Unas líneas sobre Salinger y «El guardián entre el centeno»

Imagen cubierta de «The catcher in the rye», J. D. Salinger, 1951

 
J.D. Salinger murió el 28 de enero de 2010, hace ya más de una década. Tenía noventa y un años y seguía recluido en su casa. Sin dar entrevistas. Sin querer saber nada de lo que ocurría en el mundo.

A mí en su momento me llamaron de un diario para que escribiera un artículo. Por alguna razón, no me apeteció. Durante un tiempo seguí, pese a ello, lo que iba apareciendo en los periódicos, y pude constatar que Salinger interesaba a la gente más dispar.

Me llamó la atención, por ejemplo, que Gaspar Llamazares, entonces coordinador general de Izquierda Unida, lo citara como su autor favorito. Algunos de sus exegetas dijeron cosas acertadas, otros no tanto.

Lo que menos me gustó fue un texto de una escritora en ciernes que venía a afirmar algo así como:

«Lo único bueno de Salinger son sus cuentos. En realidad, El guardián entre el centeno es un texto mediocre, facilón, lacrimógeno. Salinger fue un listo con mucho olfato, que comprendió por donde iban los tiros. Que escribió la novela que todos esperaban. Y el truco funcionó».

Este tipo de opinión es algo que todavía hoy, al cabo de los años, me sigue produciendo urticaria. No puedo expresar cuánto me molesta oír algo así. Además, con ese aire de suficiencia, de «yo te he calado, viejo», con el que la chica escribía las sandeces que parafraseo.

Supongo que por eso es importante escribir, aunque sea once años más tarde de lo que hubiera debido, unas líneas pertinentes sobre Salinger. Pero seré breve. Creo que se ha escrito tanto sobre él, que casi todo lo que uno pueda decir a estas alturas sobra.

De entrada, hoy nadie se acuerda de las circunstancias coyunturales que pudieron garantizarle a este autor el éxito sociológico inicial, y aun así se le sigue leyendo. Hay muchas razones para ello, aunque yo siempre he considerado que Salinger debe su éxito duradero a dos factores principalmente.

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J. D. Salinger, escritor

Primero, el aura del personaje que él mismo creó. El escritor fantasma o escondido, llámese como se quiera.

Con su actitud radicalmente intransigente, Salinger fue quien mejor supo personificar esa pulsión que casi todos los escritores sentimos y que muy pocos osamos llevar hasta sus últimas consecuencias. Cerrar las puertas a la prensa, el no permitir que se le fotografíe a uno, el desaparecer, en suma, es seguramente el deseo profundo de la mayoría de esos tímidos patológicos, confesos o no, que somos los escritores.

Casi todos desearíamos que se supiera lo menos posible de nosotros, que ni aparecieran nuestras fotos y biografías en las solapas de los libros. Que estos se sostuvieran por sí mismos y que los lectores se acostumbrasen a no conversar más que con ellos.

Que hicieran lo que hemos hecho nosotros cuando éramos jóvenes: leer, asentir si nos ha gustado, y seguir a lo nuestro, sin interesarnos más allá de lo imprescindible por el autor.

Thomas Pynchon, 1973

Esto, que supone un suicidio comercial en la mayor parte de los casos, solo lo han conseguido con éxito tres escritores recientes: Salinger, Pynchon y Elena Ferrante. Matizo «con éxito», porque la clave está en desaparecer físicamente y que no lo haga, a la vez, la obra.

Estos tres novelistas han conseguido seguir presentes en el mundo editorial sin tener que dar la cara. Todo un milagro que envidiamos profundamente el resto de los plumíferos, más o menos sometidos a las exigencias mediáticas del oficio.

Un milagro que, además, le ha puesto un marchamo de autenticidad añadida a sus obras.

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La segunda razón –más profunda– es, sencillamente, la espectacular calidad literaria que respira, por cada una de sus páginas, El guardián entre el centeno.

Una calidad que no es comparable –por mucho que a los esnobs y a los pedantes y listillos les moleste (en arte, no me cansaré de repetirlo, la gente con el gusto más refinado y mayor experiencia a menudo acaba coincidiendo con los neófitos en la apreciación de las grandes obras maestras de todos los tiempos)– con la de ninguna de sus restantes creaciones.

Aceptando que hay libros que solo toleran una lectura y otros que necesitan relectores, El guardián entre el centeno es de esas raras creaciones literarias que funcionan a todos los niveles.

J. D. Salinger, 1951

La primera vez que se lee, uno entra en ella con total facilidad. Sigue teniendo una frescura encantadora. Parece escrita con una naturalidad que encandila al oído y que engancha desde la primera frase hasta la última.

Pero es que, luego, uno puede volver a releerla cuatro, cinco, diez y veintiocho veces –y sé lo que me digo: es una novela que desde hace años tengo a mano cuando me pongo a escribir– y sigue funcionando tan maravillosamente bien como la primera.

No hay ni una sola página mala, estoy casi tentado de decir que ni un solo párrafo malo, en todo el libro. Y el tono, tan vivo y logrado, se mantiene uniforme en todo momento. Ni un solo defecto rítmico. Ni un solo fallo idiomático (más allá de aquellos voluntarios, claro, que recrean el habla de un adolescente de la época).

Y eso sí que es el auténtico milagro de El guardián entre el centeno. Y lo que permite que, setenta años después de su publicación, cuando ya no tenemos ni idea de las circunstancias que rodearon la publicación original (y a menudo tampoco de la escandalosa reclusión de su autor), sigamos leyendo y admirando este incuestionable clásico de la literatura del siglo XX.

En El guardián entre el centeno no hay truco, solo auténtica y genuina literatura: la que sale del yo más profundo.
 

Sobre el autor
(Madrid, 1971) Es licenciado en Historia Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. En 1994 quedó finalista del premio Nadal con su primera obra, Historias del Kronen. La novela tuvo una gran repercusión y abrió las puertas a una nueva generación de escritores. Tras su publicación el escritor vivió durante varios años entre Madrid y Toulouse. Actualmente reside en Madrid.
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