
Presentamos, en exclusiva, el primer capítulo de La mirada de la Diosa, la nueva obra de la escritora vallisoletana Miriam Conde Redondo. Una novela histórica distinta a las frecuentes. En este libro los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial cobran fuerza en la vida íntima de personajes anónimos. El día a día de la humanidad ocurre en los pequeños actos, mientras los grandes sucesos determinan las noticias.
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CAPÍTULO 1. Un mensaje del fondo del mar.
Madrid, 1992.
Doña Laura se moría. Sus ojos, nublados por la morfina, miraban hacia la puerta de la habitación, esperando que entrara su nieto. No quería morirse sin despedirse de él, sin darle un último abrazo… y contarle su secreto. Ahora ya era un adulto, con su sitio hecho en la vida. Confiaba en que ya no pudiera hacerle daño.
La poderosa droga había embotado sus sentidos, ya no le dolía nada, aquel mal sordo que le mordía las entrañas…, era tan suave, tan dulce la ausencia de dolor…, sólo tenía que cerrar los ojos y dejarse llevar… la muerte no parecía tan terrible.
Pero no, tenía que hablar con Gonzalo… ¿Por qué tardaba tanto? Sus ojos acuosos permanecían atentos a la puerta. Trató de distraerse, fijándose en su color blanco inmaculado, Como el resto de la habitación, limpio, aséptico, impersonal. Estaba conectada a unos aparatos que revelaban su ritmo cardiaco, su tensión, su respiración. Instalada en aquella carísima cama de un hospital privado, su nieto Gonzalo no había reparado en gastos para atenderla.
A ella tanta cosa le asustaba, y en realidad daba lo mismo, se estaba muriendo. Se agitó en la cama, en un desesperado gesto de rebeldía.
Una enfermera eficiente y compasiva, adivinando el porqué de su agitación, trataba de calmarla:
—Tranquila, Doña Laura, el Señor Molina está avisado y viene de camino. Le voy a poner música para que se distraiga un poco.
Desde un altavoz situado en una esquina de la habitación, se comenzaron a oír las relajantes notas de una melodía de Schubert, uno de los compositores favoritos de la anciana. Pese a la suavidad de la composición, la fuerza de la música logró cautivarla una vez más. Se dejó llevar por las frases musicales, aquellos arpegios difíciles que hicieron que los dedos de la mujer se movieran instintivamente en las teclas de un piano imaginado.
La música había sido su profesión, su vida. Hija de un catedrático de universidad que no sobrevivió a su encierro en las horas más negras de la guerra civil y muerta su madre en los primeros años de su infancia, doña Laura intentó salir adelante gracias a los ahorros familiares. Pero estos se agotaron pronto en un Madrid asediado, donde el pan se vendía a precio de oro y donde una joven sola de veintipocos años tenía difícil su supervivencia.
Había recibido una educación cuidada, hablaba aceptablemente el inglés, una extravagancia en aquel tiempo, pintaba a la acuarela y tocaba el piano. Pero en el Madrid torturado por las bombas no quedaba espacio para la música, Así que logró sobrevivir aquellos durísimos años alquilando las habitaciones a corresponsales extranjeros que habían venido a cubrir la guerra civil y se habían quedado atrapados en la enorme ratonera en la que se había convertido la capital.
Por suerte para ella, Blasa, la criada de la familia, no se decidió a abandonar a la joven a su suerte, y se quedó con ella compartiendo los sinsabores de la vida en pleno asedio. Blasa, además de una incansable trabajadora, constituyó un formidable perro guardián para Laura, y sacó a la joven en más de una ocasión de situaciones desagradables, sobre todo cuando se trataba de cobrar la cuenta a los inquilinos, una variopinta colección de seres humanos a los que nunca preguntaron por sus asuntos.
Más tarde, en la posguerra, logró ganarse la vida gracias a la música, enseñando a tocar el piano a los retoños de la nueva burguesía de Madrid, las hijas de los nuevos ricos nacidos del estraperlo.
Los sonidos fueron despertando en Doña Laura sentimientos ya olvidados. El hambre y el miedo, el dolor por su padre, tan querido, que murió solo en aquella cárcel… el orgullo herido, mordiéndose los labios hasta hacerse sangre ante aquellas muchachas tan consentidas, a las que daba clase y de las que tenía que soportar su mala educación. Recordó a una en particular, que una vez la abofeteó porque no quería continuar la lección de aquel día…y tuvo que aguantarlo en silencio, con la mayor dignidad que pudo, temblándole las manos de indignación. No dijo nada, acordándose de su hija, que dormía inocente en su cuna, bajo el cuidado de Blasa.
Blanca, su pequeña hija, la madre de Gonzalo…Vio la imagen de Jonathan, un periodista alto y enjuto, con el cabello color maíz y tristes ojos verdes. Jonathan venía de Inglaterra, de Londres, enviado por un periódico de corte laborista, y quería reflejar en sus artículos todo el horror y destrucción de la guerra española. Narraba apasionadamente en sus crónicas que ésta era un ensayo para las grandes potencias, y clamaba por la movilización de Inglaterra, porque el lobo alemán estaba devorando Europa.
Jonathan, Mr. Palsey, había llegado a la casa preguntando por la pensión de Mistress Balasa, y se instaló en una de las habitaciones, añadiendo una preocupación más a Laura. Cada día que pasaba deseaba que aquel inglés alto y desgarbado volviera sano y salvo por la noche. Cuando por fin llegaba, todos en la pensión le interrogaban cómo iba la lucha, y él les iba contando, mientras Laura traducía, en su inglés vacilante, cómo continuaba la batalla en el frente del Jarama.
No podía decirse que fuera un amor a primera vista. Al principio fue más bien la camaradería que proporciona el terror de las alarmas antiaéreas. Cada vez que Laura no podía dejar de temblar durante los interminables minutos que pasaban confinados en el refugio, el larguirucho inglés le sujetaba la mano y la miraba a los ojos sin parar de hablar, tratando de transmitirle fortaleza y serenidad. Sin poder evitarlo, consolándose en su mutua soledad, acabaron enamorándose, y de ese amor nació Blanca. Cuando Laura le contó al periodista que se había quedado en estado, el inglés, ante todo un caballero, le pidió que se casaran. Ella aceptó, pero sólo si se casaban en la fe católica. Al principio Jonathan se resistió, pensando en qué diría su padre, un pastor protestante. Pero decidió vivir el aquí y el ahora y, sobre todo, no fallarle a ella.
El final de la guerra representó para la pareja su época más feliz, con su hija recién nacida. Pero esta alegría duró poco, pues tras anexionarse Austria y conquistar parte de Checoslovaquia y Rumanía, los alemanes habían invadido Polonia. Ésa fue la causa de la declaración de guerra de Inglaterra a Alemania y Jonathan fue movilizado.
Doña Laura tenía la sensación de un gran peso sobre su cabeza, una opresión que le obligaba a cerrar los ojos. Sería tan fácil dejarse llevar y dormirse suavemente, pero no. Todavía no podía partir, no sin despedirse de Gonzalo, no sin hablarle de los cuadernos de su abuelo y explicarle por qué se los había ocultado. Gonzalo, cariño ¿dónde estás?
Las suaves notas de piano le ayudaron a aferrarse a aquella cama, a rememorar las sensaciones que la música despertaba en ella. Pero la morfina la adormilaba cada vez más. Sentía las piernas acorchadas, libres de aquellos dolores terribles que habían sido el inicio de su enfermedad. Hizo un esfuerzo por evocar a sus seres queridos. Su madre, su recuerdo era tan sólo el rostro plano de un retrato en blanco y negro. Su padre, con su barba entreverada de canas prematuras, su querido padre, que no logró sobrevivir al tifus y al que negaron el consuelo de una despedida. Siempre se culpó por no haber hecho todo lo posible por abrazarle una última vez, tenía que haber sobornado a aquel carcelero, tenía que… No, no volvería a pasar, ella aguantaría.
Y el hambre, esa hambre terrible que pudo sobrellevar gracias a la inestimable ayuda de Blasa. ¿Cuántos años hace ya que murió Blasa? No podía acordarse. Le quedó el consuelo de haber sujetado su mano en el lecho de muerte.
Y por supuesto, Blanca, su hija. En aquella época aterradora de hambre y dolor, con su marido ausente, aquel bebé se convirtió en su única certidumbre, se convirtió en lo único bueno y bello que quedaba de la vida. Una lágrima de desamparo rodó por la mejilla arrugada de la anciana.
La recordó el día de su boda casándose de blanco con aquel joven, que no era ni mucho menos un mal partido. Su yerno fue ante todo un buen muchacho y un gran trabajador que aceptó sin rebelarse el destino que su padre había trazado para él, dirigir la fábrica de rodamientos que un día sería suya. Francisco no se limitó a tomar las riendas del negocio, sino que se formó y estudió duro en la universidad. Algunos no entendieron por qué se molestaba, pues el suyo era un comercio que florecía gracias a la guerra. Los rodamientos eran unas piezas imprescindibles en todo tipo de ingenios militares y los jugosos contratos que la familia de su yerno había firmado con ambos bandos habían sido el germen de una pujante industria.
Y había sido ella la que había puesto en contacto a aquellos dos. La contrataron como profesora de piano en casa de los Molina para dar lecciones a Isabel, la pequeña de las niñas. En aquellas clases le dejaban llevar a la pequeña Blanca, de la misma edad que Isabelita, y no tardaron en hacerse amigas con aquella ingenuidad infantil que no entiende de diferencia de clases.
Francisco llegó a contarle que se enamoró de Blanca la primera vez que la vio, sentada al piano tocando con una facilidad pasmosa la misma melodía que había destrozado su hermana minutos antes. Vio a una niña disfrutando y poniendo su alma en cada nota. Fue su entusiasmo, la alegría sin artificios que brillaba en su cara lo que hizo indeleble aquel instante.
Recordó el intenso dolor del momento en el que le dieron la noticia. Iba con Francisco en el coche, de vuelta de una fiesta de alto copete y un conductor ebrio se los llevó por delante. Desde entonces Gonzalo fue toda su vida. Con apenas diez años se quedó sin padres ni ningún hermano que pudiera haberle aliviado y fue ella la única que le quedó como baluarte y referencia. Gonzalo, su niño, ¡qué orgullosa estaba de él! Había heredado la inteligencia de su padre, pero también el carácter terco y persistente de su abuelo Jonathan.
Jonathan, el tiempo había desdibujado las líneas de su rostro hasta convertirse en un recuerdo difuso. A mediados de 1941 había vuelto. Para pedirle que le acompañara, dijo, con sus largas piernas, que parecían construidas para alguien más grande que él, y su añorado pelo pajizo revuelto bajo la gorra que se cayó al suelo cuando se estrecharon en un profundo abrazo.
Le habían aceptado en el cuerpo de operadores de radio, y en ese punto álgido de la contienda, necesitaban el mayor número de estaciones posible para interceptar las comunicaciones alemanas. Toda la familia se mudó a un pequeño rincón del Cantábrico, a un pueblecito minúsculo llamado Puerto Calderón y allí se instalaron en un antiguo faro, en el que Jonathan trabajaría como farero. Pero su verdadero trabajo era controlar la radio e interceptar las emisiones enemigas. La vieja construcción servía a la perfección para camuflar la antena.
Ella no llegó a conocer muy bien cuál era el sentido de su misión, pero vio que se la tomaba muy en serio, escuchando horas y horas pegado a un enorme aparato receptor colocado en la linterna del faro.
Atento a las señales de radio, su marido pasaba muchos días en aquel pequeño cuartucho. También instaló allí una pequeña cama, para estar atento y captar las transmisiones de noche. Su vida entera se desarrollaba en aquella pequeña estancia, en la que sólo admitía su presencia y la de la niña. Cuando la máquina estaba muda bromeaba con ellas y hablaban de cosas intrascendentes, pero en cuanto escuchaba alguno de aquellos rítmicos pitidos su marido se transformaba y su mano tomaba nota como un autómata de los extraños códigos que se transmitían desde algún lugar desconocido, en medio del Atlántico norte.
Fue mucho más tarde cuando supo que Jonathan se estaba jugando la vida, no sólo la propia, sino también la suya y la de su hija.
Desangrada y descosida por los cuatro costados por la guerra civil, España no entró oficialmente en guerra, no hubiera podido hacer frente a semejante esfuerzo bélico. Pero el que no entrara en la guerra y fuera neutral en la teoría no quiere decir que no escondiera sus simpatías por las potencias del eje.
Su esposo era un agente de las fuerzas británicas y tenía que hacer su trabajo con total discreción porque de conocerse lo detendrían y lo entregarían a los alemanes.
España se había convertido en un hervidero de espías de uno y otro bando. Cualquier información podía tener un valor incalculable en las manos adecuadas, así que los británicos dieron cobertura a su tapadera de misántropo farero como forma de enmascarar su verdadera actividad.
―Gonzalo, ¿por qué tardas tanto? ―gimió la anciana.
Gonzalo Molina salió con prisa del despacho en cuanto recibió la llamada del hospital. Le dijo a Ana, su secretaria, que cancelase todas las reuniones de su agenda de los próximos días, mientras se colocaba con gesto duro las solapas del abrigo. La mujer corrió tras él subiéndose la montura de las gafas y le preguntó que a quién debía pasar los temas más urgentes.
Le pareció escuchar que nombraba al director de marketing estratégico mientras se cerraban las puertas del ascensor con un crujido metálico.
―Que no sea nada, don Gonzalo, ―le dijo el conserje que le sujetaba la puerta del garaje.
El vehículo arrancó veloz, conducido por el eficiente Tomás, que sin pérdida de tiempo se sumergió en el bullicioso tráfico de la capital madrileña. Debía salir desde el centro hasta la calle Arturo Soria donde se encontraba el hospital privado y carísimo que estaba tratando de alargar la vida de su abuela. La yaya Laura había sido siempre la mujer fuerte que guio sus pasos desde que perdió a sus padres. Ella era su centro y su referencia, la que le animó a estudiar, la que le enseñó a no dejarse vencer por las tentaciones de una vida fácil ni a malgastar la herencia que había recibido de sus padres, no sólo la económica, sino también la intelectual. Aquél que no desarrolla sus potenciales, le decía, se engaña a sí mismo, y tú eres demasiado listo para dejarte engañar. Le empujó a forjarse una carrera y no hay duda de que lo había conseguido. Gonzalo Molina fue el ingeniero más joven salido de la escuela de telecomunicaciones. No hubo persona más contenta que su abuela el día de su graduación, el día en que le devolvió el mando sobre la fábrica de su padre, la que aprendió a dirigir con mano férrea durante su minoría de edad.
Unida la herencia a su fuerza emprendedora, Gonzalo supo ver mejor que nadie el potencial de las tecnologías inalámbricas. Internet era ya el presente y el mundo se entusiasmaría ante el teléfono móvil. En cuestión de diez años, el grupo Molina había levantado todo un imperio de telecomunicaciones. Sus redes se extendían por todo el este de Europa, desde las recién nacidas repúblicas bálticas hasta las estepas rusas.
Gonzalo se removió impaciente en su asiento. Otro semáforo en rojo, otra vez parados en un atasco.
―No puedo más, déjame en la parada de metro más próxima, por favor.
―De acuerdo, señor, no olvide que tiene que hacer transbordo.
Bajó las escaleras a la carrera, en medio de aquella apretujada muchedumbre que se ponía en medio y no dejaba pasar. El interior del vagón estaba atiborrado, tanto que se sintió falto de aire. Debería estar preocupado por si el niño de la chocolatina le manchaba su abrigo comprado en Londres, pero no estaba para esas tonterías. Tenía que llegar como fuera, el mensaje de la enfermera no dejaba lugar a dudas, la abuela se estaba muriendo.
Salió de la boca del metro a la carrera y tras girar la cabeza un par de veces para orientarse no paró de correr hasta alcanzar la puerta del hospital.
Con el corazón acelerado y la voz entrecortada por la fatiga llamó a la puerta con suavidad y se acercó hasta la cama de su abuela.
Doña Laura abrió los ojos, tratando de luchar contra el efecto de los calmantes. Necesitaba estar consciente. Por fin había llegado su niño.
Alargó una mano temblorosa por encima de la sábana, sin apenas fuerzas para moverla.
Gonzalo la miró y sus ojos brillaron con la conmoción. Su abuela estaba apagándose como una pavesa.
―Yaya, estoy aquí ―le dijo con voz entrecortada, mientras le tomaba la mano.
La persona que más quería en el mundo le iba a dejar solo. Notó una opresión en el pecho, una congoja que le impedía respirar. Quería decirle tantas cosas, recuperar esos instantes perdidos, pero se le cortaron las palabras. Quería llorar, quería gritar que no se fuera, pero se contuvo al ver que la anciana quería hablar.
―Jonathan, Jonathan, no puedo irme sin contarte su secreto…
― ¿Me hablas del abuelo, yaya? ¿Qué pasa con él?
―Sus cuadernos con sus códigos. Esos códigos que no funcionaban, que le volvieron loco, de la guerra, hijo. Esos malditos alemanes que desquiciaron el mundo, se llevaron también la mente de tu abuelo. No vivía más que para descifrar aquel galimatías.
Un golpe de tos entrecortó sus palabras.
―Se los dejó a Blanca, pero ella no los quiso, ni tampoco que tú los vieras, tenía miedo de que te volvieras loco como él. Quizá tú seas capaz de leer el secreto que encierran esas cifras… Sus cuadernos…locura… en la caja fuerte reloj, el reloj del abuelo…ten cuidado, hijo.
Agotada por el esfuerzo, la anciana cogió una última bocanada de aire.
―Adiós, mi niño, eres un buen chico, ven que te doy un beso…
Con la última fuerza de la llama que se apaga, con la entereza de quien sabe que se va a sumir en la oscuridad, la yaya Laura le dio un beso en la frente y cerró los ojos para no volver a ver.









