El olvido ubicuo de Paul Valéry: una reseña de ‘Valéry. Tratar de vivir’, de Benoît Peeters (y III)

Paul Valéry, escritor, 1871-1945

 
Esta es la tercera y última entrega de la serie escrita por Bernat Castany sobre Valéry. Tratar de vivir, (Ediciones del Subsuelo, 2021 | Traducción de Mateo Pierre Avit), de Benoît Peeters. En esta ocasión, Castany habla del interés del autor francés por las ciencias y de las obras posteriores a su decisión de no publicar durante veinte años: La joven Parca (1917), Cármenes (1922), Principios de anarquía pura y aplicada (1938) y Diálogo del árbol. (1943). Además, Castany se plantea la idea de Paul Valéry como “un escritor sin obra (mayor)”, condenado al olvido, pese a tener la admiración de Rilke, T.S. Elliot, Breton, Einstein, Merleau-Ponty, Husserl o Heidegger, Miyazaki. Borges, Bolaño, Vila-Matas y un largo etcétera.
 

13. Le vent se lève

Si Valéry no hubiese vuelto a publicar en 1917, “el escritor sin obra habría encontrado en Valéry una de sus más perfectas encarnaciones”.

Y así es como muchos lo recuerdan todavía en nuestros días. Como dijimos, Valéry rompió su silencio con un poema como La joven Parca. Él mismo desconfía de su propia obra. Le dice a Breton, en agosto de 1916: “Es una poesía anticuada que me aburre y prolongo casi indefinidamente. Nada de lo que le gusta a usted ni a mí. Me imagino un trabajo de la época de los versos latinos. Hubo retóricos, antaño, en los tiempos de Atila y Genserico, que rumiaban hexámetros en un rincón. ¿Para quién? ¿Para qué?”.

Según Peeters, La joven Parca no debe ser considerada una obra “anticuada”, sino antes bien “intempestiva, sin igual en la historia de la poesía francesa, el texto merece ser redescubierto”.

El mismo Valéry le dirá a Pierre Louÿs: “Mi deseo era, quizá, mediante destellos, dar una forma y un lenguaje casi clásicos, una imaginería en suma moderna. Y en una carta a su esposa: “Puesto que hay que escribir, me gustaría escribir de forma moderna, algo que tenga la substancia, la forma, la limpidez profunda, el rigor y el encanto de los antiguos”.

Algunos atribuyen ese clasicismo a su redescubrimiento de Racine, del que también T. S. Eliot llegará a decir que es un genio a la altura de Shakespeare. Al parecer, Valéry redescubrirá a Racine ya en época madura, al ayudar a estudiar a estudiar a su hijo Claude: “Mandar recitar el sueño de Atalía me ha enseñado cosas insospechadas, que me aclaraban de una vez por todas las dificultades precisamente de las que era ‘presa’. ¡No he apreciado a Racine (¡muy tarde!) hasta tomar consciencia del trabajo que debió de costarle y de la agudeza empleada para salir adelante!”. ¿Sería posible ver en Borges, a través de Valéry, la huella de Racine?

Cinco años después publicará otro libro de poemas: Cármenes (1922), que Peeters considera “uno de los logros más puros de la poesía francesa”. ¿Por qué Valéry no trascendió ese clasicismo, él que fue el primer lector de Una tirada de dados de Mallarmé, y amigo íntimo de Breton? Según Peeters, porque “era uno de los pocos en poder oponer al verso libre y a la escritura automática otra cosa que el academicismo: reglas nuevas, audaces, formas poéticas inéditas y estimulantes, la composición con la que soñaba”.

Si no desarrolló ese camino, como sí lo hizo luego Borges, es porque “su escepticismo y su hastío no tardaron en disuadirlo de investigaciones tan arduas”.
 

14. La comunicación de las esferas

Benoît Peeters, 2021

Valéry se sentía fascinado por los científicos. En su juventud sintió verdadera veneración por el matemático Henri Poincaré. En su madurez admiró a Einstein, con el que llegó a dialogar en varias ocasiones. Pero lo que realmente lo seducía era “la imagen del científico”, que imaginaba artística y genial, aunque lo cierto es que “la realidad del trabajo de laboratorio no habría tardado en aburrirlo”.

Por otra parte, “la ciencia que interesa a Valéry es aquella que le ofreció entre 1894 y 1908, unos modelos para el sistema que se planteaba”. Luego cree ver en la teoría de la relatividad y el principio de incertidumbre de Heisenberg aquellos principios que “pueden confirmar sus investigaciones sobre el funcionamiento de la mente”.

Sin embargo, sus conocimientos eran superficiales y poco sistemáticos. Más especulativos que científicos. De hecho, la ciencia no le servirá de mucho en su obra literaria, si bien constituye “un elemento esencial de su mitología”. “Valéry crea incluso una moda mundana de la ciencia a finales de los años veinte”, que sin duda influirá a Borges.

Valen especialmente la pena sus textos sobre ciencias naturales: “El hombre y el caracol”, “Notas sencillas sobre el cuerpo”, el “Discurso a los cirujanos” o su Diálogo del árbol.
 

15. El Valéry empresario

Marcado, quizá, por los años de estrecheces, el último Valéry se dispersará en incontables prólogos, discursos, notas, reseñas, artículos… que escribirá por dinero. Con todo, entre los miles de páginas que acumulará se pueden encontrar numerosos momentos felices que vale la pena leer o rebuscar.

André Gide se escandaliza de que, pese a su prestigio, Valéry no sea capaz de negarse a nada. “La proporción de publicaciones inútiles no cesa de crecer a lo largo de los años treinta”. Como si se aburriese, Valéry se impone curiosas limitaciones proto-oulipianas en dichos escritos: realiza acrósticos, se impide decir ciertos nombres o palabras, realiza variaciones sobre una misma letra, etc.

Edición francesa

Resulta también notable su arte del aforismo, que trata de cifrar en los siguientes términos: “Se pueden inventar ‘pensamientos profundos’ sobre un tema determinado, sin pensar en él directamente. Suprimiendo sin examinar la 1ª, 2ª, nª idea que se presenta, teniendo cuidado de que los términos sean ordinarios y el conjunto extraño”.

¿Ejemplos?: “La genialidad es una larga impaciencia”. “La política es el arte de impedir que la gente se entrometa en lo que le atañe”. Y, refiriéndose a Nietzsche: “Si no pensara como yo, pensaría como él”.

En 1929, André Gide dirá memorablemente que Valéry “siempre dice exactamente lo que conviene decir, que es siempre un poco más y un poco diferente de lo que se espera”. Es el mot juste, que Borges también perseguirá. El peligro, tal y como señala Peeters, es el de convertirse en un autor más citado que leído. Peligro que también correrá, quizá con más fortuna, Borges.

Más allá de su dispersión editorial, Valéry se convertirá en un verdadero rentista de su imagen. Publicará decenas de obras breves con tiradas muy bajas que venderá a precios muy altos entre sus admiradores de la clase alta.

Animado por el éxito comercial de sus empresas editoriales, Valéry empezará a crear falsos manuscritos con variantes inventadas, en las que incluirá tachaduras, pequeñas ecuaciones (generalmente, derivadas), dibujos fantásticos y esquemas que harán las delicias de sus admiradores (y también de su bolsillo).

Pero este “milagro de la multiplicación de originales” será finalmente descubierto, y la cotización editorial de Valéry caerá en picado.
 

16. ¿Redención política?

Paul Valéry, 1871-1945

Tras la Primera Guerra Mundial, Valéry escribirá unas célebres “Cartas sobre la crisis del espíritu”, en las que se mostrará preocupado por el futuro de Europa: “¿Se convertirá Europa en lo que es en realidad, es decir, en un pequeño cabo del continente asiático? ¿O bien Europa seguirá siendo lo que parece, es decir, la parte preciosa del universo terrestre, la perla de la esfera, el cerebro de un vasto cuerpo?”.

Tras las fantasías bélicas, que veían la guerra como una actividad higiénica y vigorizante, llega el momento del pacifismo y el posnacionalismo. Como diría Erasmo, dulce bellum inexpertis, ‘la guerra es dulce para aquél que no la conoce’. Adagio que volverá a retomar Thomas Mann treinta años más tarde en su Nietzsche a la luz de nuestra experiencia (1947).

Tal y como dirá Valéry en los Cuadernos de la posguerra: “Europa está poblada de arcos de triunfos simultáneos cuya suma es nula. Pero la suma de los monumentos a los caídos no lo es”.

Años antes, había descrito la identidad como un destino al que no debemos darle más amor que el amor fati:

Para mí –dice un joven Valéry-, la Patria no se encuentra en los pliegues de una bandera ni en una tierra limitada; mi patria son mis ideas, mis sueños, y mis compañeros son quienes también los poseen. ¡Atribuyo una estrechez de miras singular a todos aquellos que nos encierran a la fuerza en un país! Ya somos lo bastante desafortunados por estar condenados al nacer a cierta lengua, ciertos paisajes, sin condenarnos además a cierto amor.

 
Esta idea de la identidad como un destino al que debemos resignarnos, antes que como un orgullo del que debemos vanagloriarnos, también recuerda a Borges, quien decía resignarse a ser un “escritor inglés en lengua española”.

En cierto modo, dicho europeísmo no deja de ser profundamente eurocéntrico y colonialista. Por irónico que parezca, en política, Valéry siempre juega con negras.

Alberto Savinio, 1891-1952

Pese a todo, Valéry criticará la divisa mussoliniana: Credere, obbedire, combattere, en la que verá “tres imperativos contra el espíritu”. En Principios de anarquía pura y aplicada (1938), afirmará que es importante “ponerse en guardia contra los que hablan por un altavoz; que injurian, apostrofan; contra aquellos cuyos discursos son discursos de potencias superiores a un hombre; que hacen hablar a las cosas ficticias, el Pueblo, la Historia, los dioses y los ídolos”. Tema que nos recuerda los magníficos artículos de El destino de Europa, de Alberto Savinio, hermano de Giorgio de Chirico.

El 10 de diciembre de 1944, Valéry leerá en la Sorbona su “Discurso sobre Voltaire”, en el que criticará las ejecuciones sumarias que se estaban realizando tras la liberación de Francia. Según Valéry:

(Voltaire) nos hace entender que el propio castigo a veces se vuelve crimen, pues el espectáculo de espantosos suplicios despierta y mantiene la ferocidad latente de unos, mientras que transforma a ojos de los otros, en casi inocente víctima, a quien no era sino un miserable criminal. Si el poder público se exalta tanto que se ensaña con un cuerpo culpable, si abraza la cólera o persigue una suerte de venganza, la noción abstracta y pura del Estado que restituye la justicia resulta alterada y degradada.

 
Para acabar este punto, me gustaría señalar que Valéry es el inventor de un cierto eleatismo político, ya que multiplica hasta el infinito los puntos intermedios entre la izquierda y la derecha: “[Soy] de derechas, por instinto, de izquierdas, por el espíritu, de derechas en medio de las izquierdas, de izquierdas en medio de las derechas. Aquí, las ideas me repugnan, y allí, el carácter”.
 

17. ¿Un escritor sin obra?

Paul Valéry nunca logrará crear una obra mayor, “realmente sistemática”. Parece que “algo en él se niega a ello desde siempre”. Recordemos, efectivamente, aquel sueño, o pesadilla, que le contó a Mallarmé en 1896: convertirse en “un ser que tuvo los mayores dones, para no utilizarlos, habiéndose asegurado de tenerlos”.

Benoît Peeters, escritor

Ese mismo año, Pierre Louÿs le dirá en una carta: “Cuando me preguntan lo que pienso de ti, respondo siempre lo mismo: que eres el ser más admirable que ha nacido desde la guerra. Pero una de las cosas que de verdad más me consternan es pensar que puedes tanto y quieres tan poco.” (22 de diciembre de 1896).

Esa observación será también válida para el Valéry maduro y anciano, que seguirá proyectando o iniciando decenas de proyectos literarios que finalmente no logrará acabar. En este sentido, dice Peeters, “para Paul Valéry, ‘tratar de vivir’ no fue sólo la mitad de un verso”.

¿Qué le faltó a Paul Valéry para escribir esa gran obra que deseaba y desdeñaba a la vez? Según Benoît Peeters, “para embarcarse en una obra habría necesitado probablemente algunas de esas ilusiones necesarias a las que alude Jean Paulhan. Cierta dosis de estupidez o, si se prefiere, de superstición o de fe (confianza en la Gloria, la Inmortalidad o el Libro, sentimiento de una misión que cumplir), ¿no es necesaria para convertirse, pongamos en Proust?”.

André Gide dijo, en cierta ocasión: “Algo le falta a Valéry para no haberse despertado idiota algunas mañanas”. Y el mismo Valéry, en otra, reconoce: “La tontería inmediata tiene pues su valor. […] Quizá sea necesario lo absurdo en los proyectos de ciertas obras”. Según Peeters, “su escepticismo esencial lo disuadió de arriesgarse realmente. Y la pose de hombre cansado, que se inventó un día de descontento, acabó por perseguirlo de manera persistente”.

En este sentido, ya vislumbró Erasmo, en El elogio de la locura (1511), que un poco de necedad y extravío son necesarios en todo acto creativo.

Elogio de la locura, 1511

Aun así, creo que es excesivo decir que Valéry no dejó una obra. La Velada en casa del Señor Teste, la Introducción al método de Leonardo da Vinci, el Cementerio marino, La joven Parca, Cármenes, Tel Quel y cientos y cientos de frases y páginas felices dispersas en sus Cuadernos y opúsculos (“Filosofía de la danza”, Diálogo del árbol, “El hombre y el caracol”), constituyen una obra fascinante en la que uno no se cansa de entrar y salir. Los dos volúmenes de La Pléiade (en mi caso, la edición de 1967) son un verdadero tesoro que podrían amenizar la vida de muchos náufragos.

¿Por qué lo hemos olvidado? Según Peeters:

Al serle ajena toda forma de proselitismo, Valéry no se preocupó lo más mínimo por convencer o incluso compartir sus ideas. No tuvo ni alumnos ni discípulos, y por lo tanto nadie se encargó tras su muerte de transmitir su pensamiento, menos aún de debatirlo o prolongarlo.

 
En todo caso, tal y como el mismo Valéry sugirió en varias ocasiones, adscribiéndose a una especie de materialismo escritural, las obras mueren y resucitan, se agregan y se desagregan, perduran de muchas formas y quizá algún día regresen, como los átomos, en el tiempo.

Y ojalá esta biografía escrita por Benoît Peeters, que recomiendo sin ninguna duda, contribuya a que la obra de Valéry retorne, no una, sino una y mil veces.
 

Sobre el autor
Licenciado en Filosofía, Filología y graduado en música clásica. Doctor por la Universidad de Barcelona, con la tesis "El escepticismo en la obra de Jorge Luis Borges", y PhD en Estudios Culturales, por la Universidad de Georgetown, con "Literatura posnacional en Hispanoamérica". Es autor de Literatura posnacional (2007), Que nada se sabe y El escepticismo en la obra de Jorge Luis Borges (2012). Ha publicado diversos artículos en revistas nacionales e internacionales. Actualmente es profesor de Literatura Hispanoamericana en la UB y profesor de Estudios culturales en la Universidad de Stanford. Twitter: @dinolanti
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