Esa sensación de eterna juventud: sobre «Documentos Póstumos del Club Pickwick», de Charles Dickens

Ilustración retocada «Documentos Póstumos del Club Pickwick», C. Dickens

 
Nuestro colaborador Rodrigo López Romero nos acerca a los Documentos Póstumos del Club Pickwick (Editorial Juventud, traducido por Juan de Paso, 2012) del escritor decimonónico inglés Charles Dickens. En este libro experimental –en su época- abundan los juegos de palabras, humor y las respuestas ingeniosas de un singular ciudadano y sus extravagantes amigos durante un divertido viaje de investigación antropológica por la Inglaterra del siglo XIX.

Los Documentos Póstumos del Club Pickwick fueron publicados por entregas entre 1836 y 1837, cuando el autor tenía veinticuatro años. Desde el inicio las preguntas atañen a su forma: ¿compilación de relatos? ¿Texto discontinuo? A este respecto Chesterton escribió: «No hay duda de que Pickwick no es una buena novela; aunque tampoco puede decirse que sea mala, pues sencillamente no es una novela. De hecho, en cierto sentido, es algo más noble, ya que ninguna novela con una trama y una conclusión podría transmitir esa sensación de eterna juventud, como si los dioses deambularan por Inglaterra».

El libro acompaña al señor Pickwick, definido por sí mismo como «un observador de la naturaleza humana», quien inicia una serie de expediciones con la finalidad de investigar hábitos, caracteres y comunidades bajo el nombre de la Sociedad Corresponsal del Club Pickwick, con cuya acta de acuerdos abre el volumen.

Ortodoxia, 1908, Chesterton

Junto a su genial servidor Sam Weller y su padre, así como tres miembros del club —el presuntamente poético Snodgrass, el involuntariamente peligroso Winkle y el enamoradizo y rechoncho Tupman— se encontrarán envueltos en los enredos más inverosímiles.

Se trata de una empresa valerosa, pues como leemos: «Los viajes no son muy seguros y el cerebro de los cocheros no está muy equilibrado». Habiendo sido prevenido, el lector acompañará a los héroes en infructuosas cacerías por el campo, confesiones frente a chimeneas de posadas, fanáticas elecciones en la provincia, románticos encuentros clandestinos, duelos por equivocación, juicios, encarcelamientos y demás eventos cotidianos. Conocerán a personajes de todo tipo, ya sean tías solteronas o agraciadas sobrinas, doctores, abogados, viajeros y embusteros como el inconexo Jingle.

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Por otra parte, la obra recoge un conjunto de informes, cartas y relatos que van desde la historia moralizante hasta el cuento de fantasmas.

Es un libro donde los juegos de palabras y las respuestas ingeniosas abundan tanto como los brindis. Al igual que Homero, Dickens sabe alimentar a sus héroes. En las frecuentes comidas hallamos pastel de ternera, lengua, pan, jamón, ponche y cerveza. Como se sabe, la alegría es inseparable de una mesa bien dispuesta.

Chesterton consideraba, en este sentido, a Dickens el último de los autores cómicos, y podemos advertir el influjo de Pickwick en las singulares cofradías de sus novelas.

La Odisea, Homero

Este grupo de amables y poco deportivos caballeros parece traer desorden a todos los sitios que visitan. Como aprendemos, «los verdaderos filósofos no saben aplicar prácticamente sus propios principios». Bajo una mirada de caricaturista, donde se dan cita la metáfora, el eufemismo y la hipérbole, lo cotidiano se vuelve en una fuente de interminables acontecimientos.

Aun el evento más cómico o nimio produce reflexiones profundas: «Hay pocos momentos en la vida del hombre en que este experimente tanto sentido del ridículo y despierte tan poca compasión como cuando va persiguiendo su sombrero».

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Entre los sucesos que rodean las aventuras, aparecen retratadas la miseria, el engaño y la estafa, pero sobre todas ellas triunfa la noción de la vida como aventura hilarante.

El malentendido recuerda la indeterminación y el azar de la existencia, ante la cual el señor Pickwick opone su franqueza, procurando mantener la dignidad en toda circunstancia, por incómoda que esta sea.

El personaje principal, un «ángel con polainas», encarna la eterna juventud, como expresa con elocuencia su servidor Sam Weller: «No conozco sujeto más magnífico. Su corazón nació veinticinco años después que su cuerpo, como mínimo».

Los amigos del protagonista van volviéndose borrosos conforme avanzan las páginas, mientras Sam y Tony Weller cobran relevancia, enriqueciendo la narración con sus ocurrencias y diálogos.

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Fernando Pessoa, 1888-1935

Obra abierta a digresiones y añadidos, el lector tiene la sensación de que el libro podría continuar indefinidamente. Por ello su conclusión parece abrupta y casi innecesaria (si bien hay cierta piedad en jubilar al personaje). Al término de sus expediciones, Pickwick mismo declara: «Nunca me arrepentiré de haber dedicado cerca de dos años a tratar con toda clase de matices de la personalidad humana».

Obra querida por muchos, entre ellos Fernando Pessoa, quien escribió en el Libro del desasosiego (publicado póstumamente en 1982): «Haber leído ya los Pickwick Papers es una de las grandes tragedias de mi vida. (No puedo volver a releerlos)». Poco mencionado en nuestro idioma, es, en este sentido, un libro ineludible en su género, consciente de las contradicciones humanas e impregnado de humor de inicio a fin.

Hacia el final del libro, las explosiones de afecto hacia el Señor Pickwick alcanzan al mismo Dickens, quien confiesa: «Es el sino de todos los autores crear amigos imaginarios y perderlos en el curso de la obra artística».
 

Sobre el autor
(México, 1992) Ha colaborado con las revistas «La palabra y el hombre», «Luvina», «Primera página», «El coloquio de los perros» y «Pliego suelto».
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