A. Berrojalbiz y J. Rodríguez: “Se está tratando a los niños como adultos cretinizados e infantilizados” (II)

Detalle cubierta «La escuela no es un parque de atracciones». Gregorio Luri, 2020

 
Esta es la segunda parte de las tres entregas de la charla escrita en la que participan nuestro colaborador Carlos Femenías Ferrà con Ander Berrojalbiz y Javier Rodríguez Hidalgo, autores de Los penúltimos días de la humanidad (Pepitas de calabaza, 2021). Esta vez hablan de la pandemia, en relación con la responsabilidad ciudadana y la desresponsabilidad de las autoridades, la defensa de los niños y jóvenes, el auge del “libertarismo” y del ultraindividualismo.

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En varios lugares sostenéis que la gestión de la crisis ha pasado por responsabilizar a la ciudadanía para así desresponsabilizar a las autoridades gestoras. ¿No pinta eso un cuadro demasiado ominoso del Estado?

En general, los tres aspectos mencionados anteriormente [1) en qué medida se ha confirmado que son eficaces las restricciones, 2) cuánto tiempo se espera que tienen que estar en vigor y 3) qué excepciones deben darse] tienen en común el basarse en la infantilización de la población, a la que se somete a un chantaje: “si no queréis que las personas más frágiles mueran, todos debéis hacer un esfuerzo”, al tiempo que, como queda claro, no se da ningún paso para restaurar una sanidad pública ya muy dañada.

Pepitas de calabaza, 2021

Tengo la impresión de que si por un lado prohibís prohibir, a la vez, parecéis tener cierta reticencia hacia a la posibilidad de responsabilizar a otra persona que no sea el Estado y sus representantes.

Es que, en lo que se refiere a la transmisión de una enfermedad, la irresponsabilidad es muy difícil de castigar penalmente. Si una persona que está incubando la gripe visita a un anciano en una residencia, ¿habría que procesarla por causar, objetivamente, la muerte de quienes morirán en las semanas siguientes por culpa del virus que ha introducido? ¿Es posible establecer responsabilidades en algo tan difícil de rastrear? ¿Y, sobre todo, interesa hacerlo?

De todas formas, lo innegable es que en ningún momento se ha intentado confiar en la responsabilidad individual, y después de dos años de despropósitos y propaganda es muy tarde ya para empezar a formar personas responsables y autónomas, como propuso Francia en el “confinamiento” de la pasada primavera.

Recorre el libro una clave generacional. En buena medida lo habéis concebido como una defensa de los niños y los jóvenes contra los efectos que tiene la gestión sobre ellos, que tildáis de “crimen”. Las medidas adoptadas, apuntáis, los han “sacrificado” en el altar de los mayores. Es un argumento que me parece armonizar con la querella generacional que ha venido cristalizando a raíz de la crisis de 2008 y que emerge continuamente sin que haya llegado, con todo, a estallar.

Sí, pero no hablamos de nuestra generación, sino de quienes son jóvenes ahora (nosotros tenemos 38 y 43 años). En Francia se habla mucho de “generación sacrificada”, pero casi siempre se hace sin intención de criticar las restricciones. Se utiliza la fórmula más bien como una manera de deplorar que los jóvenes son los más perjudicados.

Anagrama, 2021

Cuando se tienen hijos, medidas como el toque de queda no cambian apenas nada en la vida cotidiana de uno. Eso sí, a los 18 años todo es muy diferente. Pero nuestra perspectiva no está menos encuadrada que la de quienes, por ejemplo durante el confinamiento, no dejan de predicar con su ejemplo en las redes sociales (con la mascarilla primorosamente puesta en el rostro, o proclamando que nunca pisan un bar).

Para los adultos de más de treinta años es obvio que esto es más llevadero que para los menores de veinte años, que están siendo moldeados (no lo olvidemos) de manera irreversible.

De hecho, nosotros no decimos que los más jóvenes estén siendo sacrificados en el altar de los más mayores. Si pueden estar apretujados en los medios de transportes y en sus aulas de estudio, durante más de cinco horas al día, mientras no se les permite estar más de cuatro amigos juntos al aire libre, diríamos que, más que “en el altar de los mayores”, están siendo sacrificados en el altar de una cierta organización económica (que hace tiempo que se olvidó de ellos) y del prestigio de sus mandatarios y valedores.

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Una línea argumental es que se ha inducido a los niños –especialmente cuando se los consideraba “vectores de contagio”– a asumir una carga de responsabilidad y culpa que condenáis. Habláis en términos que me enojaron del caso de una niña que convenció a sus compañeros de la conveniencia de ponerse la mascarilla en el aula. Solo un “tarado de izquierdas”, decís, “puede calificar de ‘responsabilidad’ la actitud de la niña. ¿Qué se les está diciendo a esos menores para que acepten llevar una mordaza durante horas? ¿No se les está haciendo víctimas de un chantaje intolerable para que se responsabilicen y se sientan culpables por la transmisión del virus?”.

El pasaje me suscita varias reacciones: la primera es que el uso de la palabra “mordaza” me parece torticero, ya que la mascarilla no acalla la voz de nadie; la segunda es que no veo por qué habría que considerar su actitud fruto de adocenamiento o “formateo” o “adiestramiento”, como se lee en la misma página. ¿Por qué excluís tan rotundamente que la de la niña pueda ser una virtud cívica? Es víctima del miedo, pero también consciente del mal a terceros, que no es menos real.

Alexandra Viatteau, 2007

La mascarilla no es una mordaza pero, como han podido constatar todos los profesores que dan clase a chavales con el tapabocas puesto, las aulas se han vuelto mucho más silenciosas. Los problemas de ruido se han reducido enormemente, y eso debería llevarnos a pensar en las consecuencias que todo esto está teniendo para los chavales. De hecho, algunos profesores no han tardado en celebrar la calma que reina en las nuevas aulas, aunque no lo hagan en voz muy alta.

¿No es posible hablar de “adoctrinamiento”? ¿Qué posibilidades reales tiene un chaval de 12 años de oponerse a llevar la mascarilla cuando a su alrededor no ha dejado de escuchar un discurso aterrador sobre la enfermedad y sobre la irresponsabilidad de quienes, pese a todo, dicen en voz alta lo invivible de todo esto?

En situaciones como la actual, creemos, se debería priorizar la conservación de la infancia de los niños. Obviamente, hay que fomentar su asunción de responsabilidades, pero no parece lo más sensato empezar por la que aquí se plantea.

Además, si de eso se tratara, y no de una manipulación y un chantaje retorcidos, además de fomentar su capacidad de elección, habría que explicarles de forma pormenorizada cuál es la situación de la sanidad en sus respectivos países, qué parte de su currículo y de su horario lectivo se debe no tanto a su formación, sino a la función de guardería de los centros educativos (véase a este respecto la entrevista ofrecida por la ministra de educación del Gobierno de España en El País el 30 de agosto de 2020), y muchas más cosas que no suelen figurar en el programa de estudios.

Si no, más de un niño no va a entender nada cuando llegue la siguiente epidemia de gripe estacional y vea que alguna persona mayor ha muerto en su entorno cercano, después de que él o algún amigo o familiar haya pasado la enfermedad sin que nadie se pusiera la mascarilla. O peor, de igual modo que lo hacen ya muchos adultos, empiece a ver conspiraciones a su alrededor.

Hace ya varios meses que en un artículo dijimos que se estaba tratando “a los adultos como a niños y a los niños como adultos”. Puede parecer tautológico, pero habría que decir más bien que se está tratando a los niños como adultos cretinizados e infantilizados, lo que es infinitamente más grave, porque en los primeros aún hay esperanza de que no lleguen a ser lo segundo.

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Carlos Taibo, 2017

La tesis principal del libro es que pronto los estados de emergencia se van a suceder y hasta a normalizar debido a la catástrofe climática, que nos instalará en la incertidumbre y en la continua imposición de restricciones. Pronosticáis el advenimiento de un régimen ecototalitario administrado por especialistas en gestión y sostenibilidad convertidos en salvadores, donde la discusión y la consulta ciudadana serán eliminadas.

Parafraseándoos, el resultado será un escenario donde las libertades seguirán formalmente intactas sobre el papel, pero en la práctica serán meramente decorativas a causa de la acción conjunta del Estado y la dejación ciudadana, que naturalizará el autoritarismo como mal menor en un mundo al borde del colapso.

Y todo ello basado en un chantaje bien real: cuando desastres previsibles como el declive de la extracción de petróleo amenacen nuestro “modo de vida”, es difícil, viendo lo que ocurre ya con la epidemia, que nadie se atreva a cuestionar un despotismo que va a ampararse en la necesidad, dado que no quedará más remedio que aceptar todas las imposiciones que decida una minoría supuestamente preparada para hacer frente a la emergencia.

Otra cuestión que me plantea el libro es si la aversión al Estado ha desaparecido a grandes rasgos de la izquierda europea. ¿Por qué la izquierda no ha logrado sostener esa tradición crítica? Hoy parece que solo la derecha es reacia al Estado. En este sentido, me gustaría que habléis un poco acerca del liberalismo, que diferenciáis del libertarismo, al que atribuís cierta fortuna editorial.

Bueno, la derecha es reacia al Estado muy relativamente, porque el Ejército y la Guardia Civil siguen siendo sus feudos intocables, por no hablar de que la economía llamada neoliberal ha crecido bajo el ala de la protección estatal, por mucho que el relato heroico de la derecha de hoy no quiera admitirlo.

Alexis de Tocqueville, 1835

El «libertarismo» está en auge en todas partes, con su concepción de las relaciones sociales basadas exclusivamente en el modelo del contrato entre individuos o grupos presuntamente iguales y soberanos. La izquierda también ha asumido una parte de estas ideas, al poner el acento en la libertad absoluta de construirse una identidad maleable hasta lo infinito. Se trata de una perversión de ciertos principios liberales, que a veces se llevan al extremo, pero muy lejos del contexto en que nacieron dichos ideales.

Por ejemplo, Los derechos del hombre de Thomas Paine es casi un libro anarquista, aparte de una defensa de la Revolución Francesa cuando estaba aún en sus inicios. Su defensa de la libertad individual es una apuesta por pequeñas empresas, porque los grandes conglomerados que él conoció en su vida eran instituciones estatales o paraestatales.

Lo mismo puede decirse de Tocqueville, quien, por lo demás, anunció ya un peligro de las democracias occidentales en el ultraindividualismo, que podía llevar a la autodestrucción. Casi dos siglos después de la publicación de La democracia en América no hace falta insistir en la perspicacia de su autor.

No citamos ese pasaje en el libro porque es un cliché muy sobado, pero es indicativo de la lucidez de algunos de los pensadores de esa corriente, que en general es mal conocida en la izquierda (y más ahora cuando en España suelen declararse “liberales” los entusiastas de la policía y de la especulación inmobiliaria).

En general, esos autores de la tradición republicana y liberal fueron mucho más radicales que lo que ciertas parodias muy leídas en la izquierda dan a entender. Por ejemplo, Locke concluye su famoso tratado sobre el gobierno civil con una defensa de la legitimidad de la insurrección contra todo gobierno que se oriente hacia el despotismo. Evidentemente, cuando Locke publicó su libro no existía la Audiencia Nacional.

CONTINUARÁ…
 

Sobre el autor
Profesor de Literatura en la Universitat de Barcelona. Sus intereses se orientan hacia el ensayo y la historia cultural en la España contemporánea.
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