Sergi Bellver: “Del silencio es una novela escrita contra el ruido político, social y mediático de nuestro tiempo” (I)

«Del silencio», Sergi Bellver. Ediciones del Viento, 2021

 
Sergi Bellver (Barcelona, 1971) conversa con Pliego Suelto acerca de su primera novela, Del silencio (Ediciones del Viento, 2021), la historia de un exiliado húngaro (János) y sus reflexiones durante su largo periplo por países europeos. En esta primera entrega de la entrevista, el autor manifiesta la conmoción que le ha causado la invasión rusa a Ucrania y expresa su preocupación sobre la creciente «rusofobia». Además, nos habla de la gestación itinerante de su libro. Bellver cultiva diferentes géneros como la poesía, Gavia (El Desvelo, 2019); la literatura de viajes, Variaciones sobre Budapest (La Línea del Horizonte, 2017); y el cuento, Agua dura (Ediciones del Viento, 2013).

Has publicado recientemente Del silencio, con la que das el salto a la novela. ¿Cómo se fue gestando ese paso del cuento, la literatura de viajes y la poesía a la novela?

En realidad, la novela y el viaje siempre estuvieron ahí. Como comenté en la entrevista que me hicisteis en Pliego Suelto por los relatos de Agua dura, la narrativa de viajes ya rondaba por mi mente aun antes de plantearme siquiera esta vocación. Más tarde, cuando empecé de veras a escribir consciente de lo que era o no literatura, allá por 2010, mi primer proyecto fue una novela. Sin embargo, tenía los pies de barro y tres cabezas, por lo que enseguida me di cuenta de que yo no era todavía, ni de lejos, el escritor a la altura de aquella ambición.

Sergi Bellver, escritor

Me aburre repetir fórmulas y prefiero explorar, así que con cada trabajo he tratado de ponerme a prueba en un género nuevo —llevo cuatro y en el próximo libro me aventuro con otro—, acierte o no en el intento. Con todo, me considero en esencia narrador. En la ficción breve, de largo recorrido o en torno al viaje, pero siempre para contar cosas y decir algo que valga la pena.

Escribí mi poemario Gavia por una búsqueda más personal que literaria, pero aprendí muchísimo durante el proceso. En Variaciones sobre Budapest cerré el círculo que tenía pendiente con la literatura de viajes, y gracias a Del silencio, una historia que se cruzó en mi camino mientras recorría Europa Central, creo haber encontrado por fin mi voz o, al menos, mi terreno natural como escritor.

El título del libro alude a la predisposición del protagonista al silencio; sin embargo, la palabra tiene un gran valor porque no deja de ser lo que nombra, lo que forma parte de nuestras vidas. ¿Cómo pueden convivir las palabras con el silencio?

János se protege del bullicio y de la fealdad del mundo tras varias formas de silencio, pero poco a poco, mientras pasa de adolescente a adulto con los años y los golpes del destino, se va dando cuenta de que el silencio no siempre nos brinda refugio. De que hay también otros tipos de silencio que nos oprimen, nos dejan a la intemperie o nos hacen cómplices de la injusticia.

Del silencio es una novela escrita contra el ruido de nuestro tiempo, ese zumbido de máquinas político, social y mediático que a menudo no nos deja pensar, y del que conviene apartarse un poco, pero no para quedarnos mudos, sino por reencontrar nuestra verdadera voz.

Creo también que mi primera novela, de algún modo, comparte carta de naturaleza con cierta periferia de la literatura contemporánea que no participa de ese ruido de fondo de las modas, la actualidad y el discurso vacío del mercado. Por paradójico que suene haber dedicado más de cien mil palabras a hablar del silencio, supongo que mi única manera de reivindicarlo era con una ficción insumisa a todo ese barullo general.

Sergi Bellver, 2017

La novela recoge dos décadas en la vida de János, un exiliado húngaro instalado en París. De nuevo te nutres de Hungría, como en tu libro de viajes, Variaciones sobre Budapest. ¿En qué medida conectan estos dos libros entre sí?

Absolutamente. Son dos obras hermanas que se gestaron al mismo tiempo y en el mismo lugar, aunque Variaciones sobre Budapest se publicara cuatro años antes que Del silencio, pues la novela me iba a suponer un esfuerzo mucho mayor del que había previsto.

Durante mis paseos por la ciudad, entre el otoño y la primavera, imaginaba escenas y personajes de mi novela mientras escribía una crónica intimista de mi propio viaje, por lo que, en cierto modo, fue una experiencia múltiple y más intensa, al manejar al mismo tiempo dos planos temporales y dos lenguajes literarios: pasado, presente, ficción y realidad. No es imprescindible leerlos seguidos ni a la vez, pues son autónomos, pero cada libro ensancha al otro y le aporta nuevos matices.

El tema del exilio y los que huyen de los conflictos en sus países de origen están muy presentes en el libro. ¿Hasta qué punto este recorrido por la segunda mitad del siglo XX es un reflejo de nuestra actualidad?

En toda gran novela se respira un relato de su época, ya explore el pasado o proyecte un futuro. Del mismo modo que Orwell intentó zarandear a la sociedad de 1948 con su 1984, para cuestionar el presente a veces es mejor saltar en el tiempo, hacia adelante con una distopía o hacia atrás, al darle dimensión literaria a lo que ya ha sucedido.

Pensé en escribir esta historia durante un viaje que hice en octubre de 2015 entre Praga, Viena y Budapest, pero la primera semilla de la que brotó esa idea fue la crisis de los refugiados sirios, cuyos efectos en Europa había empezado a ver de cerca en Alemania, solo unas semanas antes. Así que Del silencio es, entre otras cosas, una alegoría del presente que va más allá de la realidad europea y de los años de la Guerra Fría.

John Steinbeck, 1940

El drama de los exiliados, migrantes y refugiados es atemporal y universal. Por eso Las uvas de la ira, por ejemplo, puede leerse hoy en cualquier parte con la misma vigencia y cercanía que hace ochenta años en Estados Unidos. Aquellos desposeídos que retrató Steinbeck en 1939, los españoles que huyeron también entonces del hambre y de la guerra, los espaldas mojadas en la frontera mexicana, los náufragos del estrecho de Gibraltar o del mar Egeo, y los ucranianos que escapan hoy de la invasión rusa, serán siempre seres humanos empujados al mismo vértigo y el mismo desarraigo.

Con la novela, además, he querido honrar a la generación de mis padres, que apenas fue testigo de la barbarie de la guerra, pero sí sufrió sus secuelas, otras formas terribles de conflicto y, en ocasiones, de exilio interior, silenciada por las mordazas totalitarias de uno u otro signo.

Sin embargo, la historia de János es también un pretexto para hablar de nosotros, de cómo miramos cada vez más hacia otro lado ante la desgracia del prójimo, de nuestra mala memoria para algunos patrones que se repiten y del futuro que nos espera si no construimos un relato honesto y veraz del presente y del pasado.

Aparte de la emigración y del exilio, Del silencio toca no tan de refilón otros temas de nuestro tiempo, como la crisis ecológica, lo absurdo del nacionalismo o el falso mito del progreso, pero también señala ciertas inercias políticas de las que, más de treinta años después de la caída del Muro de Berlín, aún no nos hemos librado. Y no me refiero sólo a esta nueva Guerra Fría cada vez más candente entre Rusia, Estados Unidos y sus aliados.

En mi novela subyace una crítica al dogmatismo y a la hipocresía de buena parte de la izquierda, hecha por un autor que se considera a sí mismo de izquierdas. Pero también una denuncia a los desmanes y a la crueldad del capitalismo salvaje, firmada por un socialdemócrata convencido y poco sospechoso de radical antisistema. No diré que apueste por aquella tercera vía del «socialismo con rostro humano» que intentó poner en práctica la Primavera de Praga, eso se lo dejo al lector, pues ni siquiera lo tiene claro el propio János, el narrador de mi novela. Pero desde luego ni bendigo, ni celebro, ni me convence esta realidad en la que parecemos vivir anestesiados.

Natascha Wodin, 2017

Tal y como comentas, Del silencio cobra una vigencia terrible a día de hoy. ¿Qué piensas de lo que está sucediendo en Ucrania?

Siento una mezcla de vértigo, rabia y tristeza. Pasé seis años dándole vueltas a los peligros de nuestra desmemoria en Europa para escribir mi novela, pero no podía imaginar que el horror fuera a desencadenarse de esta forma. Por muy compleja que fuera la situación entre Ucrania y Rusia, nada puede justificar este acto criminal de Putin.

Dios me libre de la ley de Godwin, pero en este caso las similitudes con la hoja de ruta de Hitler dan grima: la anexión de los Sudetes y la de Crimea, las excusas utilizadas en un caso y otro, la insensata tibieza de Occidente ante las demostraciones de poderío militar del adversario, la propaganda belicista para alarmar a todo un país con una supuesta conspiración internacional y, finalmente, la invasión de Polonia y la de Ucrania. Viendo las atrocidades del agresor en Kharkiv o Mariúpol, pienso que los abuelos y bisabuelos de esos soldados rusos se avergonzarían hoy de ellos, pues nada tiene que ver aquella «Gran Guerra Patria» contra Alemania con esta sinrazón.

De hecho, la letra zeta que lucen las tropas rusas y los nacionalistas que jalean la guerra hace pensar en la esvástica nazi, dos símbolos de un rodillo militarista que arrasa con la razón y la humanidad a su paso. Lejos de «salvar» a Rusia, Putin solo ha conseguido aislar, engañar y atemorizar a sus compatriotas, devolviéndoles a los peores años del totalitarismo soviético.

Como hizo en Hungría en 1956 o en la antigua Checoslovaquia en 1968, el Kremlin no solo ha pisoteado la libertad de otro pueblo, sino que, con una sarta de mentiras, ha enviado a miles de chavales rusos a una muerte absurda, mientras los ucranianos defienden sus hogares como pueden. Bombardear un hospital infantil, una maternidad o un teatro en el que se refugian niños es más que un crimen de guerra, pues no se trata de «daños colaterales», sino de objetivos directos para quebrar la moral de la población y amedrentar al resto del mundo.

Svetlana Aleksiévich, 2019

En ese sentido, la invasión de Ucrania y la amenaza del botón nuclear sobre la mesa es terrorismo mafioso en estado puro. Occidente, Estados Unidos y sus aliados —Israel o Arabia Saudí: ¿por qué nadie habla del Yemen?— también tienen las manos manchadas de sangre, pero ya no se trata de elegir un bando en esta partida, pues Putin acaba de cargarse el tablero.

No es solo la soberanía de Ucrania la que está en juego, sino la seguridad y el modo de vida de, como mínimo, toda Europa, que no puede limitarse a las sanciones económicas ni a acoger a los refugiados con la piel lo bastante blanca —el doble rasero demostrado con sirios o afganos en aquellas mismas fronteras es una vergüenza para toda la Unión Europea—, pues si dejas que el matón del barrio abuse de tus vecinos, le animas a que mañana eche tu puerta abajo.

¿Eres pesimista o ves alguna salida?

Si Rusia gana esta guerra, será un desastre para Ucrania y para el mundo, pues Putin se crecerá y nadie estará a salvo de su próximo delirio. Si la pierde, pero Putin conserva el poder, será también un peligro, pues querrá resarcirse como sea. Y si la guerra se prolonga demasiado, nadie puede asegurar que no se extienda a otros países y lleguemos al colapso global. De modo que, a corto y medio plazo, creo que los ucranianos, los rusos y todos los demás sólo podremos estar a salvo si cae el tirano desde dentro, Rusia deja de una vez atrás esta estúpida dinámica de la Guerra Fría y se convierte por fin en una sociedad democrática y libre.

Pase lo que pase, se han abierto heridas que tardarán generaciones en cicatrizar. Mientras crece la «rusofobia» en el mundo y algunos imbéciles proponen «cancelar» su cultura —como si Chéjov, Dostoievski o Tolstói no hubieran escrito las páginas más hondas sobre el sufrimiento humano y contra los demonios del odio, la ambición y la guerra—, ni un solo ciudadano ruso va a vivir mejor ni más seguro después de esta locura inútil.

Y mientras se extiende la simpatía y la compasión por el pueblo ucraniano, la cruda realidad es que de momento tiene que enfrentarse en solitario al gigante ruso, como le sucedió en su día a húngaros, checos y eslovacos, abandonados a su suerte mientras Occidente se lavaba las manos. La verdad es que no puedo ser demasiado optimista, porque el precio que tendremos que pagar en todo el mundo para detener esta espiral va a ser más alto cuanto más tardemos en reaccionar.

Ediciones del Viento, 2021

Parece que estamos condenados a repetirnos. ¿Tuviste esa sensación al escribir tu novela o siempre hay esperanza?

Solo consigo vencer la tristeza de estas semanas cuando pienso en algunos héroes, y no me refiero tanto a la lucha armada como a quienes mantienen su coraje y su dignidad con otras acciones. Pienso en especial en muchas mujeres, en esas madres que sacan del país a sus familias como pueden y en las que sobreviven a los bombardeos en Ucrania e intentan aliviar el día a día a los demás.

Y pienso también en las que se atreven a alzar su voz contra la guerra dentro de la propia Rusia. Para humanizar esos destellos entre las sombras, me quedo con rostros y nombres concretos, como los de Marina Ovsianikova, la productora que irrumpió en plena emisión de un noticiario ruso para denunciar las mentiras del Kremlin; la bailarina Olga Smirnova, que ha abandonado el Bolshói y su país por no traicionar sus principios; la violinista ucraniana Vera Lytovchenko, que responde a la barbarie con su música en un refugio antiaéreo de Kharkiv; o la médico militar Olga Semidyanova, madre de familia numerosa que salvó vidas en primera línea hasta su final.

Nunca he visto tan avergonzadas y angustiadas a mis amistades rusas, mujeres como Anastasia, Anya o Irina, que solo desean que acabe esta pesadilla entre dos pueblos que sienten hermanos. Y pocas veces he sabido de un acto de amor tan puro como el de Viktoria, una chica ucraniana que, de la noche a la mañana, ha visto las calles de su infancia arrasadas hasta los cimientos, ha perdido a seres queridos, no sabe si sus abuelos siguen vivos y ha ayudado a cruzar la frontera a su madre y a su hermano, pero ha decidido quedarse en Ucrania porque no piensa abandonar a su pareja, quien, como todo hombre en edad militar, no puede salir del país.

Si algún día tuviera que escribir otra novela como Del silencio, una sobre Ucrania, Rusia y Europa, me inspiraría de nuevo en la odisea particular de cada persona, pues el relato más genuino de la condición humana solo puede hacerse desde ahí.
 

Sobre el autor
(Salon de Provence, 1986). Aunque nacida en Francia, España es, sin lugar a dudas, su país de adopción. De hecho, se especializó en literatura española y, concretamente, cursa un doctorado sobre dramaturgia contemporánea. Es co-directora de la Revista de Investigación Teatral Anagnórisis. Y, a pesar de la crisis, también co-dirige la Editorial Anagnórisis, sello digital especializado en teatro y estudios humanísticos.
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