, en realidad, de cualquier profesor que, entregándose a su materia de estudio, al mismo tiempo parece que ennoblece el mundo y su relación con él. El poema dice así:

«Aún encuentra brasas de belleza / en la mirada verde de una chica / o en el gesto impulsivo / del muchacho que busca en los poemas / la respuesta del cuerpo. / Se perderán, lo sabe, / y ha de hundirse el deseo de palabras, / el sueño generoso de otro amor, / en los pantanos del oficio sórdido. / Olvidarán la poesía, / que les regala el tiempo, corazones, / alegría, nobleza y sufrimiento. / En unos años, / será trabajo ya su juventud, / recuerdo el sentimiento, / ruina conyugal la noche que los quema. / Él seguirá enseñando, y persiguiendo / las brasas condenadas»

 
Mientras todo pasa, mientras los días se suceden y el tiempo transcurre y se nos clava en la mirada y deja marcas en el cuerpo, el profesor «seguirá enseñando, y persiguiendo las brasas condenadas». Quemará las palabras de los libros que lee y esparcirá en el aula sus cenizas y, junto a ellas, su propio aliento y su calor. Y ellos, los más jóvenes, saldrán de allí tiznados y cenicientos. Se las limpiarán del rostro si así lo han decidido, pero habrán tenido la oportunidad de salir de ese recinto un poco heridos y quizá distintos. Y tal vez, quizá, algunos de ellos tendrán la sensación, tras haber escuchado las palabras de esos libros quemados, al engullirlas, que regresan al mundo desde la casa del estudio con los ojos quemados, casi ciegos, y los tímpanos perforados: por haber contemplado algo hermoso, por haber escuchado lo inaudito.

Entonces, a solas, el profesor, cada vez más viejo y cargado de días, recitará, para consolarse, el hermosísimo poema de Hörderlin que yo, personalmente, no puedo recitar, como una especie de extraña oración, sin conmoverme:

«¿Por qué, divino Sócrates, rindes homenaje / de continuo a ese joven? ¿Por qué, con amor, / lo miran tus ojos como a los dioses? / Quien ha pensado en lo más profundo ama lo más vivo, / quien ha mirado el mundo, tiene por elegido al joven, / y a menudo, al final, los sabios se inclinan ante lo hermoso»

 

Sobre el autor
(Bilbao, 1957). Catedrático de Filosofía de la Educación (Universidad Complutense). Su escritura es preferentemente ensayística y fronteriza, entre la filosofía, la educación y la literatura. Ha publicado «Hannah Arendt. Una filosofía de la natalidad» (Herder, 2006), «La experiencia reflexiva en educación» (Paidós, 2005), «El delirio de las palabras. Ensayo para una poética del comienzo» (Herder, 2004), «La esfinge muda. El aprendizaje del dolor después de Auschwitz» (Anthropos, 2001), «El oficio de la ciudadanía» (Paidós, 1997; 2001), «La educación como acontecimiento ético. Natalidad, narración y hospitalidad» (Paidós, 2000), escrito junto a Joan-Carles Mèlich.
Submit your comment

Please enter your name

Your name is required

Please enter a valid email address

An email address is required

Please enter your message

PliegoSuelto | 2019 | Creative Commons


Licencia de Creative Commons

Una web de Hyperville

Desarrollada con WordPress