A través del siguiente artículo, nuestro colaborador Christian Jiménez Kanahuaty reflexiona paralelamente sobre las dos novelas clave de Luis Martín-Santos (1924-1964): Tiempo de silencio (1961) y Tiempo de destrucción (1975), la cual cumple 50 años desde su publicación y cuya vigencia creativa queda plasmada en la reciente película Tiempo de silencio y destrucción, de Joan López Lloret, presentada en la edición del Festival de Cine de San Sebastián 2024, año del centenario del nacimiento de Martín-Santos.
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La primera vez que escuché hablar de Luis Martín-Santos fue de labios de Antonio Muñoz Molina, la segunda a través de una exposición de Alejandro Gándara y la última, también de boca de Andreu Jaume. A ninguno los he visto en vivo. Con ninguno he conversado. Solo me llegan a través de YouTube. Pero espero algún día, pronto, conocerlos. Hablar con ellos.
Sin embargo, la ferocidad con la que defendían la obra de Martín-Santos me pareció más que suficiente para reparar en el nombre y no olvidarlo. Y eso que los tres hombres citados son en extremo diferentes entre ellos. Y por ello, la pregunta que nace por acuerdo de circunstancia es simple:
¿Cómo un escritor como Luis Martín-Santos puede llegar a gustar a tres personalidades del mundo intelectual y literario español tan distintas entre sí?
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La respuesta es sencilla: Martín-Santos es una suerte de padre renovador de la novela española de la segunda mitad del siglo XX.
Tiempo de silencio salió publicada en 1961, y tras su muerte, en una edición anotada y prologada por José-Carlos Mainer, se presentó Tiempo de destrucción, en 1975.
Eso quiere decir que esta segunda novela cumple 50 años este 2025, y ese debería ser ya motivo suficiente para reorganizar el canon español y generar conferencias, simposios, encuentros y certámenes alrededor de este acontecimiento que alumbra la prosa en español hasta el día de hoy.
Y es que se podrá decir que Los dominios del lobo, de Javier Marías; o La asesina ilustrada, de Enrique Vila-Matas; incluso, El jarama, de Rafael Sanchéz Ferlosio; o Volverás a región, de Juan Benet tienen la misma impronta: renovar las letras y el campo literario español, modernizarlos, superando una prosa anclada en el estereotipo, en la mirada bucólica del paisaje y la reconstrucción constante del paisanaje. Pero es que aquello estaba ya también prefigurado en Las afueras, de Luis Goytisolo.
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Para poner las cuestiones en su sitio, hay que reconocer que Martín-Santos renueva la prosa en un sentido muy claro y que tiene que ver con el estilo, que une tanto, en su primer momento, la herencia discursiva del Joyce del Ulises con la sintomatología ambientada en los estudios de la personalidad desarrollados por Jung, Freud y Piaget.
“Quiera que esta combinación no sea nociva para la literatura”, pudo ser el grito de guerra del endiablado proceso de escritura de Tiempo de silencio, donde se conjugan y combinan a partes iguales el fluir de la consciencia con los procesos de asociación libre; los dilemas del amor romántico y el placer romántico de la imaginación; la búsqueda de una virtud más allá de la sensual y la clandestinidad de generar afectos y uniones donde solo prima el destino material; la necesidad científica de probar algo improbable y dar rienda suelta a una exploración analítica, para demostrar con ello que en la novela del presente, cabe todo el conocimiento del pasado.
Quien desee ver una novela con trama en Tiempo de silencio quedará insatisfecho, pero quien busque una experiencia cercana al metafísico problema del otro, se sentirá plenamente satisfecho, aunque asaltado por nuevas preguntas. Porque lo que se lee podría ser propio de un ensayo o de un artículo académico, si bien caben en la novela, ya que Martín-Santos, contrario a Marías, Benet, Ferlosio, Goytisolo, e incluso al propio Vila-Matas, funda su prosa en una duda: la duda de no entender muy bien el destino de sus personajes. Para que sean estos los que transcurridos los tiempos narrativos, se enfrenten a todas las condiciones sociales, políticas, sensuales y científicas que el autor les pone delante.
Son personajes y son actores. El drama está en su evolución. La evolución de la novela es que pasa de ser una novela de ideas, que deben ser expuestas, a una novela de iniciación –donde el personaje aprende tanto del mundo exterior como de su mundo interior a medida que se encuentra en duda frente al derrotero de su vida profesional y familiar–, para terminar siendo una novela total, pero no total como las del bum latinoamericano, sino que es total por acumulación.
No la totalidad sobre un tema, sino la totalidad porque acumula todo el conocimiento disponible.
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La prosa, por su parte, está al servicio de esta búsqueda. Lo que se puede decir, sentir, ver y pensar es parte del efecto de distorsión que Martín-Santos imprime en su escritura. Una escritura que parece estar hecha de fragmentos –que anticipan la posmodernidad y la denuncian–, pero que, al mismo tiempo, convergen hacia un destino indefinido. La novela termina, sí, pero es posible que lo suyo no sea sino dar cabida a un primer movimiento.
El movimiento –como el de una partitura de alguna sinfonía perdida en el tiempo remoto, de lo que pudo ser y no será jamás– marca el estilo roto, ambiguo, recursivo, pero siempre plástico de Martín-Santos. Porque la plasticidad que dota a las palabras es señal de una mente que no está conforme con lo que ellas dicen, y desea hacerles enunciar aquello que no quieren.
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Todo esto se radicaliza en Tiempo de destrucción, donde el lenguaje es el protagonista de una vida que también parece emular la biografía del propio autor. Una novela sentimental, en el sentido de un ajuste de cuentas con el propio proceso de formación de una identidad. Aunque también podríamos verla como una suerte de interrogante, más práctico, sobre el ser que es derivado de un nuevo cuestionamiento.
Una duda metodológica, por así decirlo, y que implica pensar en una posibilidad.
Si después de tanto afán, el hombre se pone a pensarse y examinar su vida, y decide que no fue la vida deseada, y que mucho de su ser no le conviene, ¿qué queda? Si es capaz de ir más allá de toda crítica y de todo prejuicio, y rompe consigo mismo y se expurga las taras y los vicios románticos, ¿qué le queda para el día de mañana? Nada.
Lo suyo es la filosofía del ser y la nada como un viaje emocional al centro mismo de una identidad que se rompe en cada circunstancia, porque en cada momento desea ser querido, aceptado, integrado. Pero no lo logra, ya que lo suyo no es ser parte, su gran victoria es estar por fuera: “Alejarse del mundo para entenderlo mejor”. Así es como se podría inscribir su epitafio.
Desde el inicio, en Tiempo de destrucción todo está destinado a la ruina. Las palabras partidas evocan la poesía de Paul Celan, y nos preguntamos cómo entonces la guerra atraviesa el lenguaje para moldearlo y, en lugar de limpiarlo, lo que se hace es más bien usarlo como espejo. El lenguaje está roto porque roto está el ser y la sociedad que lo contiene.
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Roto (partido en dos) también está el mundo que articula la novela, porque unas veces parece centrarse en las acciones y otras en las interpretaciones, pensamientos y anotaciones que aquellas evocan.
Y roto también él, como personaje, como autor, que dividido, moldea su escritura para que en ambos registros (el de la acción y el del pensamiento) el lector pueda entender qué pasa en verdad en el interior de esa historia, que parece ser otra faceta de un amor no correspondido, y que opera también como poder en el sentido más concreto: imprimir una fuerza tal sobre un hombre o una mujer que, a la larga, hagan aquello que no desean hacer, pero que se ven obligados para librarse del sometimiento.
Pero ni siquiera al cumplir aquel designio, que por obligación asumen, se ven libres, porque saben que sus acciones, aunque realizadas por la maquinación de un tercero, también –internamente y en secreto– son la suyas.
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Secreto que es constitutivo de la prosa de Martín-Santos, dado que lo que hace no es que no tenga precedentes, sino que tampoco goza de continuadores. Su prosa guarda un secreto de estilo que todavía debe ser destilado, para ser anunciado y propagado. Aunque quizás sea mejor que no ocurra algo así.
No se necesitan imitadores de Martín-Santos, pero sí urge que vuelvan a la vida sus lectores, que se revisiten sus libros y que se guarde un dilatado tiempo para leerlas. No es fácil ingresar en ellas, porque es como habitar otro mundo, espiritual y material, y aprender un nuevo fraseo del castellano, que modulado también en su interior incorpora reminiscencias nobles y arcaicas, y en otros pasajes, capítulos y párrafos, se vuelve tan actualizado como el presente del español que se habla en la calle.
Pocos escritores han hecho tanto con tan poco. Dos novelas no es mucho para armar una constelación de ideas ni una tradición, pero este caso es diferente. No tiene herederos visibles. Tampoco ha creado a sus precursores, como diría Borges, pero sí ha logrado convertirse él mismo por sí solo y con dos novelas en una inagotable e impactante literatura.
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Tiempo de silencio también es un crudo ajuste de cuentas con un pasado político, que sin enunciarse por completo ronda la novela, mientras que, en esa vena social, Tiempo de destrucción es la devastación. Es el límite desde donde todo puede volver a comenzar. Un momento de resolución. Un instante que dura una eternidad, porque cifra la vieja sentencia: estamos presentes en medio de aquello que es viejo y no termina de morir, esperando a lo nuevo que no termina de nacer.
Y por ello, ambas novelas son nuestro díptico del presente. Ciencia y cultura, identidad y pasión, desolación y evocación. Todos los binarios opuestos tienen sentido si se los integra, no para resolverlo y quedarse con alguno, sino para convivir con ellos. Y ahí quizá haya una clave de lectura.
Martín-Santos es, en este sentido, heredero del Cervantes creador de Don Quijote. Hace de la novela, lo que del mundo desea hacer Alonso Quijano. Y encuentra en su empresa que nada está totalmente libre de culpa o pecado ni de razón y verdad. Y sí, “detrás de la cruz, está el diablo”. Y es por eso que, toda vez que la novela se ejecuta desde las manos de un escritor, lo que se puede hacer es fundar un mundo o cantar sobre el mundo que se acaba.
Lo llamativo y subrayable del caso Martín-Santos es que él hace ambas cosas en solo dos novelas.
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Tesis: Todo se puede conforme a la experiencia y la razón –Tiempo de silencio–. Antítesis: Todo se puede conforme a la pasión y la vida conyugal, fundada en una suerte de amor intolerante al exterior –Tiempo de destrucción–.
Con todo, como bien anuncian sus títulos, lo suyo en verdad es el tiempo. El tiempo histórico que se vive tanto objetivamente como subjetivamente. Ambas facetas del tiempo como experiencia vital son asumidas por cada uno de los protagonistas de las novelas en cuestión.
El tiempo es como una espuma que flota en sus novelas, porque ambas se acercan peligrosamente a lo real, dado que lo real tampoco goza de conclusión, sino con la muerte, y es ferozmente complejo que Martín-Santos haya muerto sin ver publicada Tiempo de destrucción.
Su propia vida parece cifrar su modo de entender la literatura y de hacer novelas.
Lo suyo fue literaturizar la existencia para demostrar a los lectores que la novela es el artefacto moderno a través del cual el hombre puede pensarse a sí mismo, pero eso siempre y cuando la novela contenga en su interior la totalidad de experiencias que el mundo es capaz de darle a manos llenas.
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Para finalizar, queda la certeza que Martín-Santos funda un modo de hacer novela en español que se asemeja más a una larga conversación, donde asaltan a cada página conversaciones, evocaciones, mitos, chismes, lecturas, ideas, anécdotas, datos empíricos, científicos… Todos ellos mediados por una serie de imaginarios individuales que miran cada cosa desde su propia experiencia.
Son novelas de la incapacidad de comunicar algo realmente. Todo está teñido de ambigüedad, y esa es una virtud. Porque en un mundo donde aparece imperioso conocer todo a fondo y con certeza absoluta, él nos entrega lo inestable, lo movedizo, lo poroso. Y ese acto es un acto valiente, porque sus novelas acaban donde tienen que acabar, pero su estructura hace pensar que podrían acabar en cualquier parte, porque todas las secciones son, en cierto modo, autoconclusivas sobre un problema planteado.
Gracias a Martín-Santos el artefacto novela se enriquece y amplía. Y se convierte en una sala de juegos, investigación y reescritura. Lejos está de las novelas del presente que han vuelto a regirse por el precepto de principio-nudo-desenlace.
Aquí, con este escritor, todo sucede al mismo tiempo.













