Matías Candeira: “Nuestra mal llamada generación se mueve en un entorno de ruina casi total»

Matías Candeira (Madrid, 1984) es escritor, guionista y profesor en la Escuela de Escritores de Madrid. Autor de los libros de relatos Todo irá bien (Salto de página, 2013), Antes de las jirafas (Páginas de Espuma, 2010) y La soledad de los ventrílocuos (Tropo editores, 2009). Varios de sus cuentos han sido recogidos en revistas como Quimera y en diversas antologías como Pequeñas resistencias 5 (Páginas de espuma, 2009), Siglo XXI: los nuevos nombres del cuento español actual (Menos cuarto, 2010) y las recientemente aparecidas Bajo treinta (Salto de Página, 2013) y Última temporada (Lengua de trapo, 2013).

¿Cómo ha evolucionado tu narrativa desde la publicación de tu primer libro de relatos La soledad de los ventrílocuos?

Me resulta difícil decir en qué medida ha cambiado. Con el primer libro uno goza de toda la inocencia y el descaro del mundo, y con los siguientes se van afinando los sentidos literarios, se hacen menos alardes y se excava más en el sentido y en la potencia de la prosa. Por supuesto, la visión mejora, y el modo en que las historias trabajan el sentido y el sobresentido. Es igual que ligar, supongo.

Es indudable que advertimos un cambio de registro en tu último libro Todo irá bien, ¿qué te impulsó hacia ese cambio?

Una situación de comodidad material –había obtenido una beca en la Fundación Antonio Gala para poder realizar el proyecto durante nueve meses– me hizo plantearme qué límites propios y cuerdas debía pulsar. Además, cada vez encontraba menos libros de relatos que me interesaran. Yo me sentía muy cómodo escribiendo cuentos después de tantos años, es más, sabía cómo se hacía un cuento técnicamente bueno desde todos los puntos de vista que se le piden.

En ese momento previo a la escritura de Todo irá bien, durante los primeros meses de la beca, sentí que para mí esa vía, ese relato, estaba agotado. No es la primera vez que critico tanto el canon como los preceptos de la esfericidad, la economía, ese no sobrar que se le pide al relato. A mi modo de ver, todo bastante mongólico y ante lo que me armo con una escopeta de dos cañones, como la niña de “Los que vuelven”.

La literatura es otra cosa y está bien conversar con los desconocidos, por más que tu madre te diga que eso no se hace. Además, yo creo que uno camina hacia su escritor ideal cuando deja de creer que puede abarcarlo todo y admira más el valor del viaje y la pulsación del límite, de ese casi tocar el lugar que uno quería (por definición es incompatible llegar, y ese no debe ser el objetivo. Lo han dicho muchos buenos poetas).

Por este motivo, surgió la idea de escribir unos textos de largo aliento con una estructura escurridiza y una prosa con alta carga simbólica. Una especie de realismo inquietante con toques fantásticos que funciona al modo de la corriente alterna. Me apetecía tocar palos particularmente difíciles como la violencia, el yo, el sexo o la muerte. Cosas que muchas veces pisan el mismo suelo al mismo tiempo y que deseamos enterrar bajo residuos nucleares. En fin, me abandoné a la exploración de lo intolerable con bastantes ganas.

En Todo irá bien las atmósferas cotidianas acaban por conducir al lector a un corredor de espejos extraño e inquietante, donde ve reflejados miedos, perturbaciones o patologías que pueden ser comunes a todos. Al mismo tiempo, asiste a la idea del derrumbamiento, de la ruina, del fin. En este sentido, además de una invitación a los propios abismos, ¿recoge ecos del momento actual por el que estamos pasando?

Sin duda, hay una narrativa que está trabajando este tema de la ruina y el agotamiento. Es algo que está en el aire y que me resulta particularmente atractivo en los autores que he ido leyendo. En cuanto a la actualidad, la crisis, la falta de paradigmas válidos para explicar este mundo que nos está convirtiendo a todos en muertos vivientes, traté de evitar la literalidad o un futuro donde la lectura de los relatos se agotara o sonara anticuada.

Quizás por eso, para algunos lectores el libro bordea lo abstracto, lo poético en combinación con lo siniestro, y he encontrado opiniones muy positivas y muy negativas, a veces en el mismo día. Es parecido a salir de una fiesta con las luces bajas y tener que ir a la lavandería. Bueno, pues a uno y otro sitio uno tiene que ir con humildad.

Si bien ese terror que habita lo familiar atraviesa todos los relatos, en “Los que vuelven” hay una rendija por la que se escurre cierta claridad. ¿Por qué decides cerrar el libro con este relato?

Es el más antiguo. Quizás en ese momento de escritura mi estilo estaba en tránsito hacia el tipo de prosa que estoy trabajando ahora. Como paradoja, en “Los que vuelven” se percibe que la realidad está agotada. Parecía lógico acabar con él. Es el final del libro y aquí ya se nota una especie de cero absoluto en la representación. Un mundo casi completamente despoblado de personas, con muertos que se levantan y a los que presentarías a tu mujer. Y vivos a los que es mejor no acercarse ni con un palo. Además “Los que vuelven” es casi el único texto que tiene aroma a esperanza, como el buen café o la gasolina.

Teniendo en cuenta tu trayectoria, pareces estar ya etiquetado como cuentista, pero ¿tienes pensado trabajar otros géneros?

El dicho español dice “Cría fama y échate a dormir”, aunque yo no tengo pensado publicar más libros de relatos en algún tiempo. De hecho, no hace mucho recibí otra beca de creación. Esta vez de la Fundación Han Nefkens, para irme a vivir a Barcelona y escribir una novela. Estoy con ella y con la poesía.

Por otro lado, además de los tres libros de relatos, eres autor del guión del cortometraje Fase terminal (2010). ¿Continúas realizando este tipo de proyectos?

Después de terminar la carrera me especialicé en guión de cine y televisión. Confieso con algo de tristeza que era lo que me hubiera gustado tener como trabajo alimenticio. Con la crisis se volvió muy difícil entrar en alguna productora o incluso conseguir lo que en la profesión se llama “una prueba” (escribir unas escenas con unos parámetros dados por la productora). Y no excluyo que yo haya sido torpe en el intento, que también puede ser eso.

Al final, el camino para mí ha sido otro, aunque por supuesto no he abandonado los guiones y he colaborado de cuando en cuando en algunos proyectos. El último fue un guión de videojuego para la compañía Mr. Roboto. Es un campo que me interesa mucho. Mi trabajo fue guionizar una experiencia interactiva llamada Hope, para dispositivos móviles, donde se relata qué es lo que no vemos en el clásico relato del príncipe que acude a rescatar a la princesa encerrada en la más alta torre.

En el CV, como tagline, suelo poner: “Bien, ahora usted es la princesa encerrada en esa torre, y sólo puede suspirar, llorar y abrazar la depresión”. El jugador recibe la historia, bastante más oscura y poco complaciente de lo que se espera, incluidos los malos tratos. Las acciones que puede realizar la princesa están además totalmente limitadas para desesperar al jugador. “Desesperar” es un verbo que salió mucho cuando estábamos hablando de cómo enfocar la experiencia jugable.

Hubo momentos fantásticos al estrenar Hope, como que nos acusaran de misóginos y de feministas en las reviews, todo al mismo tiempo, según dónde leyeras. Pero no había nada inocente en cómo creamos Hope y qué era lo que se contaba en ese torreón. Es una de las mejores colaboraciones que he hecho en mi vida.

En tu artículo “Contra los cuentistas” (Revista Quimera, Nº345, 2013) haces una valoración crítica del género en España. ¿Hacia qué territorio crees que debería dirigirse el relato hoy?

Estos años he ido perdiendo gradualmente interés por el género, como ya he comentado, salvo algunos casos puntuales de autores que me interesan (Eloy Tizón, por ejemplo) y que me parece que abren puertas mucho antes de que los demás veamos la casa.

Se ha venido considerando en ciertos sectores la idea de que la literatura joven en España está en crisis. Sin embargo, la reciente aparición de antologías como Bajo treinta o Última temporada viene a demostrar lo contrario. ¿Cuáles crees que son las razones por las que se ha ido gestando esa discutible opinión?  

No soy de esa opinión. Este no es el tiempo de la predicción, porque la realidad es líquida y autodestructiva, y la literatura, la crítica y el periodismo funcionan como campo autoexcluyente: sólo operan hacia arriba –y según quién escriba el discurso– para reconocer la consagración o la excelencia de una serie de “grandes escritores” que han hecho méritos, pero no hacia abajo, donde todo es sospechoso y está nublado por el prejuicio.

A menos que uno sea un talentoso científico en silla de ruedas y lleve un gato en el regazo llamado Mishi, el cerebro colapsa ante una cantidad excesiva de información y es necesario que todos –periodistas, lectores, doctores, filólogos– elijamos un corpus determinado. Bueno, ¿quién tiene el pastel en la elección de esos paradigmas? ¿Quién posee el modo de hablar y decir lo que es la literatura y la producción de sentido sobre ella? La pregunta vale para el ámbito político, para la sexualidad y para cualquier otro terreno en el que uno se proponga indagar en la normatividad dominante. A mí me cuesta mucho procesar los términos del mercado. Generación “joven”, generación “nocilla”, generación de “nuevos escritores”, “narrativa joven”, “novelistas 3G”. Me hacen tirarme muchos pedos y tener muy malas digestiones.

En fin, supongo que resulta más sencillo pensar que un “gran escritor” es viejo, yo no lo voy a discutir. A lo mejor resulta que las predicciones sobre la “crisis” de la narrativa joven –me imagino que te refieres a la ausencia de grandes obras, como los “grandes oligarcas” o las “grandes empresas” o las “grandes marcas”– se revelan equivocadas dentro de unos años, o a lo mejor tienen algo de verdad, qué sé yo. Resulta que, después de estar dos años encerrado con un libro, hasta el punto de volverme un indeseable conmigo mismo e incomodar a mis amigos y familia, encima tengo que estar pendiente de estas cosas y darle valor “nuevo escritor joven” y “nueva promesa” y “juguete roto” y “quiero y no puedo narrativo” y “narrador jovencísimo”. ¿Son ellos los que escriben los libros, o nosotros?

Pese a la diversidad estética, existe un marco de edad común en la narrativa española emergente, por lo que parece estar en el aire ese concepto ya un tanto manido de generación. ¿Qué opinas al respecto?

No estoy seguro de que haya una generación. Puede que desde el punto de vista filológico o académico haya que establecer corrientes, marcos teóricos, parámetros que permitan una lectura crítica de lo que se cuece. Pero yo no soy filólogo y lo único que sé, o que creo que sé, es que quizás nuestra (mal llamada) generación se mueve por una sensibilidad determinada, errónea o insegura para lo político, creo que técnicamente muy buena, y que lo ha hecho en un entorno de ruina casi total. El becarismo, el mileurismo, todos los ismos que son surrealistas en el mal sentido.

Mi generación de escritores y poetas es agónica. No tiene, en muchos de los casos, dónde caerse muerta. No niego que hay días que me pone triste ser un nuevo pobre y me pongo a lanzar suspiritos en la ventana, frente a un melancólico paisaje de pinos, pero para mí es muy divertido no saber qué va a pasar y, en consecuencia, qué libros debemos escribir (los jóvenes escritores). A cierta gente le molesta que se note que algunos de los que hemos aparecido en esas antologías, seamos amigos y tengamos trato diario o compartamos proyectos, o incluso, en cierta medida, que seamos conscientes de la importancia de leernos entre nosotros. Yo intento hacerlo, desde luego. Y hasta tiendo a pensar que algunos compañeros cuya propuesta narrativa no me interesa demasiado, en algún momento, me harán cambiar de opinión con un libro nuevo que me toque la patata.

La sospecha, como ya decía, tiene los tentáculos muy largos. En realidad todo es más sencillo: lo primero que diría es que nosotros no somos nuestros antólogos, no nos “elegimos”, ha sido un trabajo externo y concienzudo por parte de Alberto Olmos (Última temporada) y Juan Gómez Bárcena (Bajo treinta). No digo que sea el mejor trabajo porque no me corresponde hablar de dos libros en los que aparece un texto mío, pero me parece digno de elogio que alguien, por una vez, completamente libre de sospecha sobre sus pares, se haya puesto a hacerlo. En segundo lugar, en cuanto a la afinidad temporal, la edad y la camaradería, sigue siendo sencillo todo cuanto se ha de explicar: uno escribe y quiere acercarse a ciertas personas que, como él, están completamente solas entre el fuego. No se puede cometer el error de no ser generoso.
 

Sobre el autor
(Buenos Aires, 1988) Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona y cuenta con un máster en Estudios avanzados en Literatura Española e Hispanoamericana por la misma universidad. Actualmente, compagina la corrección y edición de textos con la docencia de español para extranjeros, al tiempo que profundiza en el estudio del arte y el pensamiento.
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