Nuestra colaboradora Martina Zuccaro conversa con la poeta Roxana Crisólogo (Lima,1966) sobre su poemario Dónde dejar tanto ruido (Álbum del Universo Bakterial, 2023), un mosaico testimonial que reflexiona acerca del silencio y del ruido, mientras que los vectores del lenguaje transitan por los ensamblajes urbanos del deterioro y de la devastación. La autora, que reside en Helsinki (Finlandia) desde hace varios años, habla también de sus proyectos de arte visual y de la plataforma de literatura intercultural y de traducción Sivuvalo .
A raíz de tu primer poemario Abajo, sobre el cielo (1999) tu poesía fue descrita por el crítico Ricardo González Vigil como “urbana”. Sin embargo, aunque en Dónde dejar tanto ruido resuenan los ecos de las ciudades, la naturaleza surca prácticamente cada página. ¿Cuál es su papel en el poemario?
En muchos poemas de Abajo, sobre el cielo recorro las calles del viejo centro de Lima, y los caminos que me llevaban a fines de los 80 a la Universidad Nacional Federico Villarreal, mi universidad de entonces. Esa Lima ya no existe. En los libros que escribí después, la naturaleza –que siempre estuvo presente de una u otra forma en mi poesí– ha ido tomando un protagonismo mayor.
Escribir sobre la naturaleza implica una pulsión estética de excavar en el fondo de las cosas; no basta con mencionar accidentes geográficos, flores, manantiales. Busqué el ruido de la naturaleza en el subsuelo, ahí donde parece que no hay nada más que rocas, polvo y material de construcción.
Desde estas reflexiones parto para ver otras ciudades del mundo que visité. Ciudades que, de pronto, se parecen unas a otras. Hay cierta uniformidad y funcionalidad que me irrita. Odio cómo hermosas ciudades tienen que cambiar para agradar al turismo en masa que llega, deja dinero, pero acaba con la naturaleza simple del lugar.
En este libro, los personajes, las cosas, los restos de este mundo que habitan los poemas se presentan ligados y afectados por la naturaleza más allá de su voluntad.
La naturaleza –sea mencionada o no– está presente en una atmósfera de lucha por la supervivencia. Me interesan los ensamblajes urbanos de deterioro y la devastación que colisionan. Como dije en otra entrevista, concebí este poemario “como una protesta pacífica”.
El libro parece estar dividido entre el Norte y el Sur. ¿Qué te llevó a trabajar con esta estructura?
Algunos poemas del libro ocurren en Helsinki y otros en Lima, pero también en ciudades de Europa, de Sudamérica y Centroamérica. Sin embargo, decidí dejar estas referencias geográficas como incógnitas y que trabaje la imaginación.
Los poemas dejan pistas de una geografía gentrificada a estas alturas difícil de mapear. Soy poeta, no registro al pie de la letra territorios, prefiero desmembrarlos. En ese sentido, evito estructuras que me remitan a la trampa de las antípodas. El mundo que recorro con mi poesía es un tejido de nudos, puntos sueltos y huellas. Por eso, decir que el Norte es de una manera no abarca la complejidad y diversidad que encierra; tampoco decir que representa lo malo.
Lo mismo cabe con el mundo latinoamericano, parte del llamado Sur, que es una composición de tantas cosas.
Al mismo tiempo, el Norte aparece como un lugar “donde acomodar la mente” (…) “donde los largos inviernos se lleven las palabras /de más”. ¿Es también contrapunto de ese ruido presente en el poemario?
Aquel poema es sarcástico. Se asume que en un lugar tan idílico y silencioso como Finlandia no debería haber ruido, pero la verdad es que sí hay y mucho. El ruido del silencio es perturbador. No hay algo que me aterre más que el silencio frente al ruido. No obstante, me gusta también el silencio y he aprendido a leerlo en sus claves.
El libro traza un viaje en búsqueda del ruido y silencios que encarna todo lo que hasta ahora he podido reciclar para reinventar mi escritura. Transitar por un mundo devastado.
Asimismo, algunos poemas trasmiten la idea de insuficiencia, limitación o confusión en el lenguaje. ¿Responde a una cuestión de desgaste o de incapacidad para describir nuevas realidades?
Cada uno de los poemas implicó un desafío al lenguaje. Escribir es un proceso doloroso, de disección del objeto que el ojo capta, una especie de autopsia del cuerpo, no solo por los temas que abordo, el horror de ser testigo de una época de desafíos medioambientales, de devastación, de auge del neofascismo, de guerra.
Creo que el lenguaje debe entrar en crisis para reinventarse; hacerse más rico, más profuso, más fértil. Un lenguaje en crisis es lo más poderoso que hay.
A lo largo del poemario, aparecen figuras como, por ejemplo, la de Sonia Suzuki, el carnicero, el soldador, o la arpillera. ¿Qué función desempeñan todas estas voces?
Tomé de todos estos personajes el ruido, lo perturbador, los insumos, y los reciclé en la atemporalidad del poema, en su falta de geografía precisa.
Yo crecí en la periferia de Lima, al Sur, en San Juan de Miraflores. Desde niña iba al gran mercado de Ciudad de Dios, y adoraba observar los oficios que se desarrollaban allí. Nadie nota cuando los niños miran obsesivamente algo, y yo miraba detenidamente fascinada a las personas que trabajaban, que compraban, que preparaban sus puestos de ventas.
Para mí, la poesía empezó en aquellas existencias desconocidas intrigantes que día a día le daban cierto sentido a la vida. Eran parte de un misterioso engranaje que alimentaba el sistema capitalista, pero también una manera de relacionarnos con todo lo que había en ese mercado: las carnes, las flores, la gente.
En este libro en especial quise recoger oficios que a lo largo de mi vida he admirado. Faltaron algunos que espero salgan en un siguiente libro, como la vendedora de pescado o el que conduce el camión que vende gas.
Eres coautora junto a la artista visual Karen Bernedo de los proyectos de videopoesía “Poéticas visuales de la resistencia” (Lima, 2007) y “Poéticas visuales del exilio” (Lima, 2009). ¿Cómo surgió la idea de aunar ambas disciplinas? ¿Continúas trabajando en esta línea?
En el 2007, la videopoesía no era un género nuevo –mucho menos ahora–, así como el arte de sonido, la poesía experimental y la instalación. Creo que en aquellos años Karen y yo sentimos que lo que se tenía que decir era tan tremendo y de tal magnitud que para hacerlo había que desbordar los géneros. Transgredir fue una necesidad.
En ese sentido, fuimos pioneras al reunir diversas formas expresivas con la poesía. Nos enfocamos en aquella escrita por mujeres que en los 90 aparentemente estuvo silenciosa –lo cual era falso. La curaduría que hicimos para los DVD buscó textos poéticos que expresaran la elaboración en clave poética la historia del Perú.
Lo que acabábamos de vivir aún era incontable, se respiraba cierta rabia que había que usar para empezar de nuevo. Sentíamos una profunda y urgente necesidad de reconstruirnos y reinventarnos con nuestro país.
El arte en todas sus expresiones soltaba pistas de ese país anhelado, recogía una vorágine. Teníamos mucho acumulado en el pecho. Aparentemente, quedaba atrás el oncenio de Fujimori.
En 2008, me mudé definitivamente a Helsinki, y ahí continué mi exploración transdisciplinaria en Somos la Colectiva, mi colectiva conformada por un grupo de artistas visuales y de sonido mexicanas y del Ecuador con las que trabajamos artefactos artísticos. Hicimos un libro álbum que recogió testimonios de cien inmigrantes latinoamericanos en Finlandia y muchas acciones de poesía y arte de sonido.
En 2013, fundaste en Helsinki la plataforma de literatura y traducción Sivuvalo. ¿Podrías contarnos más sobre este proyecto?
Sivuvalo es un grupo de escritores y traductores reunidos en torno a una experiencia estética del mar Báltico. En su primera fase, tuvo como objetivo construir una plataforma para visibilizar las escrituras de autores de origen inmigrante que residen en Finlandia. Es decir, autores que escriben en sus lenguas maternas, no las oficiales que son finés y sueco.
En su segunda fase, Sivuvalo tiene a mi colega y amigo entrañable José Luis Rico como director y curador. Capitalizamos el hecho de que ya estamos listos para traducir a poetas finlandeses al castellano y, en el caso de José Luis, también al inglés.
Nuestro último proyecto, New Havens & Humanoids, contó con el apoyo de la Fundación finlandesa Kone y tuvo como objetivo la traducción de autores finlandeses, así como la publicación de estas traducciones en revistas y editoriales del mundo hispanohablante.
Decidimos tomar el camino largo y costoso: luchar por fondos para que se realicen traducciones al finés y/o al sueco desde las lenguas originales de escritura.
Nos ha tocado posicionarnos frente a la creencia de que todos los autores que escriben en lenguas inmigrantes son capaces de escribir en inglés y de traducirse a sí mismos al inglés. También desbaratamos la idea de que un evento literario tiene que ser únicamente en dicha lengua. Nuestros eventos muchas veces transitan entre tres y cuatro idiomas. En este sentido, promovemos una cultura de la traducción.
Debo decir que mi vida en Finlandia no habría tenido sentido si Sivuvalo no hubiera crecido como proyecto y recibido apoyo de diferentes fondos finlandeses y nórdicos que permitieron que este equipo trabaje, lleve a cabo proyectos de traducción, antologías, conversatorios, y un festival de poesía iberoamericana.
Es el legado que este par de latinoamericanos dejamos a la sociedad finlandesa.











