El mito de Fausto: una historia compartida y sin final (y II)


 
Esta es la segunda y última parte del texto escrito por nuestro colaborador Christian Jiménez Kanahuaty. En esta oportunidad, se enlaza la figura mítica y universal de Fausto con el Renacimiento, su engranaje poético, la cosmovisión judeocristiana, la culpa, el miedo y el binomio fabula-moraleja, en relación con la novela moderna en Europa y su legado.

[Leer la primera entrega]

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Todo lo que devenga de esa fuerza, un poco contranatura, entre el cielo y el infierno, no como un matrimonio, como anunciara William Blake, sino como simple pacto de no agresión, es la piedra de toque de la cultura. Porque, en definitiva, desde el cuento de gauchos en Argentina, hasta la Inglaterra isabelina, pasando por el romanticismo alemán y su posterior ingreso en el racionalismo, lo que estamos atestiguando es cómo y de qué manera (cual tesis filosófica), se crea el fundamento en que la moral se suspende y la ética queda en el pasado.

Siempre y cuando el hombre busque el bien mayor que es el reconocimiento de que su propio interior es lo insondable. Y que la búsqueda generalmente está basada en un rayo luminoso que indica que el camino no es hacia afuera, sino hacia dentro.

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William Blake (1757-1827)

De ese modo, en Bolivia, con Felipe Delgado de Jaime Saenz, hay un poco ese movimiento, que es una transgresión a la norma del Fausto, porque ya el conocimiento del mundo interesa poco.

Lo que urge es conocer por qué estamos vivos. Cuál es la diferencia entre el vivir y la vida. Y para qué tanto dolor, confusión y conocimiento, si lo natural es también, más que como paisaje, una forma de conocimiento de lo que es creado por algo superior al hombre y que guarda en secreto la cifra de lo que es bueno y malo bajo los confines del cielo.

Y así entendemos, no para siempre, pero sí por un momento, que la literatura que versa sobre Fausto es también, a su manera, una versión de la Divina Comedia (1304- 1321): un Dante que guiado por Virgilio desciende a otros mundos, para encontrar un amor perdido. En su deambular Dante visualiza los rescoldos de una cultura, y los restos de las personas que la levantaron.

Y en ese sentido, el demoniaco amigo Fausto es un ser que lleva hacia otros mundos a la pobre criatura que pide establecer un pacto con él. Lo lleva a conocer, por un lado, las ciencias y las artes, pero también el alma humana. Fausto es, por tanto, el movimiento de superación, o continuación, de Dante: no es hasta aquí llegamos, sino el hay que ir más allá todavía.

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Y si se trata a Fausto como personaje, es bueno recordar que la novela moderna también bebe de su tradición. Porque Fausto no deja de ser una tragedia, en el sentido en que hoy atribuimos a esta palabra. Y la novela moderna, en cierto sentido, es también trágica. Las desventuras del joven Werther (1773), La muerte en Venecia (1912), La montaña mágica (1924), Adan Buenosayres (1948), Ulysses (1920), En busca del tiempo perdido (1913-1927), La muerte de Virgilio (1945), Nada (1944), Buenos días, tristeza (1954), La campana de cristal (1963), son, cada una a su modo, novelas trágicas, entre otras tantas que se podría nombrar y recordar. Y todas ellas beben de esa tradición fáustica.

No tanto de la del pacto del hombre con el demonio, donde se entrega el alma a cambio de algo que no se tiene y que se ansía, sino aquella tradición en que se impone una tragedia: la que implica no degustar de aquello que tanto se anheló o que supone que el sacrificio no siempre coincide con la recompensa obtenida. Y que el conocimiento del interior es tan doloroso como el conocimiento que se pueda adquirir sobre el exterior.

Conocerse a uno mismo es trágico porque toda máscara queda rota en el impacto de la desazón.

Y no es que haya una visión católica o judeocristiana, donde la culpa es la medida de todas las cosas. Simplemente se trata de que la tragedia, en tanto acontecimiento que marca un antes y un después, es el leitmotiv de toda buena novela. Una vez más: conocerse a uno mismo, por medio de derrotas, dudas, drogas y miedos es el aliciente de toda novela de iniciación que termina o con la muerte del personaje o con su desaparición del mundo a través de la reclusión sanatoria o familiar.

No en vano la caída y resurrección sirve para todos. Y es el modelo por el cual el hombre puede vislumbrar la luz al final del laberinto de la oscuridad suprema que es el desconocimiento sobre su propio temple.

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Pero la tragedia se impone como forma de ir más allá, en tanto que es también un modelo que, cual sonda moral, interroga sobre lo que de verdad implica estar vivo.

La tragedia es también la oportunidad de decir las cosas más sensibles, cursis y románticas, sin parecer un adolescente enfebrecido por las llamas del primer amor. Y es que en la tragedia se combina tanto el horror como lo sublime. Y lo sublime es el reservo del afán retórico de lo bello solo por lo bello.

Y es por ello que Fausto también se versiona y actualiza todo el tiempo. Porque en su interior está esa forma extraña de belleza; porque es atractiva la forma en que el hombre demanda tener todo el conocimiento del mundo.

Y es interesante conocer cómo la venganza alimenta los celos y la vida de un hombre, pero también entender que lo que incita a la venta del alma es un deseo de posesión de riqueza que va más allá de todo cálculo.

Es la abundancia y el derroche lo que conmueve, porque es incalculable lo que se puede saber y hay sed de espacio y hambre de altura, y el demonio lo entrega todo a manos llenas. Aunque, luego, pide el alma a cambio, en lo que entonces parece un trato justo y, en cierto modo, hasta parece que el demonio saliera perdiendo.

Pero no. Porque este ser repleto de oscuridad y misterio realiza el siguiente cálculo: un alma ganada es un alma que le arrebata al divino. Y es ahí donde se reconoce la verdadera lucha. No es que el demonio quiera un alma para sí, quiere restar una al reino de los cielos. Un alma vista así es una victoria incalculable para el demonio. Y eso es trágico. Porque el hombre es solo el chivo expiatorio de una lucha que lo supera y lo precede.

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Aquello que subyace en toda la mitología de Fausto es la actualización de las Sagradas escrituras, pero encarnado en las edades del hombre a través del tiempo histórico. Y, por eso, siempre es cuestionable el arrebato por Fausto. Como si el lector tuviera que decidir un bando. Un bando donde todo lo bueno es malo y donde todo lo malo es bueno.

Las tradiciones literarias del mundo entero visitan Fausto para entenderse en sus deseos, pasiones y emociones. Pero, sobre todo, para enfatizar, de manera lateral e inconsciente, lo formateada que está la razón dentro de los cánones estrictos de la Biblia.

Su fuerza está en que es una tragedia donde actualizamos la lucha de ángeles y demonios para conquistar más seguidores y en la cual los hombres se venden por muy poco.

Todos reconocen su derrota al final. He ahí la tragedia, su gran visión y misión en el mundo se reconoce superflua una vez conseguida.

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En el Felipe Delgado, de Jaime Saenz, hay un rizo a ese argumento. El personaje, en lugar de entregar su alma al demonio, decide desaparecer de la historia, dejando tras de sí un diario en el cual anotó sus impresiones, pero él nunca más regresa. No conocemos su destino final, ni el de su alma. La intuimos, pero cabe la posibilidad de que ni siquiera su alma pertenezca al demonio hacia el final de su vida, porque las acciones que emprende pueden transformar su destino. Hay una salvación en el silencio del personaje que huye de toda culpa y reproche.

En Thomas Mann, en Goethe, en Estanislao del Campo, en Marlowe y en Leopoldo Marechal vemos cómo los personajes se arrepienten. Luchan consigo mismos y con el demonio en un último intento por cumplir su anhelo y recobrar su alma, pero es en vano. El diablo no admite enmiendas en el contrato.

Así, lo que observamos en Fausto es un retrato de lo que somos, lo que fuimos y lo que posiblemente seremos. Hombres perdidos en el tiempo buscando respuestas que, de verdad, no deseamos conocer debido a las consecuencias que traerá consigo esa iluminación. Escapar entonces se hace necesario. La vida y el vivir no son la misma cosa.

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Por lo tanto, aquí, Fausto, más que cadenas que anclan a un pasado remoto donde oscuridad y luminosidad forman parte del ser humano, es un hito donde nos detenemos para entender cómo funciona la mente que previene. Da origen a la fábula con su moraleja, pero también es una tradición que se hace carne. Un mito que se hizo fábula para convertirse en un punto de alerta en la enseñanza moral y ética de las personas.

Hacer pactos con el demonio es malo. Uno pierde el alma y el alma es sagrada. Pero, hay más, siempre hay más. Después de todo, las fábulas son una simplificación de una realidad para adoctrinar a los niños y moldearlos, según las reglas morales de una sociedad o cultura.

Porque, hay que recordarlo, todos los que han buscando conocimiento, venganza, amor y riqueza, una vez que poseen aquello que deseaban no tienen más por qué luchar, y se pierden en las mieles de sus propia conquista. Parece, por tanto, más sensato no obtener jamás aquello que se busca: porque la búsqueda es lo que de verdad da valor y sentido a la vida.

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Nuestros personajes lo llegaron a saber muy tarde, pero al leerlos, entendemos sus razones. Fausto es la clase de personaje que se adapta a todas las tradiciones, porque su materia es la esencial, es la primigenia. De ella se desprende el catecismo y los cultos. Y se desprende el arte y la reproducción. Por tanto, la tensión sigue. Y mientras el mundo avance y todo se haga cada día más inalcanzable, no faltará aquel que levante el puño pidiendo al diablo un pacto.

Y él se hará presente y dará todo lo deseado a cambio del alma. Solo que ahora quizá haya aprendido la lección y no espere a la muerte para obtener el alma, sino que la irá consumiendo en vida. Y con ello, el hombre se irá convirtiendo, poco a poco, en la sombra de lo que solía ser.

Esa será su verdadera victoria. Y, de ese modo, el demonio dará la vuelta a las reglas una vez más, porque saboreará otro tipo de victoria. Ya no arrebatándole un alma a lo divino, sino a lo terrenal.

Arrebatar en vida un alma humana es un placer que solo han experimentado los fantasmas, y Drácula, que es otra forma de demonio. Pero si es el diablo quien lo hace habremos entendido, por fin, que la tierra no será nunca más el paraíso.
 

Sobre el autor
(Cochabamba, Bolivia, 1982). Politólogo y escritor. Es autor de las novelas: «Invierno» (2010), «Te odio» (2011), «Familiar» (2019), «Paisaje» (2020), «Los libros de nuestros padres» (2023) y «Cuidar del fuego» (2023), además de cuatro libros de cuentos y obras de ensayo e investigación social.
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