Esta es la tercera y última entrega de la entrevista realizada por Julio Hardisson al escritor, periodista cultural y poeta Samir Delgado (Las Palmas de Gran Canaria, 1978) a propósito de su ensayo Turisferia (Clavijo y Fajardo, 2023). El libro recoge una miríada de voces del arte y la literatura que iluminan las múltiples facetas del fenómeno de la ciudad turística global, con una fuerte atención al imaginario canario. Turisferia obtuvo recientemente el Premio Clavijo y Fajardo de Ensayo.
[Leer la segunda entrega de Turisferia]
En Turisferia se reflexiona sobre la relación entre franquismo, desarrollismo y turismo. ¿Hasta qué punto crees que la España contemporánea se entiende mejor si se lee desde el turismo –sus costas, sus cuerpos, sus imaginarios de modernización, ocio y consumo–, y no solo desde la Transición, la democracia o la modernización económica?
Hay poemas muy bellos de Derek Walcott dedicados a los paisajes españoles. Buena parte de la literatura de viajes ha tenido ese perfil de configuración sobre los espejos de la propia identidad.
La España de los poetas de la generación del 27 sigue siendo fabulosa, inspiradora, y lo que sucedió con el franquismo todavía arrastra unas cicatrices deprimentes, que afectan a la propia convivencia democrática.
Hay novelas del boom turístico, aún falta que la crítica literaria y el ensayismo hagan su trabajo. El problema es que los miles de titulados universitarios en humanidades están en situación de precariedad laboral, las instituciones son un desastre. Como en las islas, nadie parece asumir que la literatura y el arte son espacios de referencia que interpelan a un diálogo fructífero y, en consecuencia, la decadencia comercial y la mediocridad se imponen.
Hay que forjar un cambio de rumbo, por eso las protestas contra el turismo resultan necesarias, pero considerando también que ya el turismo es parte intrínseca de las sociedades, desde los movimientos sociales se debe madurar en la búsqueda de alternativas viables.
La literatura y el arte vuelven a ser decisivas para nutrir los debates, cada librería que se cierra es un drama absoluto; en todas las ciudades turísticas deberían aprobarse normativas municipales para abrir las 24 horas las bibliotecas y los museos; debería existir además una constitución turística internacional; poner fin a los desahucios y a la especulación, a la barbarie de las privatizaciones; en los aeropuertos se deben fundar jardines, mejorar la estabilidad laboral en los hoteles, que dicho sea de paso, fueron levantados metro a metro, por la clase trabajadora de cada país.
En todas las ciudades turísticas deberían aprobarse normativas municipales para abrir las 24 horas las bibliotecas y los museos.
Yo creo que en esta tercera década de siglo, está por escribirse una historia de la literatura de lo turístico, como filón hermenéutico que atraviesa el mapa de la península ibérica en su multiplicidad esencial. Con especiales conexiones que hilan lo europeo y lo americano, el latido intercontinental y transhistórico que define los sustratos identitarios de lo español, que no es patrimonio de las derechas.
Y no se olvide el papel que han tenido las islas, desde Cuba y Filipinas, Puerto Rico. La dialéctica entre centro y periferia concierne desde sus orígenes, por eso opino que las Autonomías son una fase más de un proceso histórico, llega el turno para volver a los federalismos. En la Macaronesia existe la gran oportunidad de una alianza de archipiélagos, que las biodiversidades se unan para fortalecer la defensa de sus territorios y que se garantice el progreso real, la calidad de vida: lo posturístico va en este sentido de la historia.
Y Canarias está en la avanzadilla. No se entiende el devenir insular sin el paradigma de lo turístico, a fin de cuentas se trata del concepto de la mirada, de los vértices de la contemplación y del comportamiento social.
Hacer turismo es un derecho universal de conocer el mundo, las existencias paralelas, el propio “yo” contemporáneo no se entiende sin esta premisa. Todas las literaturas nacionales parten del viaje, de la introspección y la interrelación con lo real y lo soñado.
Otra cosa bien distinta, es el modo de turismo imperante, sistémico, connatural al dinero y a la aduana, a la maquinaria de los deseos y de los destinos. No debemos dejar en manos del poder económico el desenlace de esta encrucijada.
La bella posibilidad de un mundo mejor radica en el ideal de lo lúdico universal, sociedades emancipadas. Puede ser una liberación de las opresiones y de los expolios, bosques y costas para las libertades ciudadanas, la utopía archipielágica proviene desde los griegos, vamos a ver qué pasa.
Si las islas se ven afectadas por fuerzas globales que las exceden –capital multinacional, monocultivo turístico, especulación, dependencia económica–, ¿qué margen queda para la resistencia cultural, política o imaginativa desde el propio territorio?
Hay fotografías y obras pictóricas de artistas como Karina Beltrán y Greta Chicheri que demuestran un repertorio de imaginarios posturísticos (a ellas dediqué páginas en el ensayo Turisferia). La constelación de autorías internacionales es pródiga y diversa, en muchos idiomas, al igual que poemarios y novelas que sostienen un mismo pulso de resistencia.
Aquí en México he ido descubriendo una misma tendencia, desde Cancún a Mazatlán, pasando por Acapulco. Ya tengo checada la bibliografía para proyectos venideros sobre el Pacífico.
La literatura y el arte comparten el denominador común de ser archivos de vida en los cuatro puntos cardinales. Y en las islas, el potencial iluminador de obras poéticas como las de Manuel Padorno o Andrés Sánchez Robayna ejemplifican que la dedicación lírica forma parte del escenario esencial de las sociedades. Los imaginarios que representan la vida y el sentir de las culturas se nutren de escrituras demiúrgicas, de libros.
Se extraña mucho que vuelva a resurgir el oficio del crítico de arte, los museos requieren nuevos diálogos interdisciplinares.
Mi admiración por autores vivos como Lázaro Santana en Canarias, con una sólida obra poética y una labor crítica excepcional, me llevan a mantener siempre el optimismo y la vocación de continuar por ese camino.
La movilidad turística y la movilidad migrante se dan simultáneamente en el archipiélago canario. ¿Puede una literatura posturística mirar simultáneamente al turista y al migrante? ¿Qué revela ese contraste sobre la organización moral del mundo contemporáneo?
Dijo André Breton que las islas eran algo así como los lugares hipersensibles del planeta. La dinámica universal de nuestra cultura atlántica echa sus raíces en lo solidario, Canarias siempre ha sido un espacio de convivencias y de mestizajes
Ser anfitriones de millones de turistas ha dotado al archipiélago de una mayoría de edad que debe canalizar sus potestades y aspiraciones. Aunque el enfado y el malestar son más que comprensibles, podemos encontrar una salida al actual proceso de saturación mediante fórmulas imaginativas, desafiantes, ante el statu quo. El drama humanitario de las guerras y de las migraciones no puede continuar y nuestras islas pueden ofrecer esa vía de sosiego democrático y de tolerancia, además de poner fin a lo especulativo irracional que se ha adueñado del presente.
En el itinerario de nuestra historia, lo insular emigrante inventó América, así como también la propia herencia ancestral de la canariedad proviene de la arribada a las islas de poblaciones bereberes del norte de África.
Las idas y vueltas de la historia muestran un arcoíris de alteridades, de ahí que la literatura posturística encuentre en ese vector multicultural su mejor sintonía con la realidad.
Además, en la ciudad turística hay algo más que desenfreno consumista y deterioro de las costas. Muchas familias ya son mestizas y nativas a un tiempo, la pertenencia al sueño insular sigue vigente en los nuevos ciudadanos con apellidos europeos, marroquíes o hindúes: el acento canario es incondicional.
Se debe explorar ahora ese mundo onírico que saldrá de creaciones inspiradas en una urbanidad casi intergaláctica. Muchos poemas de David Guijosa y Acerina Cruz están inspirados en esas vivencias, amorosos y existenciales, polifónicos: algo se salva a pesar del precipicio neoliberal y posmoderno.
La playa es un espacio diáfano, intersticial, macaronésico y caribeño. Las poéticas venideras tienen ante sí el desafío de los nuevos conceptos para realidades emergentes. Es un momento apasionante para escribir y para pintar, hacer cine y teatro.
Los millones de euros que se gastan los gobiernos autonómicos en ferias de turismo deberían invertirse en becas y estímulos para la creación contemporánea.
Hay que nivelar la balanza, el beneficio económico de las cadenas hoteleras no puede estar por encima de las demandas ciudadanas para lograr unas islas equilibradas y sostenibles, basta ya.














