El libro tachado de Patricio Pron: Muerte del autor, Internet y copyright (I)

Roland Barthes según Nazli Inal, 2012

 
«El silencio de los autores desaparecidos parcialmente, el de aquellos desaparecidos completamente y el de los escritores sobre cuya identidad solo se pueden proponer hipótesis no son tanto la constatación de su muerte como la causa de un silencio de particular estridencia.»

El libro tachado, Patricio Pron

¿A qué deben su poder de fascinación las historias de máquinas generadoras de poesía, o las de los escritores suicidas, o las que terminan con el humo de gigantescas piras de libros ennegreciendo fachadas antiguas? Quizás a que representan el reverso negativo de la creación literaria, el silencio unas veces lúdico y otras siniestro o incluso trágico que la circunda y al mismo tiempo le otorga su sentido.

El libro tachado (Turner, 2014) de Patricio Pron recopila exhaustivamente una serie de prácticas literarias que tienen en común el estar marcadas por la borradura y por el silencio: literatura automática, azarosa, censurada, perdida, quemada, determinada siempre por una suerte de desaparición de su autor que la marca indefectiblemente.

Dicha desaparición es muchas veces trágica e involuntaria, pero otras tantas veces es producto de una búsqueda, o como mínimo de una actitud ante el hecho de la creación literaria. Así, encontramos en El libro tachado a Mallarmé (quien trazó el camino inicial), el OuLiPo de Queneau, la poesía fonética, el readymade o el collage literario, los surrealistas, algunos autores del Nouveau Roman, y un sinfín más de escritores no pertenecientes a un movimiento artístico concreto, que comparten el impulso de suprimir las propias huellas, de habitar un silencio infranqueable tras la palabra escrita y de jugar con la idea de cubrir con ese mismo silencio la propia literatura, en lo que Pron reconoce como la “tradición negativa de la literatura moderna”.

Patricio Pron no se limita a elaborar un inventario cronológicamente ordenado, a pesar de su rigor y de la magnífica profusión de notas a pie de página que pueblan este ensayo, cada una de las cuales abre un nuevo y fascinante camino en la historia de esa “línea de sombra” de la literatura. El libro tachado permite múltiples itinerarios de lectura, y no por ello es errático o carente de objetivos.

Se trata de un diálogo, de una reflexión abierta a una pluralidad de planos y disciplinas, que se sirve de los modos de existir de la literatura que son su objeto para abordar el delicado tema de las condiciones de posibilidad del hecho literario en nuestro paisaje actual de crisis (general y del sector editorial en concreto) y de total consolidación de la era digital, escenarios que hacen resurgir (si es que alguna vez se extinguieron) los planteamientos en torno al fin de la autoría y de la misma literatura.

De todas las sendas que abre El libro tachado, una en especial encuentra en este ensayo un enfoque que le es muy necesario. Pensar la cuestión de los derechos de autor en época de múltiples crisis y de surgimiento de un nuevo contexto digital y hacerlo desde la propia literatura parece no solo posible sino obligatorio, como imprescindible resulta la lectura del libro de Pron para introducir elementos imprudentemente soslayados en la infinita controversia que rodea esta cuestión.

La “muerte del autor”, percibida y consignada por Barthes y Foucault en 1968 y 1969 respectivamente, se ha convertido ya en una especie de credo, al menos de una parte de la Academia, y como tal ha pasado a formar parte de los discursos teóricos que corren el riesgo de ser malinterpretados, mutilados, descontextualizados y moldeados interesadamente a fuerza de repetirse. Sin embargo, hoy se hace difícil pensar la literatura (la creación, la crítica, la teoría literarias) sin la formulación del cambio de paradigma que recoge y representa: la desmitificación de la idea de creador que desde el Romanticismo había fundamentado la idea de autor literario.

Como eficazmente recoge El libro tachado, el hombre que a través del mecanismo de la expresión extrae de sí mismo la obra, propia y original, fue despojado a través del discurso de la “muerte del autor” de su carácter de sujeto absoluto y resituado como una función más del discurso. Su centralidad en tanto que autoridad, al mismo tiempo origen y depósito de un sentido fijo de la obra literaria por alcanzar a través de la lectura resultó letalmente cuestionada y, en consonancia con el conjunto del discurso postestructuralista, el lugar del autor pasó a ocuparlo el propio texto, como tejido de incontables e indiscernibles escrituras que el escritor se limita a yuxtaponer.

Michel Foucault (1926-1984)

Las ideas de originalidad, autoridad, y del libro como obra cerrada que interpreta un mundo legible parecieron llegar a su fin.

Lejos de dejarse llevar por la euforia de lo que formulado así parece una masacre postmoderna, El libro tachado dirige su mirada al mundo que aunque a veces resulte increíble se extiende más allá de los despachos y los pasillos de las facultades de letras, y en ello reside su agudeza. Ahí fuera hay, desde luego, toda una realidad que hace que sea pertinente preguntarse cuáles han sido las consecuencias reales de la “muerte del autor”.

Más allá del pensamiento literario, y por lo que respecta a la creación literaria, es cierto que le debemos a “la muerte del autor” gran parte de la enorme riqueza procedimental y temática de la mejor literatura de los últimos tiempos. Pero el grueso de la producción literaria que circula a través de los cauces del mercado sigue siendo autoral.

Se sigue considerando la obra como una excreción íntima de una persona inspirada por una fuerza intangible y que vuelca en ella su experiencia y sus sentimientos. Infinidad de escritores siguen posando con la mano en la barbilla, siendo el más codiciado objeto de deseo en los clubs de lectura y talleres de escritura creativa y dejándose admirar y acariciar como estatuillas milenarias tras las presentaciones de sus libros. Ello equivale a decir que la industria editorial, y con ella la percepción social de la literatura, siguen fundamentadas sobre el individuo que escribe, y el nombre del escritor continúa siendo un elemento fundamental del producto económico que representa el libro.

Patricio Pron

No es extraño entonces que el ámbito de los derechos de autor haya resultado prácticamente impermeable al discurso de la “muerte del autor”. La regulación jurídica en el campo de la literatura sigue basándose retórica y conceptualmente en la figura del autor y en su poder sobre la obra y la circulación de ésta. El hecho que desencadena la protección jurídica no solo en literatura sino en el arte en general sigue siendo propio de aquella concepción romántica: una obra es obra si es original, y es esta originalidad la que fundamenta el derecho de propiedad del autor. Así, por lo que respecta a nuestro entorno jurídico más inmediato, en la Ley española de Propiedad Intelectual se afirma que el objeto de protección de los derechos de autor son las “creaciones originales”.

A menudo se aduce que la actitud de sorpresa por esta inocuidad del discurso de la “muerte del autor” es producto de un malentendido: aquél que confunde las figuras del autor y del escritor. El autor representaría una instancia intratextual y el escritor el sujeto extratextual que fija materialmente aquello que se convierte en la obra. Pero lo cierto es que resulta difícil sostener la idea de una línea infranqueable que rodee al texto y separe el interior y del exterior, especialmente por lo que respecta a la relación entre literatura y Derecho.

Creative Commons

Escritor y autor difícilmente pueden entenderse como compartimentos estancos. El escritor es sujeto de derecho en tanto que autor, y es la palabra “autor” la que aparece en gran parte de los textos jurídicos, al menos en lo que se refiere a la regulación española. Es más, el origen de los privilegios que se otorgan aún hoy se encuentra en la manera en que la sociedad entendió, en un contexto histórico concreto, esto es, a finales del siglo XVIII, al autor.

Así, lo lógico sería que una revisión drástica del concepto de autor a finales del siglo XX se extendiera de algún modo al Derecho, y que la desmitificación de la autoría revirtiera en un cuestionamiento o, como mínimo, una revisión del modo en que se entiende y se regula la propiedad sobre la obra. Sin embargo, nada parecido ha ocurrido, y sí se ha perpetuado una línea divisoria (más bien un muro de contención), si no entre el interior y el exterior del texto literario sí entre los discursos procedentes por un lado del pensamiento literario y por otro del Derecho, que ha seguido manteniendo la idea de originalidad y de total dominio, en términos jurídicos, del autor sobre su obra.

Downhill Battle, 2004

No ha sido, pues, la “muerte del autor” en la teoría literaria aquello que ha obligado a plantearse cuál es o cuál debe ser del estatus del autor en nuestros días, sino otro discurso muy diferente, motivado por el surgimiento de un nuevo contexto tecnológico. La era digital ha construido un espacio que ha convertido las cuestiones referentes a la autoría y la propiedad sobre la obra literaria en una controversia tan urgente como aparentemente irresoluble, marcada por la velocidad a la que todo sucede en la red y por lo inconmensurable de sus vías y mecanismos.

La amenaza más seria para el copyright no ha procedido ni procede de las constataciones y hallazgos de la teoría literaria, sino de los apremiantes y vertiginosos cambios de los nuevos entornos tecnológicos.

 

Sobre el autor
(Palma, 1985) Es licenciada en Derecho y en Teoría de la Literatura por la Universidad de Barcelona. Mientras aplaza la cuestión de su sustento y persevera en el caos y la pobreza, emplea su tiempo en redescubrir su isla natal, leer dispersa y masivamente y dar forma junto con Martina Zuccaro a la terrorífica criatura, Hálito Ediciones.
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