Esta es la primera entrega de la entrevista realizada por Julio Hardisson al escritor, periodista cultural y poeta Samir Delgado (Las Palmas de Gran Canaria, 1978) a propósito de su ensayo Turisferia (Clavijo y Fajardo, 2023). El libro recoge una miríada de voces del arte y la literatura que iluminan las múltiples facetas del fenómeno de la ciudad turística global, con una fuerte atención al imaginario canario. Turisferia obtuvo recientemente el Premio Clavijo y Fajardo de Ensayo.
¿Por qué el título Turisferia? ¿Qué querías condensar en ese término?
Al ser nativo del sur turístico de una isla masificada solo veo a turistas en todos lados.
Una buena parte del material visual que sustenta Turisferia oscila entre lo estratosférico y lo subterráneo. Se trató en todo momento de visibilizar algo oculto y latente, como dice Adorno en un texto suyo titulado “El ensayo como forma”, donde afirma que “el ensayo trata en sus objetos aquello que tienen de ciegos”.
De ahí que la turisferia sea realmente una recolección de verdades, tan presentidas como comprobadas, una línea de investigación novedosa sobre un fenómeno que no es pasajero, porque el mundo ya se ha turificado, es un problema inherente a la globalización.
Esta certeza sobre lo turístico universalizado proviene también desde los comienzos del proyecto Leyendo el turismo, un diálogo que comparto con los poetas Acerina Cruz y David Guijosa. Cada uno escribía de su experiencia como autores nacidos en la ciudad turística. Estuve una década buscando imágenes y textos de turistas en bibliotecas, galerías y museos.
Incluso, en Berlín, pasé una semana rebuscando todas las imágenes que había visto de niño, ya procesadas por los creadores contemporáneos. Están en las galerías y en los museos, aguardando a la crítica, a la mirada profanadora de calibanes con ánimo de revancha. De algún modo, le devolví la visita a los millones de alemanes que soñaron en la isla sus mejores momentos. Más allá del deterioro y de lo irreversible, todavía quedan espacios liminares, para un diálogo transformador.
Creo que indagar en la turisferia es la tarea urgente de mi generación, volver a afrontar las interrogantes intelectuales, pensar las islas con una deuda moral, la de soñarlas de nuevo para su supervivencia.
Hay un ensayo muy esclarecedor del crítico de arte y poeta catalán, Juan Eduardo Cirlot, titulado “Ferias y atracciones” del año 1950, seguramente ahí esté la clave, porque habla de la idea de viaje como origen de la ilusión de los parques de atracciones.
La turisferia es eso, los textos y las imágenes que alertan sobre el mundo de hoy, un tiovivo con turistas que se divierten sobre las ruinas del paisaje.
Turisferia remite en más de una ocasión a los konvoluts de Walter Benjamin y a su Libro de los pasajes. Más que un libro ordenado por temas y capítulos, la escritura de Turisferia va hilando de manera no lineal una constelación de motivos, citas y reflexiones que tratan de dar cuenta de la tendencia emergente de lo turístico en el pensamiento y en la literatura. ¿Qué te interesaba de esta forma literaria para confeccionar tu Turisferia?
Hace años llegué en tren a Portbou para visitar la tumba del filósofo Walter Benjamin. Leí sus libros en la facultad de filosofía en Tenerife. Desde entonces he sentido un vínculo muy especial con su modo de mirar, esa melancolía con reclamo de justicia que hace de la escritura un espacio de resistencias. Su paso por Ibiza fue documentado por el poeta Vicente Valero. Me pareció un testimonio decisivo, la explosión universal de lo turístico forma parte del proceso civilizatorio.
Y lo fragmentario, realmente, es un modo esencial de la experiencia humana que nos acerca a las profundidades de lo real. Quise revolver las páginas de novelas y poemarios para la captura de turistas, poner luz sobre unos sujetos protagónicos que se estaban colando en el acontecer fracturado de la modernidad tardía.
Y como yo provengo de la ciudad del boom turístico internacional, en las costas ultraperiféricas del Estado español, tal vez intuía con naturalidad la cuestión de que lo turístico se ha ontologizado:
Ya todo el mundo mira como turista su propio entorno, el hiperconsumo se adueñó de la psiquis ciudadana, el dogma de lo vacacional sustenta las nuevas subjetividades y el mercado universalizó un resort planetario.
Todas las ciudades aspiran a reproducirse como la isla tropical, no es nada extraño que la música del puertorriqueño Bad Bunny y la estética festiva y hedonista de lo caribeño sean predominantes.
El “yo” estándar de hoy necesita la pantalla, su brújula señala al sol del último verano. Y por ello, el envés de la historia también trae consigo el pulso liberador de los mestizajes y de las utopías postergadas, no todo está perdido.
En Turisferia se plantean las posibilidades de una salida posturística: el arte y la literatura tienen la encomienda nuevamente de forjar vanguardias y alternativas. En el libro se empieza y acaba con esa premisa, sumar constelaciones y fragmentos, para desentrañar las claves de un futuro que ya es presente.
Convienen, en este momento, nuevas ediciones, incorporar un apéndice de obras y de imágenes, desarrollar más en profundidad mi teoría sobre la turisferia, porque además han aparecido nuevas novelas y poemarios, el proceso de turificación ha entrado en un conflicto irresoluble, se está expandiendo el descontento en todos los países y hacen falta alternativas.
En el Libro de los pasajes, Benjamin describió la ciudad moderna a través de la obra de Baudelaire. ¿Crees que hoy la ciudad turística global es uno de los vectores fundamentales para entender el mundo tardocapitalista contemporáneo?
En las novelas gráficas de Frédéric Pajak, en el volumen dos de su obra Manifiesto incierto hay viñetas sobre Walter Benjamin y París como trasfondo. En uno de sus textos alude a la eternidad de las construcciones antiguas, y al sentido del final que hay en las nuevas.
Así sucede, con las imágenes de los hoteles, en las costas de las islas Canarias que tienen ese relumbre espacial, futurista, incluso apocalíptico. Si las islas fueron un remoto comienzo de lo porvenir, ahora vuelve a relampaguear su horizonte de hibridaciones y mescolanzas.
Efectivamente, en el imaginario atlántico y caribeño de los archipiélagos turificados hay una aparición sorpresiva de la cartografía última del planeta, con la desaparición de las fronteras y la irrupción de un modo de convivencia que debe superar la gran contradicción de haber logrado un desarrollo apoteósico y, al mismo tiempo, haber convertido todo en un hotel con parking.
La sorpresa por llegar está en la fuerza gravitacional que contienen las islas al momento de interconectarse, en este sentido, se viene impulsando un proyecto como la Revista Trasdemar de Literaturas Insulares. Lo mejor está cada vez más cerca, si se logran consolidar iniciativas de residencias, de intercambios, de diálogos. Ya que la única salida es un renacimiento cosmopolita: la ciudad turística araña lo universal por su lado de las alteridades silenciadas, inéditas y emancipadoras, pero lo terrible subyace en su predominio capitalista, unidimensional, depredador.
En la turisferia hay lugar para soñar otras experiencias de vida que podrán definirse en los próximos 50 años. Por eso pienso que el siglo XXII ya se está dibujando en las playas de mis islas, llegan nuevas visiones de la simbiosis del extrarradio, de unas alteridades neogénicas, lo diferente archipielágico que fue génesis y ahora vuelve a ser terminal, unas posibilidades de existencia que, a fin de cuentas, se acercan más a la condición náufraga de la propia humanidad.
Mi planteamiento no claudica, más bien sostiene que hay un mundo inédito por habitar tras los umbrales de la turisferia, por suerte hay salida del laberinto: el mapa espera.
Y siguiendo con la relación iluminadora Benjamin-Baudelaire, ¿qué papel crees que pueden jugar el arte y la literatura a la hora de desentrañar fenómenos de tal magnitud como el de la ciudad turística global?
La creatividad también debería ser considerada hoy como un elemento sintético a priori kantiano, como el espacio y el tiempo que desentrañó el filósofo solitario en la mente humana. Lo literario y lo artístico son condiciones de posibilidad para reconocer la ciudad turística, marca la distancia del mirar y cuestiona la ilusión de su maqueta.
Hay algo robótico en los segmentos poblacionales que nutren la estadística aeroportuaria y hotelera, ojos y corazones que buscan un placer prometido por el sistema. Las islas son esas plataformas civilizatorias que pasaron de ser diseñadas a constituirse en el modelo final, lo multinacional por excelencia.
Y si Baudelaire testimonió la extrañeza ante la multitud parisina, Michel Houellebecq hizo lo suyo con lo turístico masivo. Hay versos de Houellebecq que se evocan en la turisferia, cuando el poeta contempla el revuelo de las golondrinas y una palmera con guirnaldas navideñas, el paseo solitario por el club de vela y el retorno a la realidad, con el pasaje en mano de Lufthansa.
De hecho, el escritor galo es un insular también: nació en La Reunión. Por los azares de la cultura, las islas conservan una ligazón universal, además de estar conectadas por su lado submarino, parece que la literatura y el arte llevan el tema de la conversación hacia esos espacios siderales que intuyó el propio Rimbaud. Ser de islas y provenir de ellas constituye un designio, se hablará cada vez más de ellas porque las nacionalidades que conocemos hoy se van a quedar pequeñas, llegó el momento de los archipiélagos del futuro.
De hecho, hay muchas islas que materializan en su fisonomía urbana a la ciudad turística, es un gran archipiélago global, su diseminación alcanzó las vértebras de las capitales nacionales, es otro lado de la gentrificación, el capital se ramifica a la búsqueda de nuevas acumulaciones, lo turístico se vuelve epifenómeno, la turificación es una fase terminal de nuestra época.
Turisferia acaba con un verso del joven poeta Félix Francisco Casanova, donde se descifra el actual infierno de lana, la isla que se reproduce.















