
Nuestra colaboradora Elena Carmona nos introduce en Las plagas sutiles (Ed. Franz, 2026), de Santiago Gutiérrez, una colección de catorce relatos que apelan al extrañamiento y a la desautomatización del lenguaje, explorando las fronteras de la imaginación desde el misticismo y la fábula.
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Un sueño lúcido, por muy verosímil que parezca, siempre esconde excepciones. Al menos, tres: los interruptores de la luz no funcionan, la palabra escrita se diluye y al espejo le cuesta devolver un único reflejo.
Son pequeñas constataciones de que, tras la pared onírica, alguien ha metido mano al cableado del mundo y se ha producido una leve actualización de los términos y condiciones de la realidad.
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Los relatos de Las plagas sutiles de Santiago Gutiérrez están contenidos en estas excepciones.
En el primero, por ejemplo, las leyes de una física cuántica mutante han engendrado nuevos puestos de trabajo como el del observador protagonista, encargado de sostener la existencia de un bosque con solo vigilarlo.
En otro, un cuenco descubierto en un yacimiento arqueológico es el recipiente mítico del propio concepto de «cuenco»; un hotel hermético se construye como destino de moda del nuevo turismo de errores; varios dioses ludópatas se apuestan el futuro con esferas de vacío galáctico.
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Lejos de imitar un surrealismo inconsciente, el autor busca un efecto concreto, cuya ejecución exitosa depende de un control casi quirúrgico de la narrativa breve: el momento preciso en el que se constata la realidad del sueño. Cuando este adquiere consistencia y se vislumbran los engranajes de un delirio meticulosamente diseñado.
Su escritura se reconoce al comienzo de otro relato:
Todas las normas me sobraban, y prohibir leyes siempre me parecía de lo más llamativo y apetecible. Además, no hace falta siquiera comprender un límite para creer en su ruptura. Basta con sentir que se ejerce una autoridad arbitraria sobre nosotros.
En su primera antología, Santiago Gutiérrez disfruta repartiendo autoridades arbitrarias y urbanismos caprichosos con la impulsiva motricidad de un bebé demiurgo que juega con las rodillas hincadas en su caja de arena cósmica.
El resultado son catorce relatos bellísimos, catorce castillos de lenguaje plagados de ontologías salvajes que podrían desaparecer tras un soplido o un parpadeo.
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Así, el paisaje arenoso de Las plagas sutiles comparte horizonte con otro conjunto de famosas estructuras literarias, erigidas estas en la década de los setenta: Las ciudades invisibles de Italo Calvino.
El autor italiano agrupó algunas de ellas en la categoría de «ciudades sutiles», que eran, según él, las piezas más abstractas y luminosas de su colección. La luminosidad es algo que ambos tienen en común, además de otras sincronías mágicas.
En sus últimos días de vida, tras diagnosticarle una hemiplejía irreversible en el lado izquierdo de su cuerpo, Italo Calvino deambulaba por un hospital de Siena balbuceando «Soy una lámpara encendida».
A uno de los personajes de Gutiérrez se le duerme también esa mitad del cuerpo por una «descomposición verbal», y a otro le titilan los dedos «como pequeñas lámparas encendidas debajo de las uñas».
Si la voz literaria es como la energía, que ni se crea ni se destruye, diría que aquí hay una clara transferencia.
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Quizá la verdadera “plaga sutil” que invade este libro sean sus palabras mismas, encendidas como un manto de luciérnagas diminutas.
Lo excepcional es la materia prima de Las plagas sutiles, incluyendo su lectura.
Por ello, la próxima vez que creas estar despierto, pero percibas que la luz se comporta de forma extraña, que eres incapaz de leer dos veces la misma oración y que tu propio sentir se vuelve gelatinoso, lo más seguro es que te encuentres inmerso en alguno de estos asombrosos relatos.
Te deseo suerte para encontrar la salida.











