La nueva subjetividad (Franz Ediciones, 2025) es el último libro de Alfonso García-Villalba (Murcia, 1975). Nuestro colaborador Diego Sánchez Aguilar explora y analiza esta obra sui géneris, una mezcla de novela pastoril distópica y de ensayo sobre el desierto y el vacío.
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No es fácil realizar una reseña de La nueva subjetividad, la última obra de Alfonso García-Villalba. Tras terminar de leer este libro, uno se debate entre dos opciones: permanecer en silencio y dejar que la fascinación de su prosa siga envolviéndole, o alejarse completamente de ella y afilar los cuchillos para realizar un estudio en profundidad que analice las infinitas sugerencias que la lectura ha despertado, algo que, por la cantidad y calidad de elementos puestos en juego en este libro, llevaría al territorio de la tesis doctoral.
Ambas opciones atentan contra la misma esencia del género de la reseña, contra su brevedad y carácter expositivo.
Y, puesto que de géneros hablamos, lo primero sería advertir al lector de la cuestión genérica del libro, algo de lo que ya se encarga el texto de la contraportada de la preciosa edición de Franz:
La nueva subjetividad no es una narración sino una ondulación lingüística que se expande hacia la novela, el ensayo, la crónica o la poesía, alejándose del ‘Super Flaubert Fiction System’.
“Ondulación lingüística” no aparece en la categorización de géneros literarios de Aristóteles, Hegel, Todorov, Bajtín o García Berrio. Y, sin embargo, es una definición precisa de la forma en que La nueva subjetividad fluye, en ondas, como el mar o las dunas del desierto, entre el ensayo, la narración y la poesía.
Aunque sea una traición a la esencia de lo que este libro plantea, creo que una forma razonable de intentar una reseña sería emplear un método analítico para separar lo unido, trazar límites allí donde el texto los elimina.
Así que: si es una novela, qué cuenta; si es un ensayo, qué tema trata; si es un poema, qué canta.
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Empecemos por la novela. Si entendemos ese “Super Flaubert Fiction System” como la narración de tradición realista, entonces, sí, podemos afirmar, con el texto de contraportada, que La nueva subjetividad se aleja de ese modelo.
El chiste malo, atendiendo a uno de los elementos más importantes de este libro, sería decir que “pone tierra (o arena) de por medio”. Todo un desierto, para ser más exactos.
Y podemos afirmar, también, que Alfonso García-Villalba se aleja más aún de lo que ya lo había hecho en sus publicaciones previas: la colección de relatos Esquizorrealismo (2014), y las novelas Homoconejo (2016) y Signos herméticos de una nueva melancolía (Franz, 2021).
Ninguna de las anteriores podía calificarse como “narrativa realista”, desde luego, pero sí podían encajar, con cierta comodidad heterodoxa, dentro del género narrativo, algo que ahora, con La nueva subjetividad parece haber dejado atrás.
En cierto modo, toda la obra de Alfonso García-Villalba puede leerse como una impugnación del realismo que va más allá de una cuestión genérica o literaria, pues en dicha impugnación anida un cuestionamiento más amplio sobre qué es aquello que entendemos por “realidad” y, por lo tanto, qué es aquello que entendemos por “identidad” o “subjetividad”.
Para este autor, es una ingenuidad considerar que se puede utilizar el lenguaje como instrumento o vehículo con el que contar una historia o explicar una idea, sin cuestionarse, en un nivel ontológico, qué es un personaje, qué es una voz narrativa y, sobre todo, en qué medida es ese lenguaje el que nos construye a nosotros, y no al revés.
El texto es una máquina o un ser vivo que se alimenta del autor, del lector y de la realidad, (de)generando más realidad: “Escribir no es contar historias sino lo contrario. Ser consciente de que el pensamiento es narración”, se dice en algún momento.
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Pero, si aceptamos que La nueva subjetividad es una novela, lo que cuenta es una historia de amor (y de desamor) protagonizada por N (un trasunto del narrador-autor) y por dos amantes, Panamá y Egeo. Si es una novela es, además, una novela pastoril, en la que la N del protagonista es una huella que señala la presencia/ausencia de Nemoroso, el pastor de las Églogas de Garcilaso que se lamenta por la pérdida de la amada y recuerda obsesivamente los momentos de felicidad que pasó junto a ella en un locus amoenus.
El propio texto explica que, en algún momento de su escritura, antes de devenir o mutar en otra cosa, la intención era crear una novela pastoril distópica en la que el locus amoenus se sustituía por el desierto. El espacio narrativo de esta novela pastoril (o de su fantasma) es un motel con una piscina en un árido emplazamiento de la Región de Murcia. Es un (no)lugar en medio de un desierto que avanza implacable, amenazante y caprichoso como el fuego que también hace su aparición en la segunda parte del libro.
La acción no es convencionalmente novelesca: no hay una historia de amor de la que se relate su origen, su plenitud y su acabamiento; no hay escenas de celos o efusiones sentimentales. Lo que hay es algo así como un estancamiento, una obsesión de carácter casi onírico, una sucesión de escenas en la que unos cuerpos y unas conciencias aparecen en ese hotel una y otra vez, hablan, se tocan y se mueven.
No hay, desde luego, un desarrollo lineal de acontecimientos que desemboquen en un desenlace:
La linealidad con final es lamentable. La linealidad discursiva nada tiene que ver con los recuerdos; los recuerdos son bucle, espiral que se siente incluso en el cuerpo.
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Otro elemento novelesco que se superpone sobre los restos o ruinas de aquella novela pastoril es el biográfico. No voy a emplear el término “autoficción”, pero el narrador, el personaje de N y el autor fluctúan y se confunden o se alternan durante todo el libro. Esto hace aparecer a personajes como Olvido y Luis, dos niños que tienen los mismos nombres que los hijos de Alfonso García-Villalba. La ficción y la biografía (otra forma de ficción, de escritura, etimológicamente) se superponen y confunden.
Los personajes de Egeo y Panamá arrojan sombras biográficas también sobre el texto que se autodefine como:
Un híbrido donde la biografía es una sombra de la ficción o, tal vez, la ficción es una sombra de aquella.
La palabra “híbrido” aparece con frecuencia. Y lo hace porque, además de (no) ser una novela pastoril y de (no) ser una novela de autoficción, La nueva subjetividad (no) es una novela postmoderna. Cuando digo postmoderna me refiero a la metarreferencialidad, a la forma en que gran parte de lo que sucede en torno a ese motel y a esas historias de amor no es tanto narrado como comentado por la voz narrativa.
El comentario sobre lo que hacen y dicen esos personajes atrapados en el bucle temporal y el (no)lugar del motel ocupa gran parte del texto. Y gracias a esa voz-comentarista, lo híbrido nos deja ya en el lugar genérico del ensayo.
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Por lo tanto, si La nueva subjetividad es un ensayo, ¿qué temas trata?
En primer lugar, es un ensayo sobre los moteles de carretera que sigue textos de Bruce Begout, pero también es un ensayo sobre el desierto que parte de textos de Bryon Gysin y, por supuesto, es un ensayo sobre la melancolía que se apoya en textos de Julia Kristeva, aunque esto también deriva hacia un ensayo sobre el vacío que cita a autores como Osman Spare, Eugene Thacker o el Maestro Eckhart.
Del mismo modo que, en lo narrativo, se podía ver la huella de un abortado proyecto de novela pastoril, podría decirse que, en lo ensayístico, se puede ver la huella de un ensayo “convencional” que uniría los conceptos de desierto, no-lugar, melancolía y nihilismo. El fantasma de un ensayo que ha sido sin embargo degenerado o fagocitado por el texto, por la voz y la palabra que constituye La nueva subjetividad.
Ahí está la documentación, ahí están las citas (que parecen más un empleo de la técnica cut up de Burroughs que las de un estudio académico); pero no está el pensamiento (entendido como razón analítica, como argumentos que avanzan hacia una tesis, del mismo modo que, en lo narrativo, están los personajes, el espacio y el tiempo, pero no está la linealidad de la historia que avanza hacia un desenlace):
Con frecuencia la comprensión está sobrevalorada y pocas personas son conscientes de la bendición que supone la ausencia de entendimiento, la claridad que un desierto semántico y su inercia procuran. Pensar es algo fugaz que se deshace y muta.
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Lo que nos lleva a la última de las cuestiones genéricas. Si La nueva subjetividad es un poema, ¿qué canta?
Porque en este libro, todo se resume en una voz, en un texto que fluctúa y se va moviendo como una duna que se traga (y transforma, digiere y unifica) todos los elementos que en esta reseña hemos intentado separar como distintos, para convertirlos en un solo ritmo, en una sola emoción.
Como en la mejor poesía, La nueva subjetividad no habla sobre nada, sino que, simplemente, es, se mueve, respira, crea su propio contexto, sus propias leyes y, sobre todo, su propio ritmo.
Una vez más, como el organismo sintiente, cantante y pensante que es, el libro se autodefine:
Este libro es un cuerpo que piensa y se mueve igual que las dunas, se recompone y avanza del mismo modo en que la arena lo hace (…). Este libro es su propio protagonista.
Como no hay nada (salvo ruinas, citas) del ensayo convencional; y como no hay nada (salvo fantasmas) de la novela convencional, cuando aquí se habla de poesía, tampoco hacemos referencia a una sentimentalidad garcilasiana y pastoril aunque sí queda, también, la huella: pasajes en verso, citas de otros poetas.
Pero lo que hay aquí de poético es la respiración, ese ritmo de murmullo ensimismado que se filtra en el lenguaje o en la conciencia del lector y que, como la duna o la máquina que es, también engulle.
Es un poema cantado por una conciencia cansada y melancólica, reflexiva y hueca, que huye de lo sentimental. Es un poema, como quería Machado, por su entidad temporal. El texto es un tiempo, un instante que se crea y mágicamente se sostiene en su propio ritmo:
Aquello que pienso representa un estado temporal, una proyección mental esencialmente provisional, fugaz.
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Como la buena poesía, La nueva subjetividad no se puede contar o resumir; no tiene sentido intentar explicar de qué va este libro como no tiene sentido explicar qué dice un poema porque un poema dice lo que dice, un poema es lo que dice.
Mi único consejo, para finalizar, sería: lean La nueva subjetividad, déjense engullir por la arena de esta magnífica duna que avanza y se transforma en cada página.














