Juan Soto Ivars: “Pensaba que porque salgo por la tele mucha gente iba a comprar mis libros, pero no es así”

Detalle cubierta «Crímenes del futuro», Juan Soto Ivars.
Fotografía: Manuel Gausa, Somorrostro, Barcelona, 1958

 
¿Y si la España de las próximas décadas se pareciera a la España de la posguerra y la población estuviera a merced del hambre y de las enfermedades? Este es el escenario que retrata Juan Soto Ivars (Murcia, 1985) en su novela Crímenes del futuro (Candaya, 2018). En diálogo con Pliego Suelto, Soto Ivars advierte de los peligros del populismo, del neoliberalismo y de la corrupción. Además, reflexiona sobre el relativismo, Internet, periodismo, corrección política y la desmemoria histórica. Soto Ivars es autor de los ensayos, Nadie se va a reír (Debate, 2022), La casa del ahorcado (Debate, 2021), Arden las redes (Debate, 2017) y Un abuelo rojo y otro abuelo facha (Círculo de Tiza, 2016), y la biografía Knut Hamsun: El autor y las quimeras (2022), entre otros títulos.

[Leer un fragmento de Crímenes del futuro]

En las últimas temporadas, la ficción distópica se ha abierto paso en el panorama español (Menéndez Salmón, Loriga, Barba, Carmona, Sánchez Aguilar). ¿A qué atribuyes este auge?

La distopía es muy propia de los tiempos de crisis, cuando hay incertidumbre sobre el futuro. Muchos escritores empiezan hoy a imaginarse el peor de los escenarios y de allí surge. También va asociada a transformaciones muy profundas, por ejemplo, tenemos las distopías de Black Mirror con los cambios tecnológicos o 1984 (George Orwell) con la Guerra Fría y el estalinismo.

En España, creo que se están haciendo cosas muy interesantes. De hecho, nos ha dado por la distopía casi siempre. Hay “obras menores” de autores mayores, que tiraron por ese camino: una de mis novelas favoritas es La parábola del náufrago (1969), de Miguel Delibes, donde nos encontramos con una realidad alternativa caciquil, una especie de pesadilla kafkiana, que le sucede a un empleado.

En España, la distopía es un maridaje entre Kafka y la ciencia ficción. Aquí la narrativa que está siempre de moda no es la fantasiosa, sino el realismo y el romanticismo. La fantasía nunca ha sido nuestra literatura fuerte, como en Latinoamérica. Creo que la distopía está menospreciada en España, pero muchos autores en algún momento tiran de ella, porque sirve para responder a muchas preguntas sobre el presente y el futuro.

Da la impresión de que Crímenes del futuro es una historia de un pasado lejano contado por personas mayores a unos niños y adolescentes.

En la novela, el pasado es una distopía porque no existen consensos sobre lo que ocurrió. Casi todas las distopías –salvo las futuristas que nos dicen “Estamos en el espacio”– tienen elementos del pasado. La sociedad que imaginan los escritores retrocede en algún momento. Por ejemplo, en Un mundo feliz existe un retroceso hacia una sociedad de castas.

En un fragmento leemos: “La corrupción de los partidos políticos había destruido la antigua sociedad del bienestar […] Las empresas multinacionales se sintieron amenazadas por la fuerza de la democracia, corrompieron a los partidos y convencieron a los líderes a suicidarse […] La gloria de la sociedad democrática, que era la libertad, terminó significando su sentencia de muerte”. ¿Estamos ante una proyección realista?

Claro, pero eso también es el pasado. Sabemos cómo surge el pozo de donde brota el hongo venenoso del nazismo. Y sabemos cómo se va al garete el Imperio Romano. Son oleadas de corrupciones y ampliaciones de la distancia entre la institución y la élite, por un lado, y la gente común, por el otro. En este momento, parece que estamos agrandando esa distancia. Y no me parece descabellado pensar que en un futuro próximo esto, que pensábamos sólido, haya desaparecido.

De hecho, las opciones populistas de extrema derecha, que han surgido en toda Europa, se alimentan de destruir a las instituciones, aprovechando la corrupción. Es lo de siempre. Hay una novela de Stephen King (La danza de la muerte), donde una pandemia mata al 99,9 % de la población y las pocas personas que sobreviven, se dispersan y forman una nueva sociedad desde cero. Después empiezan a cometer los mismos errores, a pesar de que saben todo lo que ha fallado en la sociedad anterior. Son incapaces de hacerlo mejor. Esto es lo que nos pasa por olvidar la Historia.

En este sentido, en tu novela se aprecia la degradación de la memoria histórica…

Los jóvenes revolucionarios (los Decapitados) tienen como arcadia la democracia liberal capitalista, pero no saben lo que fue. Han idealizado lo mejor de esta sociedad, que ahora estamos abandonando…Insisto, no me parece descabellado, porque si seguimos hacia abajo, en el futuro, habrá un tiempo en que se recuerde (incluso esta época de crisis) como un lujo asiático: “¿cómo?”, “¿teníais hospitales?”, “¿teníais libertad de expresión?”, “¿podíais decir lo que queríais?”. Lo de la sociedad del bienestar parecerá una mentira.

Llama la atención el tratamiento de la ironía. Un ejemplo, las calles de Madrid DF se llaman Presidente Aznar, Christine Lagarde, Daniel Lacalle, etc.

Foto: Emilio Barrionuevo

No quería hacer una novela donde se cuente exactamente lo que pasó. La idea era dejar pistas: Christine Lagarde (la ex directora del FMI) y Daniel Lacalle (un economista neoliberal absolutamente fanático).

¿Sabes cuál es una de las cosas que me disgusta de la ciencia ficción y de las distopías? El planteamiento del escenario y del tiempo están bien explicados (el escritor te cuenta qué pasó, por ejemplo, la bomba atómica). Pero, los personajes pierden peso y son más planos.

Pues, aquí quería hacer lo contrario, que a través de la vida de los personajes se pudiera averiguar fácilmente lo que aconteció, en detalles como el nombre de la calle donde vive Julia (una de las protagonistas junto a Margarita y Pálida). Había que dejar algunos tropos que remitieran al presente y a las causas del desastre.

Julia es la única que lee, en un pueblo donde los libros tienen otra función…

De niña prodigio en una aldea, Julia pasa a ser una mujer normal, vieja y desaprovechada en Madrid DF. Si lo pienso en abstracto, lo que más me martiriza de la pobreza es el talento que se desaprovecha. Ella es una persona malograda, como mi abuela, que era una niña de la guerra y de la posguerra, y nunca tuvo una oportunidad.

En la novela, ya nadie lee y los libros se aprovechan como leña y combustible. Esto se me ocurrió cuando conocí a unos ecologistas que hablaban del papel. Pensé que iban a decir que “lo del papel está mal porque significaba talar árboles”. Pues no. Decían que una biblioteca es un depósito de carbono, que no se tira a la atmósfera. Es decir, una biblioteca también salva al medio ambiente. Me pareció una idea preciosa.

La foto de la cubierta del libro remite a una situación de crisis y pobreza aguda…

Sí, es la misma situación que había en la posguerra española. La foto estaba en el corcho de mi despacho y la veía mientras escribía la novela…Y, si te das cuenta, podría ser el fotograma de una película futurista posapocalíptica, pero es Barcelona de finales de los 50 (la playa de Somorrostro, entre la Vila Olímpica y Bogatell de hoy).

Mira esa chimenea abandonada, la mirada triste de la niña y su pelo, puede tener 12 años, pero parece una persona mayor. El autor es Manel Gausa, un tipo que se fue a las barracas e hizo un sinfín de fotos como esta y después publicó un libro (Somorrostro/crónica visual de un barrio olvidado, Liniazero Edicions, 2013).

En el libro se observa también la erosión semántica de “democracia”. Además, pones de relieve a los personajes y sus acciones, más que a los avances tecnológicos.

En la tercera parte de la novela, después de una guerra, esa sociedad se reconstruye, y pasa de una dictadura a una transición. Los personajes piensan que la democracia es una panacea, para ellos no es elegir un representante, sino un tiempo nuevo, en el que todo será posible, y que ellos mismos han construido desde las ruinas.

Respecto a la tecnología, no me interesa cómo va a ser en el futuro, sino quién va a poder utilizarla y quién no. En el libro, se sugiere que los ricos sí la usan, pero apenas aparecen, y los personajes principales no tienen acceso. La tecnología no se ve porque no forma parte de la narración.

¿El nombre del libro tiene relación con Knut Hamsun?

Sí, Hamsun es mi escritor favorito, y Hambre (1890) es la primera novela que leí, de allí extraje esta frase («crímenes del futuro»). Cuando leí a este autor noruego, decidí escribir una novela (tenía 18 años y antes había hecho algunos cuentos y poemas). No sabía que con una novela se podía dar un puñetazo de esa magnitud en la cara del lector. En todos mis libros hay dos o tres frases recogidas de Hamsun, algunas incluso están escondidas.

En Crímenes del futuro se aprecia el tránsito de la civilización a la barbarie y la apelación a los sentidos primarios. Como el caso de Margarita y Héctor, perdidos en una isla desierta tras una sesión de fotos.

Ellos naufragan sin montar en un barco (llegaron en helicóptero). Lo que ocurre en el continente (la guerra) se transmite a la isla. Él representa a la sociedad y ella a la revolución (“se convierte en mono” y se transforma). Ella es la naturaleza y la revolución, que es una apertura de las compuertas que liberan la energía primitiva y salvaje, para volver a empezar de cero y coger otro camino.

Más allá de la novela, en los últimos años, tu imagen pública se ha ampliado a través de tu presencia en medios masivos (redes sociales, prensa escrita y televisión). ¿Cómo lo asumes?

Cada vez me gusta menos porque no tienes control sobre la opinión pública y todo se malinterpreta. Muchas veces dicen que tú has dicho cosas que no has dicho. Mi vida íntima (que no la comparto en ningún sitio) va por una parte y mi vida mediática por otra. No hay trasvase y es como tener dos vidas paralelas. La verdad, es que estoy un poco harto de la faceta mediática. Incluso pensaba que porque salgo por la tele, mucha gente iba a comprar mis libros, pero no es así.

Hablando de los medios, ¿estamos ante la agonía o muerte del periodismo?

Se ha muerto, la verdad. El relativismo la ha matado y considera que todas las opiniones son respetables. Pero no, no todas son respetables. ¡Ni de coña! Y no son argumentos las falacias, sobre todo las del tipo ad hominem (“si lo dice este, entonces no es cierto)” o ex populo (“como todo el mundo sabe”).

Y si hablamos de la posverdad, lo que hay debajo es el relativismo y mata no solo al periodismo (que es una víctima colateral), sino especialmente a las relaciones de la sociedad. ¿Y por qué? Porque no hay consensos. Ni siquiera estamos hablando en el mismo idioma. Te puedes entender antes con un polaco (que piensa como tú), que con un español que no piensa como tú. ¡Eso es terrible!

En tu ensayo Arden las redes haces hincapié en el término poscensura. ¿Qué es?

En un mundo relativista vivimos en burbujas, y en ellas hay un control férreo de las opiniones: “Si tú eres de mi burbuja y yo soy de tu burbuja, tú vas a controlar lo que yo diga y yo lo que digas tú”. Entonces, la poscensura es un clima de miedo y desconfianza mutua, en el que los propios ciudadanos hacen de censores de sus semejantes.

No será el Estado quien nos diga lo que se puede decir o no. Será la gente que piensa como tú o más o menos como tú. Y si traspasas un tabú, irán a por ti, como si fueras un traidor, y te harán un linchamiento continuamente en las redes sociales…

¿A qué factores atribuyes este fenómeno?  

Creo que es una mezcla de cuatro factores: En primer lugar, la caída de la credibilidad de la prensa (cayó la verdad y ya nos sabemos lo que es). Entonces, las opiniones son nuestro refugio. En segundo lugar, las redes sociales: todo el mundo tiene el mismo altavoz y una persona que no tiene la más mínima capacidad argumentativa, puede convertirse en “un comunicador de éxito”. En tercer lugar, tenemos una guerra cultural, ideológicamente estamos más divididos que en los últimos treinta años.

Y, en cuarto lugar, la ola de puritanismo y calvinismo moral que llaman corrección política y viene del mundo anglosajón. Es el creer que una palabra es como un conjuro que hace daño. Y si tú no puedes decir todas las palabras: ¡Es el fin de la libertad de expresión! Los europeos que fueron a América llevaron la gripe y los norteamericanos hay traído aquí la corrección política, y no sé qué es peor.

Finalmente, y pasando a otro tema. Una curiosidad: ¿qué tiene Murcia para haberse convertido en una cantera de escritores emergentes?

Creo que tengo la respuesta: ABURRIMIENTO. Cuando yo era pequeño, mi pueblo (Alcantarilla) tenía 45 mil habitantes y ahí no había ni cine ni librería. ¿Distracciones? Pues, montar en moto, comer pipas, ver el fútbol, tirar piedras. (Risas). En Murcia, una persona mínimamente sensible se encerraba, leía, escribía. Y eso ha pasado con los escritores locales.

Pregunta a cualquiera de ellos (a Leonardo Cano, a Miguel Ángel Hernández a Ginés Sánchez) cómo ha sido su infancia. Te dirán que ha sido aburrida, porque no había nada que hacer. Por eso, ahí salen tantos escritores. Pero, ahora que en Murcia hay tantas cosas (cines, entretenimientos, Internet, etc.) y ya es un sitio normal, me parece que empezará a haber menos escritores.

Gracias, Juan.
 

Sobre el autor
Sobreviviente, Lic. en Filología Hispánica y Máster en ELE (Universitat de Barcelona), sujeto migrante. Ejerce actividades humanísticas en vías de obsolescencia programada: la docencia (castellano, catalán y literatura) y el periodismo independiente (codirector-fundador de «Pliego Suelto»). Mientras, desarrolla técnicas de sobrevivencia, cree en la utopía de disfrutar del amor, de la comida, de los libros, del viaje, de la cerveza, del vino, y de las conversaciones (presenciales) y fraternas.
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