Mujer y brecha: La herida como mal endémico en la literatura femenina

 
¿Qué mujer no se ha acusado de ser monstruosa,
al sorprenderse y horrorizarse por el fantástico
zafarrancho de sus pulsiones? (…)
¿quién no se ha creído enferma, al sentir agitarse
unas ganas locas (de cantar, de escribir, de proferir,
en definitiva de hacer algo nuevo?

Hélène Cixous, Deseo de escritura

Aun a riesgo de decir una tontería, me gustaría compartir una teoría tomando como punto de inicio un tema al que creo que se han acogido muchas poetas a lo largo de la historia: la brecha o la herida en la mujer y en la poesía.

Al hablar del concepto de brecha pienso en una serie de palabras claves y expresiones relacionadas como herida, agujero, grieta, sangre, hueco, hoyo, rotura, estropeado, daño, desangrado, debilidad —entre otras— con las que creo identificar esos rasgos que hablan propiamente de un mundo interior exclusivo en la mujer, de un carácter propio femenino. Un síndrome, una constante, un estado de consciencia.

Cuando Ingeborg Bachmann (1926-1973) se refiere a la vida como una enfermedad en Das dreibigste Jahr (A los treinta años) hay algo de todo eso. De una debilidad siempre achacada a la mujer, una enfermedad perpetua, la mujer como sufridora, como una enferma eterna, debido a su sexo, debido a sus capacidades físicas, siempre por debajo de las del hombre, debido a lo que comporta su naturaleza —la menstruación, ser madre— y a lo que ello conlleva: estar más en casa, la atención al esposo y los hijos. Y también su condena histórica al ámbito doméstico.

Partiendo de esta base, observamos que hay autoras —unas menos que otras— que parecen seguir un patrón donde existe esta sensación de vulnerabilidad y de temperamento femenino usado como arma, como una manera de hablar de su mundo particular a través de los rasgos de un universo propiamente femenino.

Algunas rozan lo trágico, como Sylvia Plath (1932-1963), mientras otras pasan de puntillas, y sin apenas rozar esta teoría, como Marianne Moore (1887-1972), en cuyos poemas puede atisbarse como mucho una metáfora de lo que puede llegar a significar ser mujer para ella, todo mediante el uso de animales y sus características físicas. A través de la expresión de este mundo femenino, las autoras se reafirman como mujeres y bajo su condición de mujer poeta más su nacionalidad, etc., pero, sobre todo, su yo femenino.

Este interés personal en concebir algo así como un tema conjunto femenino surgió por la asociación de varios hechos en un transcurso de tiempo muy corto: la lectura de La grieta, de Doris Lessing, el descubrimiento del poema “Hallar una hendidura”, de la joven Ana Hidalgo (1986) y un poco más tarde la lectura de una charla de Virginia Woolf, El ángel de la casa (1931). Además de mis inquietudes feministas y el estar siempre a la búsqueda de autoras que se inscriban en ellas.

Sin duda, el texto con el discurso más potente de los tres era el libro de Doris Lessing (publicado en 2007, año en que ganó el Nobel de Literatura), donde construye una nueva prehistoria, reescribiéndola; donde empodera a las mujeres convirtiéndolas en las protagonistas principales de la historia de la humanidad. En ella conviven en la costa mujeres que no saben lo que es un hombre. Son fecundadas gracias a la luna y cuando el fruto de su vientre es un hombre lo abandonan a su suerte en unas montañas rocosas. Pero habrá un día en que las águilas, que hasta entonces los destripaban, se los lleven más allá de la costa, al bosque, donde las ciervas los amamantan y cuidan. Se creará entonces un poblado de hombres abandonados. Un día una de las mujeres, explorando, caminará hacia el bosque y descubrirá a los hombres con curiosidad. Es a partir de ese momenoto cuando comenzarán los encuentros entre ambos géneros.

Aunque se trata de una obra menor de Lessing, denostada por la crítica y de lectura algo tediosa, llama mucho la atención el tema escogido, la originalidad de la idea de la que parte y cómo se trata a lo largo de la novela. Hay en la novela algo de rabia, de querer vengarse por una historia, la real, protagonizada principalmente por hombres, donde la mujer no ha tenido lugar y ha sido siempre dejada de lado. Una redención en busca de libertad a partir de una elucubración envuelta de ciencia ficción.

Y llegó Ana Hidalgo y su poemario Hallar una hendidura (2010, Editorial Point de Llunettes). En él, la autora trabaja a partir de la poesía en prosa, de la repetición, las anáforas y de frases muy cortas, separadas siempre por comas. El poema parece agotar al lector, dándole la sensación de que le falta el aire, de que no podrá acabarlo, además de indagar sobre el lenguaje y el significado de forma exhaustiva. Leerlo repetidamente me hacía pensar, en muchas ocasiones, que ese poema acumulaba cosas hasta entonces dichas de forma sutil y que estaban latentes, pero que ahí se manifestaban de forma clara, concisa y dura. No había tragedia ni tristeza, sino un acercamiento profundo y casi anatómico a un sentimiento.

De forma totalmente distinta, y alejándome del terreno de la poesía, descubrí el texto que Virginia Woolf (1882-1941) escribió para una conferencia a un grupo de mujeres. Su título, El ángel de la casa, donde abordaba con humor, pero también con ira, el retrato de lo que significaba ser mujer para ella, como escritora. Los demonios a los que debía enfrentarse, a los que ella llamaba “el ángel de la guarda”. La mujer como un ser sacrificado a su marido y su familia, puro y callado, siempre en la sombra, y al que ella debía enfrentarse cada vez que escribe una reseña sobre el libro de un hombre, ya que para los ojos de la sociedad, ¿quién era ella, una simple mujer, para criticar la obra de un varón?

En este texto, como a lo largo de su obra, explora la autoridad patriarcal que hubo sobre todo durante el período victoriano británico. En esta conferencia, vemos los temas que interesan a la autora, sobre los que dos años antes ya había escrito en su obra cumbre feminista Un cuarto propio (1929).

¿Por qué hablo del Ángel de la casa aquí? Porque como afirma Woolf “es una experiencia que tuvieron que vivir todas las escritoras de aquellos tiempos” –y más allá de si conocían el texto o no– también las autoras futuras. Porque resume esa condena a la que está expuesta una mujer, y mucho más una escritora; porque la contribución a la historia del feminismo de Virginia Woolf fue clave para poder inscribirse en ella y porque muchas de las autoras tratadas aquí debieron leerla y tenerla en cuenta. No era para menos, en La condición intelectual de la mujer, Woolf reproduce una de las perlas en forma de pasaje que se soltaban sobre las mujeres intelectuales por la época, en esta ocasión escrita por Arnold Bennet (1867-1931):

Con la posible excepción de Emily Brontë, ninguna novelista de sexo femenino ha producido una novela que iguale las grandes novelas escritas por hombres. Ninguna mujer ha creado pinturas ni esculturas que superen la mediocridad, ni música que la supere. Tampoco ha habido ninguna mujer que se acercara ni remotamente a las cumbres de la crítica. ¿Me puede decir alguien el nombre de una filosofa famosa? ¿O el de una mujer que haya producido alguna generalización trascendental de la forma que sea? Si bien es verdad que un pequeño porcentaje de las mujeres son inteligentes como los hombres, en conjunto, la inteligencia es una especialidad masculina.

Por eso, cuando las autoras se refieren al cuerpo, al dolor, a las heridas, se remontan a la historia patriarcal, y a cómo el cerebro y el mundo de las ideas han pertenecido siempre al universo masculino. De ahí que, sin victimismo, ellas decidan hablar de lo que les ha quedado: el cuerpo, su cuerpo castigado. El cuerpo del que hablaba Charlotte Perkins (1960-1935) en su famoso cuento El papel pintado amarillo (1892) y que conformó junto a la Bertha Mason de Jane Eyre (1847) lo que en la crítica feminista se llama “las mujeres en el ático” (the madwoman in the attic). Eran condenadas a estar encerradas, debido a sus depresiones y a la conocida enfermedad del siglo XIX tildada de “histeria” por la medicina decimonónica.

Ha llovido mucho desde entonces, pero esos temas siguen ahí, las mujeres ya no son encerradas en cuartos de confinamiento y ya no necesitan reclamar un cuarto propio, se han empoderado y tienen voz, pero también un cuerpo, un cuerpo de mujer y una condición femenina, de la que no puedes evitar hablar.
 

Sobre el autor
Ha estudiado arte, comunicación y literatura. Trabaja con el vídeo y la instalación artística, además de escribir prosa, poesía y crítica. Forma parte del colectivo Nenazas. Siente predilección por la periferia y la distopía. barbarawong.info
4 total comments on this postSubmit yours
  1. Gran artículo. Un análisis profundo y alejado de visiones de género complacientes.
    Gracias

    • gracias Sonia! : )

  2. Me ha gustado, todo y ser hombre puedo entender la profundidad de tu artículo y las dificultades de ser mujer en éste mundo de hombres.

    • gracias Carles!

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