Proyecto Nocilla: Olga Martínez rememora la publicación de Nocilla Dream en Candaya (III)


Esta es la tercera y última entrega que Pliego Suelto dedica al Proyecto Nocilla de Agustín Fernández Mallo. Hemos querido finalizar esta serie volviendo a la gestación de la primera novela de la trilogía y cerrar así un pequeño círculo. Para ello hemos pedido a Olga Martínez Dasi –editora de Nocilla Dream en Candaya junto a Paco Robles, allá por 2006– que rememore la publicación de este libro seminal.

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Olga Martínez Dasi, editora en Candaya de Nocilla Dream en 2006.

La historia de Nocilla Dream en Candaya fue, ante todo, una fiesta y un milagro que empezó, premonitoriamente, en una cena que celebraba la poesía (Agustín Fernández Mallo ha repetido muchas veces que sin aliento poético el Proyecto Nocilla no tendría sentido, que en su cabeza Nocilla Dream “era como un gran poema”).

Acabábamos de presentar Unidad de lugar, del gran poeta argentino Carlos Vitale, en la librería Literanta de Palma de Mallorca (precisamente donde, en noviembre de 2006, prendería la primera llama del incendio Nocilla) y cuando preguntamos –un rito que no hemos abandonado en los casi 10 años de existencia de Candaya– qué apuestas literarias de interés se gestaban en ese momento en la isla, se produjo una insólita y extraña unanimidad (sabíamos que en la cofradía literaria que reunió aquel acto y aquella cena confluían edades, estéticas y hasta ideologías muy distintas).

Un físico gallego –que trabajaba en un búnker del hospital de Son Dureta controlando las radiaciones del cáncer y que había publicado libros de poesía de nombres tan desconcertantes como Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus había escrito un sorprendente “artefacto literario” (creo que así lo definieron) en el que esbozaba las historias de extraños personajes (outsiders, los llamó luego Agustín, con su gusto por los anglicismos) que habían colgado sus zapatos en el único álamo del desierto de Las Vegas.

Una novela fragmentaria en la que convivían Borges, digresiones sobre cibernética o la música de Fernando Alfaro y que “refleja muy bien cómo somos y qué nos interesa a los que ya estamos cansados de novelas sobre el dolor de la Guerra Civil y los traumas de la  posguerra”, dijo alguien, iniciando así un debate que se repetiría constantemente a lo largo del frenético itinerario nocillero del “escritor radiactivo” (así llamó Xavi Ayén a Fernández Mallo en una memorable entrevista de enero de 2007, en la que lo convirtió casi en un personaje de ficción, digno de sumarse a los de su novela). Como era de esperar, no podía faltar el eterno lamento por la esclerosis de nuestra industria editorial: esa novela “diferente” había sido rechazada por una larga lista de conocidas editoriales.

Recuerdo que empezamos a leer el manuscrito de Nocilla Dream con muchísima curiosidad y una cierta prevención, pues a nosotros nos seguían y nos siguen interesando las novelas de la posguerra (sobre todo si demuestran tanta audacia como la de Isaac Rosa en El vano ayer) o de la Guerra Civil (si se aborda con la gamberra honestidad de La estrategia del koala de David Roas, que acabamos de publicar en Candaya).

Bastó, sin embargo, llegar a la segunda página –y encontrarnos con la historia del exboxeador que se propuso repetir la hazaña de Cristóbal Colón en sentido contrario– para que nuestras dudas se disiparan de inmediato. Leímos, con admiración creciente, el manuscrito de un tirón. Las discusiones, entre Paco Robles y yo, fueron luego interminables y gozosas. En esta ocasión, sin embargo, estuvimos radicalmente de acuerdo en algo. Lo que hacía relevante a esta novela no era sólo que apostaba con riesgo, naturalidad e irreverencia por una nueva manera de contar (lo que luego se ha definido con tantos rodeos y nombres como estética de blog, metafísica del píxel, novela zapping, sampler, narrativa pospoética, etc.), sino que con estas nuevas formas conseguía apresar algo muy esencial del presente.

Todo ese desamparo que sentimos, ahora que nos hemos quedado huérfanos de casi todo, se proyectaba, de manera muy tamizada y hermosa, en esos personajes frágiles que habitan los desiertos de Nocilla Dream, en esos seres ensimismados y solitarios que rozan los límites de la marginalidad y que, como Agustín ha dicho alguna vez, protagonizan sin saberlo vidas intensamente poéticas.

El gran crítico venezolano Nelson Rivera, director de El Papel Literario de El Nacional de Caracas, lo definió muy bien: “Nocilla Dream, en su a la vez compacto y abierto ensamble, contiene la pregunta secreta y casi silenciosa por el destino de la civilización. En eso consiste su irrepetible maravilla, su estupenda perplejidad”.

Lo que siguió fue, como dije, la explosión de una fiesta, de una fiesta casi iniciática (sentíamos que estábamos compartiendo un descubrimiento) en la que confluyeron los más contagiosos entusiasmos: el de Agustín, el nuestro, el de destacados críticos y periodistas culturales (Juan Antonio Masoliver Ródenas, Jorge Carrión, J. M. Pozuelo Yvancos, Nuria Azancot, Xavier Ayén, Elena Hevia, David Torres, Lluis Satorra, Gabi Martínez, Javier Ors, Manuel Vilas, etc.), el de multitud de publicaciones generalistas o especializadas (desde Marie Claire y Vogue a Ronda Iberia o RockdeLux), el de los blogueros y el de legiones de lectores anónimos que iniciaron un imparable fenómeno de boca a oreja.

Pronto, Nocilla Dream fue elegida como la novela más destacada en lengua castellana del año 2006 por las revistas Qué Leer y Quimera, que también la consideró la cuarta mejor novela de la década. El Cultural la incluyó entre los 10 libros más importantes de 2006 y Sergio Vila-Sanjuán llegó a afirmar en Culturas que los dos grandes acontecimientos literarios del año 2007 fueron “la edición conmemorativa de Cien años de soledad y la revolución que significó la publicación de Nocilla Dream“.

Y la vertiginosa fiesta rápidamente se convirtió en milagro: 7 ediciones, casi 30.000 ejemplares vendidos, traducciones a 7 lenguas y el orgullo íntimo de haber publicado, en Candaya, una novela que se convertiría en el emblema de un movimiento de renovación literaria –al que algunos críticos llamaron Generación Nocilla– y al que se vinculó a voces tan valiosas como las de Jorge Carrión, Gabi Martínez, Domenico Chiappe, Mario Cuenca Sandoval, Vicente Luis Mora, Kiko Amat, Manuel Vilas, Robert Juan Cantavella, Eloy Fernández Porta o Milo Krmpotic, entre otros.

Alguien, en Venezuela, lo llamó “la hazaña de David”, claro que allí son siempre muy exagerados y nos quieren mucho.

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