El reciente apagón general, en España y Portugal, sirve como metáfora y punto de partida a nuestra colaboradora Dolors Fernández Guerrero para reflexionar y reivindicar la importancia del aporte totalizador de la poesía, como testimonio de la inteligencia humana frente al oscurantismo y al caos de nuestra sociedad hipercomunicada y adicta a la sobreestimulación digital.
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Los apagones eléctricos entorpecen, incomunican, perjudican, fastidian, sobrecogen, alertan y además −sobre todo en los tiempos que corren− encienden la llama de la conspiranoia. Lo sabemos bien tras el pasado 28 de abril.
Otro tipo de apagones, sin embargo, se manifiesta casi al trasluz, entenebrecido, con la languidez de un último ejemplar en vías de extinción. Son apagones que huyen de la teatralidad y la sobreactuación. Como la poesía, que en la cultura de masas de nuestro tiempo se debate entre la inopia y el descrédito generalizados.
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Desde hace un par de décadas, de manera reiterada e insistente, leemos en los medios de comunicación formulaciones del tipo: “¿Para qué sirve la poesía?” La cuestión, al parecer incontestable, se desliza en los debates públicos y a fuerza de repetirse se ha vuelto retórica. Nadie cuestiona su razón de ser y las respuestas poco importan.
La misma duda alcanza, aunque con menor énfasis, al conjunto de la literatura, salta las barreras de su propio enunciado e invade por completo el ámbito de las humanidades. Ya lo hemos visto en las últimas leyes sobre Educación y podemos constatarlo en los actuales programas de estudio de la ESO y del Bachillerato.
No obstante, siempre hay paladines de las buenas letras, gentes de cultura, filólogos, escritores y poetas que están al quite, abrumándonos con razones de peso, emotivas y bienintencionadas, que pretenden rescatar sin éxito a la poesía de su inevitable declive. Como si fuera una mujer musulmana en el Estado Islámico a punto de la lapidación.
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El escenario es inquietante. El poeta, incluso el lector de poesía, necesita justificarse ante los otros a cada instante y busca con desesperación en el metaverso de los conceptos abstractos nuevas utilidades para la poesía, incluso roles interpuestos que la liberen de su aura de marginalidad.
Lo más sospechoso del caso, es que ese pecado de “inutilidad” no pesa como una espada de Damocles sobre otras muchas actividades humanas, de dudosa finalidad práctica. En general nadie −que yo sepa− cuestiona lo útil de un partido de fútbol, las series de las diferentes plataformas audiovisuales, la lectura de cómics sobre superhéroes posmodernos o el reguetón, con su universo chabacano de machos alfa, por poner solo algunos ejemplos.
Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Por qué salta a la palestra de continuo la “utilidad” de la poesía? Poniéndonos dieciochescos, la duda ofende. Ofende y mucho. Porque lo que se calla es a veces más definitorio que lo que se afirma; lo que se omite, un indicio de lo que nadie aún se ha atrevido a verbalizar; lo contenido entre signos de interrogación, una afirmación encubierta.
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De modo que −yo también− me veo en la obligación de intentar neutralizar la amenaza que se cierne sobre todos los amantes de la poesía −creadores y lectores− y para ello me tomo la libertad de reformular la pregunta, de mover el foco.
Mi objetivo no es otro que mantener intacta la verdadera naturaleza de la poesía, fluida e inaprehensible. Así que propongo lo siguiente:
Aparquemos las “utilidades” y hablemos sencillamente sobre qué nos aporta un poema. El porqué de su lectura y disfrute.
Pero antes, permítaseme un inciso. Fijémonos en nuestro horizonte más inmediato, el de los países desarrollados. Vivimos un momento único de la Historia. El nivel de alfabetización es el más alto nunca visto. Nos hallamos a un clic de cualquier información, gracias a la democratización del conocimiento que ha supuesto el acceso universal a la red de internet −siempre que ningún apagón eléctrico venga a demostrarnos la fragilidad de todo el andamiaje−. Realizamos menos esfuerzos físicos y mentales que nunca.
De hecho, nos asisten en infinidad de tareas rutinarias la informática, la mecanización robótica, los medios de transporte automotrices, recientemente la Inteligencia Artificial, etc.
Y, sin embargo, a pesar de todo, el índice de analfabetos funcionales se incrementa cada década y con él la persistencia de la pregunta: ¿para qué sirve la poesía?
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Pero regresemos al motivo real de este artículo, a las “aportaciones” de la poesía a nuestro mundo posmoderno. De entrada, me esforzaré por desactivar el siguiente silogismo:
Lo inútil es desechable.
La poesía es inútil.
La poesía es desechable.
Para ello, comenzaremos con el argumento emotivo, en línea con el mindfulness y la meditación zen.
Según este argumento, la poesía despierta los sentidos, estimula la imaginación y la reflexión, ofrece una nueva perspectiva sobre la realidad y, por tanto, ayuda a sus lectores a comprender mejor el mundo que habita, al tiempo que facilita la conexión con la propia interioridad.
Es quizás la formulación más popular, la más aceptada, en línea con las nuevas tendencias “saludables” que aúnan neorromanticismo con ética del nuevo milenio.
No es de extrañar, bajo estas premisas, que se oferten talleres de poesía a personas con problemas de autoestima, víctimas de crisis existenciales o experiencias devastadoras. En la misma línea, se organizan talleres poéticos en centros penitenciarios, una manera positiva de canalizar la problemática de los reclusos y sus ansias de libertad.
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Sin desmerecer el anterior, el planteamiento darwinista que nos regala el escritor y librero sevillano Pablo Gonz me parece sumamente interesante. Dentro del esquema de la comunicación, Gonz hace hincapié en el canal utilizado por el mensaje poético, es decir, el lenguaje:
Dado que el lenguaje es el vehículo del pensamiento y su estructurador por antonomasia, tanto la lectura como la escritura proporcionan un entrenamiento formidable para su conocimiento y buen uso.
Al ampliar el vocabulario, facilitar la formulación de ideas abstractas, estructurar la información de un modo claro, promover la coherencia del pensamiento, nos volvemos más persuasivos, más eficaces en nuestras comunicaciones y ello, sin duda, supone una ventaja adaptativa en el mundo actual. Siendo así, la poesía tendría una evidente función epistemológica y social.
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El enfoque político lo aporta el escritor Manuel Rivas, recientemente galardonado con el Premio CEDRO 2025, en reconocimiento a su trayectoria literaria y a su defensa de los derechos de autor.
Rivas reivindica la literatura −implícitamente la poesía, dado que es poeta, novelista y ensayista−, la lectura y la cultura humanista como testimonios de la inteligencia humana y una salvaguarda contra el caos. Define el tiempo presente con un neologismo: tecnofeudalismo (término que toma del exministro griego Yanis Varoufakis y del economista francés Cédric Durand). El oscurantismo y la ignorancia, el fanatismo y la intolerancia sobrevuelan el campo semántico del vocablo, que se abre a la comprensión inmediata de cualquiera que lo lea o lo escuche.
Particularmente a mí, me parece una muestra más de la perspicacia y talento creativo de Manuel Rivas, quien nos advierte de que nos hallamos ante un cambio de paradigma social, político y económico que nos aboca al caos.
Frente a la debacle, el tesoro del lenguaje y el pensamiento que sostienen la literatura se revelan salvíficos.
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Por mi parte, la poesía aporta reflexión e inteligencia a un mundo saturado de estímulos y ruido mediático como el nuestro. Dota, tanto al autor como al lector, de herramientas para interpretar con exactitud los mensajes con que nos bombardea nuestra sociedad hipercomunicada y adicta a la sobreestimulación.
Pero no solo desde la literalidad, sino desde esa otra vertiente subliminal que origina millones de contenidos.
En mi artículo titulado “El germen de la poesía” ahondo en los mecanismos del subconsciente que nutren la expresión poética y que representan el legado más íntimo y preciso de un autor. Comprenderlos es una llave maestra para desentrañar el entramado de filias y fobias, creencias y tabúes que nos constituyen.
Dicho esto, independientemente del género o la temática, los libros, a lo largo de la historia, no han dejado de alzarse en poderosos instrumentos de conocimiento, en altavoces ideológicos que aún, a día de hoy, siguen considerando temibles los regímenes dictatoriales, puesto que atentan contra el pensamiento único. ¿Podría esgrimirse este dato como una aportación más de la poesía?
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Platón en La República se molestó en expulsar de su ciudad ideal a los poetas y yo me pregunto por qué. ¿Tan amenazadores le parecían o tan “inútiles” y prescindibles?
Muchos siglos después, en tiempos de la Contrarreforma, allá por el siglo XVI, cuando la labor depurativa de la Inquisición se reactivó enérgica, el Tribunal del Santo Oficio emitió un listado de libros prohibidos. Lo mismo hicieron cuatro siglos más tarde las dictaduras nazi, estalinista y franquista, con sus listas negras.
En todas ellas la censura incluía libros de poesía.
Ha habido numerosísimas quemas de libros y de bibliotecas a lo largo de la Historia, como la famosa biblioteca de Alejandría, que ardió en buena parte bajo las llamas. El fuego purificador ha justificado desde tiempos inmemoriales cualquier atropello o el dolor humano más atroz. El oráculo del poeta romántico Heinrich Heine (1797-1856) no debería dejar de resonar en nuestros oídos:
Allá donde se queman libros se acaba quemando personas.
En el tiempo actual, tal vez la presunta “inutilidad” de la poesía le sirva de antídoto contra las llamas. En ese caso convendríamos con Ray Bradbury (Fahrenheit 451, 1953) en que:
No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Que no aprende. Que no sabe.
Es difícil y cansino desbancar los lugares comunes, en su categoría de vox populi. Pero ahí estamos los adalides de la poesía recordando a Paul Valéry (1871-1945):
Los libros tienen los mismos enemigos que el hombre. El fuego, la humedad, los bichos, el tiempo y su propio contenido.
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De modo que la próxima vez que nos pregunten para qué sirve la poesía y advirtamos de súbito su “apagón”, sonriamos con displicencia. Estaremos en disposición de responder: “para todo” y por fin se habrá hecho la luz.










