En 2022, México superó la cifra oficial de 109.000 personas desaparecidas, la mayoría de ellas a partir de 2006 a manos del narcotráfico, el crimen organizado y de las fuerzas de seguridad del Estado. Nuestro colaborador Rubén Bleda analiza El libro de nuestras ausencias (Ed Candaya, 2022), la última novela de Eduardo Ruiz Sosa (Culiacán, 1983), quien reflexiona sobre las desapariciones en el norte de México, de cómo la sierra y el desierto se han convertido en inmensas fosas comunes, en cementerios sin topografía, en opíparos graneros de muerte.
[Leer un fragmento de El libro de nuestras ausencias]
***
El vientre de la tierra se llena de cadáveres, mientras la superficie se llena de sus fantasmas. México es un país lleno de fantasmas, escribe el autor. Después de quince años de trabajo y distintas versiones, Eduardo Ruiz Sosa no ha encontrado otra manera de mirar a este presente que este libro roto, de palabras rotas, voces quebradas, personajes que no están, pero tampoco se han ido.
Con El libro de nuestras ausencias, que campea ya por su segunda edición, Eduardo Ruiz Sosa se confirma como un sólido exponente de la mejor narrativa hispanoamericana actual. Tras Anatomía de la memoria (2014) y Cuántos de nosotros han muertos (2019), novela y compilación de cuentos, editados ambos por Candaya, nos brinda ahora esta novela extraordinaria, poderosa, desbordante de su propio género, con una sintaxis de poema, unos silencios de teatro, unas sentencias de tragedia. Un libro roto, sí. Roto porque no tiene costuras. Roto porque no tiene paredes.
De fondo, decíamos, el drama de las desapariciones en el norte de México. Hay algo siniestramente industrial en esta forma de desaparecer a las personas y esconderlas bajo tierra. La espeluznante hipérbole de una criminalidad descontrolada.
Pero esta novela no cuenta la violencia sino sus resultados. Los crímenes quedan fuera de campo, o fuera de página, y lo que tenemos es la ausencia y las estrategias para afrontarla y las paradojas que producen estas estrategias.
***
Irónicamente, la desaparición que pone en marcha la acción no es achacable, en principio, a la criminalidad sistémica de México. Es la de Orsina, una actriz enferma de cáncer de la que se hacen cargo unos oscuros familiares que la llevan de clínica en clínica para dar esquinazo a sus amigos. Ellos la localizan una y otra vez hasta que finalmente le pierden la pista. Teoría Ponce se obsesiona con su búsqueda y en el transcurso de la misma entra en contacto con las Rastreadoras, un grupo de mujeres organizadas para investigar la desaparición de sus hijos, de sus hermanos, encontrar fosas comunes e identificar cadáveres.
Mientras Teoría se embarca en esta aventura, su hermano Róldenas intenta salvar de la quiebra la imprenta que ambos regentan y su amiga Inga se las arregla para mantener el teatro en el que vive y del que vive.
***
Eduardo Ruiz Sosa acierta en la forma de narrar, en la selección de su elenco de actores, en las tramas y subtramas y personajes y subpersonajes que conforman la novela, generando, entre los distintos elementos de la obra, una complicidad metafórica perfecta en torno a la fenomenología de la ausencia.
Los personajes que no están, pero tampoco se han ido, pueden ser tanto los ausentes como los presentes, los vivos como los muertos.
Así, una prosa sin puntuación, sin perímetros, se desliza de unas voces a otras, del mismo modo que los ausentes, privados de cuerpo, fluyen entre los vivos, en sus memorias obsesionadas que tratan inútilmente de reubicarlos en otro sitio, de introducirlos en algún sucedáneo de cuerpo.
Los personajes se mueven y se transfieren entre sí y se confunden y se mezclan y se evocan como las ideas y las palabras en la escritura poética, como los ingredientes de una metáfora.
Uno se muere y puede ser cualquier persona. El propio libro es una fosa abierta, llena de cuerpos y de voces imbricadas en una promiscuidad que rompe los límites del tiempo y el espacio. Así como no son los mismos muertos, pero es la misma muerte, no son los mismos personajes, pero es la misma voz.
El libro de las confusiones tanto como el libro de las ausencias. El libro de las presencias que se acumulan y se transfieren.
El muñeco de Orsina que en manos de Fernando Ciego representa al tío Manrique; hijos de cartón que se sientan a cenar con la madre; Joaquín Vera que entra en la cárcel y su nombre acaba en posesión de otro preso; las madres que adoptan el nombre de sus desaparecidos.
En la otra cara de la moneda, las presencias que se amontonan en un solo cuerpo, como los personajes interpretados por Gastón Tévez o las fotos de innumerables desaparecidos con los que Teoría Ponce confecciona el rostro de Orsina.
***
También los espacios se contagian de esta capacidad para solapar identidades: la imprenta que se vuelve templo expiatorio, la casa de los colonos que se hace fosa, la cárcel que se transforma en teatro.
El teatro se erige en metáfora maestra de la novela, ya que un personaje es una voz sin cuerpo, dice la Inga, y el trabajo del intérprete que es lograrse un cuerpo sin voz.
El concepto barroco del gran teatro del mundo, del show must go on, habla con una elocuencia emocionante de este país lleno de fantasmas que siguen poblando los escenarios de la vida, representando el papel invariable de su ausencia sobre el tablado de la angustia de quienes los buscan.
México es un teatro esquizofrénico. Incluso una misma palabra puede hacer dos papeles protagonistas, interpretar dos sentidos antagónicos:
y a los dos procesos los llaman levantar
levantaron a los vivos para desaparecerlos
levantan los cadáveres para entregarlos a las familias
hacerlos desaparecer, devolverlos al mundo
El verbo que sirve para ser desaparecido, sirve también para ser encontrado.
***
Lo que ha hecho Eduardo Ruiz Sosa, en definitiva, es convertirse en su propio libro, dejándose ocupar por sus personajes, por citas de otros autores, por la historia de su país.
La fenomenología de la ausencia alcanza al autor, que se ha hecho vehículo de otras voces; que, después de largo y acertado trabajo, ha conseguido hacerse colectivo.
Exquisito ejemplo, El libro de nuestras ausencias, de cómo un tema puede encarnar en un lenguaje, de cómo un estilo literario puede ser de la misma sustancia que lo narrado.













