Amaury Colmenares: “Cada parte de esta novela es un afluente que al final alimenta un mismo hecho”

Detalle cubierta «Acequia», de Amaury Colmenares. Las afueras, 2024

 
Dialogamos con Amaury Colmenares (Ciudad de México, 1986) –escritor, docente e historiador– acerca de Acequia (Las afueras, 2024). La novela está ambientada en la ciudad de Cuernavaca y en ella los personajes cruzan de lo fantástico a lo real de una manera natural. Lo sobrenatural se convierte en cotidiano y lo cotidiano en sobrenatural. Recientemente Acequia ganó el I Premio Hispanoamericano de Narrativa Las Yubartas (2024). Colmenares es también autor de la novela Grimorio (2019) y los libros de relatos La furia y los tormentos (Lengua de Diablo, 2016) y El Misterio de la Marca (Ediciones Simiente, 2015).

El humor está presente en la novela. Y, al mismo tiempo, hay un narrador que explica y reflexiona sobre ello de una manera seria, casi dolorosa y amenazante. ¿De dónde viene tu interés por el humor y la idea de desarrollarlo desde esa perspectiva?

El humor es una forma de hallar lo esencial. La frase “es gracioso porque es verdad” viene de ahí, de que el humor, como otras disciplinas del pensamiento y del arte, es una vía para descubrir la esencia de las cosas o, al menos, aspectos esenciales de las cosas.

Amaury Colmenares, escritor

No es, contrario a lo que podría parecer, un optimismo burdo. Es, de hecho, una forma de realismo. Porque, que algo dé risa no significa que sea bueno o placentero. Es un cliché eso de que la gente de México se ríe de todo, hasta de la muerte. Es cierto, pero no es una risa superflua de locura, sino el signo de una capacidad de entender la muerte de cierta manera.

Podemos hallar lo amable y lo gracioso incluso en la muerte. Pero es muy diferente encontrarle lo gracioso a algo que imponérselo. Esa sería la diferencia entre una broma y la burla: cuando bromeas es porque encontraste ese pedacito gracioso de algo y lo muestras, y se ríe al respecto en comunidad. En cambio, cuando te burlas, lo que estás haciendo es lo contrario, estás lanzando dardos a algo para degradarlo y convertirlo, entonces, en objeto ridículo que mueva a la risa.

A pesar del humor en varios pasajes de la novela, genera en el lector una sensación melancólica. ¿Es un aspecto que está en ti como escritor o es una característica propia de Acequia?

Empecé a escribir Acequia en la temporada álgida de la crisis de inseguridad producto del narcotráfico y la guerra del Estado contra los cárteles. El 16 de diciembre de 2009 fue un momento coyuntural para la ciudad porque ese día abatieron a uno de los capos más importantes del país mediante un despliegue nunca antes visto de artilugios de guerra, helicópteros incluidos. A partir de ahí, nos tocó conocer en persona al narco. Cien años antes, durante la Revolución, Cuernavaca fue un pueblo fantasma durante una larga temporada, cuando las tropas zapatistas se enfrentaron contra los federales.

Me tocó atestiguar la desaparición de la ciudad que existió entre esos dos momentos de suma violencia.

Ahora hay otra ciudad. Me gusta. Pero así como conocer mucho a una persona implica necesariamente descubrir sus partes más oscuras, explorar una ciudad te enfrenta también con sus recovecos macabros. Este conocimiento, mientras más total es, más te lleva al amor, pero también implica mantener el contacto con aspectos desagradables.

En mi novela quiero recrear esta experiencia vital radical, y por eso acompañar al grupo de personajes puede provocar la misma sensación: hay melancolía porque no se presentan únicamente los aspectos luminosos, sino también sus defectos. Alguien que ríe y que también llora es alguien que ha alcanzando la plenitud porque puede experimentar el rango completo de emociones humanas.

En ese sentido, así como la risa no necesariamente es positiva, la melancolía no es tampoco necesariamente negativa. Es como uno de los sabores que tanto nos gustan en México: algo que pica y que es dulce al mismo tiempo. Chile con azúcar.

En el libro, los personajes cruzan de lo fantástico a lo real de una manera natural, mezclas la tradición con lo actual: creencias religiosas, el márquetin, los algoritmos e historias sin explicación. ¿Consideras que esta es la tendencia a la que apunta tu literatura o es parte del proceso de experimentación?

No solo es la tendencia a la que apunta mi literatura, sino que es la manera en la que concibo y vivo el mundo. Lo cotidiano alberga enormes porciones sobrenaturales. No hay nada natural ni realista en, por ejemplo, los augurios que produce la data que las grandes corporaciones digitales venden y analizan para sacar provecho de “las masas”.

Es una especie de ruta de acceso perversa al inconsciente colectivo junguiano o al ánima mundi como la entiende Patrick Harpur. Aunque esto tiene sólidos y muy definidos principios informáticos y estadísticos, lleva también una amplia carga mística porque es ya demasiado abstracto, pero al mismo tiempo demasiado efectivo.

Me parece que la gente de ordinario quiere vivir su vida en la ilusión de las definiciones únicas y sólidas, pero la verdad es que vivimos una realidad muy distinta a la ofrecida por la definición tradicional del diccionario.

El grueso de la población vive drogado, fantaseando, concentrando su atención en una pantalla de 15 centímetros de largo. Me da mucha risa cuando gente así luego viene y te dice que solo cree en la ciencia. Me gusta explorar en mis obras esas zonas en las que se cruzan diversos ámbitos de la experiencia humana cotidiana.

La ciudad de Cuernavaca es el escenario que acoge y expulsa a los personajes en la novela, como un ser que late bajo ellos. ¿Primero nace la intención de narrar a los personajes o de describir la ciudad?

Definitivamente primero escribí sobre los personajes y, después, sobre la ciudad. Me tomó mucho tiempo poder describir Cuernavaca, recrearla de manera literaria, porque es una ciudad muy compleja sobre la que es muy fácil decir algunas cosas obvias, pero sus aspectos más interesantes son elusivos a la palabra. Desde el punto de vista narrativo, todas las historias de los personajes ocurrían en Cuernavaca desde el principio porque son representativos de la clase de gente que habita esta ciudad de población heteróclita.

En una porción muy pequeña de tierra, atestada además de abismos, han convivido pachás, activistas, criminales famosos, indígenas, expresidentes, divas del cine, migrantes, artistas célebres y paupérrimos, y personas muy relevantes para la vida nacional e internacional que tienen en común el paso por las albercas y las fiestas en los jardines. Esto ha provocado una dinámica muy particular, que es la que pretendo evocar en la novela. Por tanto, aunque los personajes se me ocurrieron primero, ya venían como habitantes de la ciudad.

Los personajes y sus historias aparecen como retazos que se intercalan con naturalidad hasta enlazarse como en un embudo que los filtra, lo que crea un ritmo muy dinámico. ¿Cómo planteaste esta estructura?

Conforme fueron surgiendo los personajes y sus historias, a partir de notas y observaciones muy dispares, fui siguiendo el rastro por separado hasta que comencé a notar los puntos de contacto. Y, entonces, se me ocurrió que aquellas historias corrían en paralelo y se alimentaban unas a otras. Pero me gustó que las relaciones fueran lo suficientemente ambiguas como para provocar la imaginación y la deducción en la lectura.

Yo quería que los fragmentos fueran independientes pero que al mismo tiempo alimentaran un flujo general que hacia el final de la novela resultara ya evidente. De ahí la propuesta conceptual de las acequias, que son canalitos de riego muy discretos cuyo flujo nutre con la misma agua todo un campo.

Cada parte de esta novela es un afluente que al final alimenta un mismo hecho, pero no diré cuál por si alguien quiere leerla.

Los personajes son diversos: el abogado que lee en los descansos de un trabajo que lo abruma, las editoras ambiciosas, el niño que no muere y que crece a través del tiempo, el guía turístico que inventa, el humorista desaparecido que ya no tiene humor, incluso la virgen gigante que llega por partes. Todos parecen incompletos, insatisfechos ¿Es una búsqueda de identidad y arraigo en un escenario donde se mezcla la tradición y las características de la vida moderna?

En efecto, el desarraigo es uno de los temas que más me han inquietado a lo largo de mi vida adulta. Fui un niño nómada citadino, mi familia se mudaba cada dos años de domicilio. Luego nos fuimos de la Ciudad de México y llegamos a Cuernavaca cuando yo tenía 11 años. En mi vida adulta, la tensión entre la identidad y la posmodernidad fue creciendo. Es un fenómeno mundial. Va desde el asunto del mestizaje y la aculturación propios de los países que fueron colonias europeas, hasta los conflictos de homogeneización que acarrea la globalización.

Mis personajes se desarrollan en ese contexto y buscan resolver sus propios conflictos para alcanzar la plenitud. Uno de los motivos conceptuales centrales de la novela es, como muy bien señalas, lo incompleto y el deseo o la frustración de alcanzar la plenitud. Cada personaje lucha por poder ser quien es en un contexto adverso.

Y ese es el sentido del final de la novela, el cliché de “sé tú mismo”.

Hay una frase, al principio, sobre la ciudad: “y ha crecido sorteando el vacío”. ¿Ese enunciado también podría describir a los personajes del libro?

Claro, todos vamos avanzando por la vida a toda velocidad por el vacío. Cuando te detienes, te caes. Es como andar en bicicleta o en avión: estás sostenido por el impulso.

Esos personajes tienen muchas mañas para evitar el vacío, una amenaza constante que evitan implicándose con mayor intensidad en sus intereses. Ningún personaje de la novela tiene un problema externo, los conflictos son todos internos y están relacionados con alcanzar la plenitud, que, según mi opinión, es justamente lo contrario del vacío.

Las historias y sus actores, al presentarse mediante cápsulas breves, dejan en el lector las ganas de querer saber más sobre ellas. ¿Has pensado en la posibilidad de que alguno de los personajes del libro pueda reaparecer en una futura obra?

Mi intención era jugar justamente con las expectativas y el suspenso, provocar la imaginación de quien lea para forzarle a deducir qué hay más allá de lo ya dicho en el texto. Quiero que se forme un esbozo en su mente de todo lo que no está narrado. Acequia se parece, en principio, a esos dibujos que son solo puntos numerados en una hoja en blanco y que conforme se les va uniendo con el lápiz van generando las formas. En el caso de mi novela, el lápiz es la lectura y las formas se dibujan en la imaginación de quien lee.

Esas formas, aunque son por supuesto parecidas en todas las mentes, dependerán de la catadura de cada fuero interno y serán, por lo tanto, muy personales. De hecho es exactamente igual que con los dibujos invisibles que puse de ejemplo: cada manita trazará la misma porción de línea, pero el resultado final siempre será diferente, dependiendo del pulso y las libertades que se tome cada quien a la hora de lanzar el lápiz de un punto a otro.

Por eso me gustan las obras en las que, como decía David Lynch, interviene mucho la intuición, las que son poco evidentes, poco explicativas, porque te dan chance de que hagas tú tu propia línea.

Por otro lado, casi todas mis novelas están relacionadas, personajes de Acequia aparecen en otras historias, publicadas e inéditas, y me gustaría que algún día, ojalá sea pronto, todos esos textos estén activos y que quien los lea se encuentre de pronto con gusto con algún personaje, como uno se encuentra por casualidad con alguien con quien vivió una aventura y que pensó que ya nunca le volvería a ver.

Cuando te vuelves a encontrar con un viejo conocido no solo te da gusto o aversión volver a verle, sino que recibes además una actualización de su historia: con el simple hecho de observarle, ya sabes si le ha ido bien o mal, y a veces te sorprendes de lo mucho o poco que puede cambiar alguien.

Esas descargas narrativas, que solo ocurren con el paso de los años y si eres muy sociable y chismoso, son algo que me gustaría emular en mis novelas.
 

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