La eternidad menguante (Pre-Textos, 2025), de Josefina Aguilar Recuenco (Almería, 1971) refleja la simbiosis y el maridaje entre la poesía y la fotografía. Nuestro colaborador Diego Sánchez Aguilar centra su mirada en este poemario, elaborado a través de diecisiete sesiones fotográficas como campo de observación. Aguilar –docente, poeta y fotógrafa– es también autora de otros libros de poesía: Aubade (Huerga y Fierro, 2023, Papá, Hiroshima no me deja dormir (RIL,2022) y Agni Inga Gani (Ars Poetica, 2018).
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Hay dos protagonistas en La eternidad menguante, el magnífico libro de Josefina Aguilar Recuenco que ha ganado el último Premio Internacional de Poesía Juan Rejano-Puente Genil: Lewis Carrol y Alice Liddle. El primero era un gran aficionado a la fotografía, y la pequeña Alice Liddle fue una de sus modelos favoritas.
El tono de los poemas de La eternidad menguante, la calidad y el timbre de la voz que nos habla viene determinada por esa posición de observador/creador del fotógrafo/escritor.
Hay una voz que surge desde detrás de una cámara, desde detrás de un espejo, o a través de él. Es el lugar del testigo, del que da testimonio de lo que sucede ante él. Pero lo que sucede ante este observador-fotógrafo es todo lo contrario de lo que uno espera del adjetivo “testimonial”. Lo que sucede ahí, aquello de lo que da testimonio, es la extrañeza del mundo, el surrealismo de la realidad, si queremos decirlo así:
En un mundo extraño yo hago un mundo más extraño.
El fotógrafo y el escritor tienen eso en común: son testigos, son observadores. Miran el reflejo de la realidad en un espejo y esperan. De ahí que el tono de esta voz sea algo parecido a un monólogo ensimismado que, al mismo tiempo, debido a la intensidad del pensamiento, debido a la altura del asombro ante la contemplación de un mundo que nace ante sus ojos, se llena de intensidad emocional:
Por las grietas del árbol, cada árbol tiene una memoria por donde deja crecer cielo.
Esa intensidad no proviene de una emotividad biográfica o narrativa; no es el tono de la confesión que nos hermana en una historia común de familias, parejas, amores, enfermedades y muertes. Es la voz del sueño y del pensamiento asombrado, y también la de un profeta que murmura sus profecías, con convicción, pero sin aspavientos:
El ojo es una semilla por la que emerge el mundo.
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Es la de este libro una poesía, una voz, que nos habla desde fuera de la historia, más allá de la frontera del tiempo de los nombres propios, en ese tiempo suspendido de la fotografía, en esos segundos durante los cuales las partículas de luz quedan atrapadas por los haluros de plata, en esa pequeña eternidad oscura de la cual emerge luego un mundo de imágenes y de preguntas ante ese mundo naciente, recién nacido, que deja ecos de la poesía de la vanguardia histórica, de Huidobro, de Celan:
¿Por qué están más cerca de la zarza ardiente los números primos?(…)
Cuando el fuego no se llamaba fuego, ¿era fuego?
Así que rectifico: hay dos protagonistas en este magnífico libro de Josefina Aguilar Recuenco: la luz y la oscuridad. No se trata de una lucha entre ellos, sino de una necesaria hermandad y convivencia.
En la fotografía, es necesaria la oscuridad para que emerja la luz. Es necesaria una cámara oscura para que la luz se domestique y adquiera una forma reconocible por el ojo humano.
Así, también, la poesía de Josefina es fotográfica y blanchotiana: la oscuridad no es falta de luz, sino reserva, materia primigenia que hace posible la aparición de la luz, de la forma.
La poesía y la fotografía se hermanan en esa cercanía a una oscuridad original de la que surge toda forma, toda palabra. Es en esa ambigüedad del origen, de lo recién nacido, donde la poesía muestra la inestabilidad del mundo, de las palabras con que aprendemos el mundo, la posibilidad infinita de las formas y los significados:
Siempre que salgo de una habitación a oscuras me duele la luz y me sigue la oscuridad, que viene conmigo, a hacer oscuro todo lo que toco.
Es lógico que en un libro de poesía tocado por lo fotográfico abunden las imágenes, que la técnica sea la del torrente de hermosas imágenes irracionales que se suceden con velocidad de medusa, de luz esquiva: estás maravillado ante una imagen sorprendente, ante una luz sobre el mundo que no habías visto nunca, y ya desaparece, y viene otra:
¿Qué hay detrás de la amapola? Detrás de la amapola están los huesos de la luz, vinieron de un esqueleto doblado en un libro.
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Así que ya tenemos cuatro protagonistas: Lewis Carrol y Alice Liddle, la luz y la oscuridad. Pero, claro, estos se duplican, como en la fotografía, y en los espejos que la hacen posible, todo se duplica, y por eso hay dos protagonistas más que no se pueden dejar de mencionar: el espejo y la eternidad:
Una lente oscura me ayuda a cerrar los ojos en la penumbra del sol. Entonces todo queda tan quieto como la eternidad.
La fotografía revela el asombro humano ante la eternidad, le da forma a ese tiempo detenido en el que vemos la muerte, pero también algo parecido a lo eterno, algo que se saca del fluir incesante del río del tiempo. Otra vez, el paralelismo entre la poesía y la fotografía es enriquecedor, ilumina el sentido de estos versos:
Yo hago esa ley: una casa para la eternidad, custodio la eternidad desde mi ojo, una eternidad menguante: fotografío.
También el poema es una casa para la eternidad. También el poema, como la cámara fotográfica, usa una lámina impresionable, una hoja en blanco que espera la llegada de la forma, que espera que las cosas que suceden en el tiempo dejen ahí, en la magia de la palabra y de la música, una visión de la eternidad que solo es posible gracias a esos espejos mágicos.
El espejo de la poesía de Josefina Aguilar es el espejo de Lewis Carrol que no fotografía la realidad de forma imitativa, sino que ve a través del espejo, accede a ese lugar donde la eternidad, como la oscuridad, permite que nazcan los mundos, las imágenes, los sentidos:
Introduzco vacíos dentro de tus ojos para que mires la eternidad y me la cuentes.











