A. Berrojalbiz y J. Rodríguez: “La izquierda ha sido prisionera del miedo a abordar el debate sobre la covid (I)”

Detalle cubierta «Los penúltimos días de la humanidad», A. Berrojalbiz y J. Rodríguez

 
Esta es la primera de las tres entregas de la charla entre nuestro colaborador Carlos Femenías Ferrà y Ander Berrojalbiz y Javier Rodríguez Hidalgo, autores de Los penúltimos días de la humanidad (Pepitas de calabaza, 2021), cuyo tema central es la pandemia. En esta primera parte, se tratan los siguientes temas: la recepción del libro, la actitud negacionista y conspiranoica, la crisis de la izquierda, las restricciones, los trastornos mentales y la «emotivización» de la vida política.

[Leer un fragmento de Los penúltimos días de la humanidad]

En un contexto de incertidumbre donde muchos nos hemos limitado a esperar que la ciencia o algo solventase la crisis, habéis pensado las dimensiones culturales de lo que ha sucedido estos meses. Ya solo por eso, me ha parecido que podía tener interés que mantuviéramos una charla escrita a partir de las impresiones, discrepancias o preguntas que me ha suscitado la lectura de vuestro libro. Después de todo, la ausencia de discusión es una de las cosas que más echáis en falta.

Tracts (N°23), 2021

Quizás convenga advertir a los lectores que el meollo del Los penúltimos días de la humanidad no es la covid, sino lo que su gestión nos muestra acerca de las condiciones sociales, culturales y morales del mundo al que ha llegado, y sobre el mundo que muy probablemente habrá de sucederla. En cierto modo, la covid no sería otra cosa que un epifenómeno de tendencias que venían afianzándose con anterioridad, aunque también estaría acelerando su normalización. Los autores piden, en consecuencia, un espacio para el debate sobre las implicaciones de las restricciones adoptadas, y esperan que lo que dicen «pueda tener un interés por encima de la coyuntura que lo motiva».

El principal peligro de quien se acerque a Los penúltimos días de la humanidad es cerrarse en banda. Contra esa reacción, vale la pena citar, antes de pasar a la entrevista, un pasaje del libro:

Ya se la quiera apellidar liberal, republicana, directa, consejista, de base o libertaria, la democracia es una meta basada en el ideal de que a priori todo puede ser discutido, y cuanto más se adecue la realidad a esta ilusión de transparencia y acceso nítido a la gestión del poder, más consistente será esa democracia.

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Para romper el hielo quiero preguntaros cuál está siendo la recepción del libro.

De momento apenas ha tenido eco en prensa, aparte de una entrevista en un medio digital asturiano y un par de medios locales del Duranguesado, al sur de Vizcaya. Y, más allá, de momento solo conocemos una reseña muy elogiosa en el blog de Jesús Palacios y otra, muy breve, en la revista Hincapié.

Arpa, 2021

Pero este silencio en torno al libro era previsible, como ya le dijimos al editor antes de que saliese a la venta. Otra cosa es que llegue a tener un recorrido «subterráneo» y que no tardemos en encontrar algunas ideas repetidas en boca de otras personas. Eso no tiene nada malo y es casi inevitable, aunque habría sido deseable que todos esos descontentos no esperasen tanto tiempo para decir ciertas cosas.

Uno de los aspectos que va punteando el texto es la reacción con que se anula cualquier crítica frontal a la gestión de la pandemia. Las parciales pueden tener cierta acogida. Las demás, decís, son inmediatamente tachadas de negacionismo o conspiranoia y pasan a engrosar el cajón del reaccionarismo o el de un individualismo a ultranza, que invoca los derechos individuales mientras se desentiende de las implicaciones colectivas que conlleva el ejercicio de esa libertad. ¿Cómo os explicáis esa compactación de actitudes?

Lo que se puso en marcha durante la segunda semana de marzo de 2020 fue una auténtica apisonadora ideológica. Todos los medios, incluso quienes respaldan las políticas de la irresponsabilidad (como el diario El Mundo, con Ayuso y Vox), han insistido en el aspecto emocional de la epidemia, y nadie quiere ser acusado de ser indiferente al sufrimiento ajeno. Frente a eso, es muy difícil posicionarse públicamente sin parecer un partidario del exterminio de ancianos o de personas con una salud delicada.

En Francia, donde la «emotivización» de la vida política es menor (aunque allí también las cosas se degradan muy rápido), ha habido más margen para la crítica de la gestión de la crisis. El gesto del aplauso cotidiano es significativo, porque invitaba a abordar el problema desde una perspectiva puramente emocional, lo que dificultaba discutir las cosas con la sangre fría necesaria.

Anagrama, 2018

Es cierto que a menudo las críticas en bloque de la política de restricciones se acercan a los discursos conspiracionistas o negacionistas, pero en parte eso es una consecuencia de la estrategia de «terreno quemado» del Gobierno, y del silencio prolongado de aquellos que podrían haber emitido críticas, pero más ricas y matizadas, que obligan a quienes tienen dudas de puro sentido común (por ejemplo, respecto a las mascarillas en niños escolarizados) a tener que elegir entre la autocensura o la adhesión a las tesis de la conspiración.

Salta a la vista que si algo echáis en falta es la capacidad de reacción y crítica de la izquierda, a la que achacáis cobardía. Asimismo, parecéis coincidir con la percepción, bastante extendida, de que a día de hoy los principales generadores de reacciones críticas son los sectores de la derecha.

Está claro que ha habido una renovación del discurso de una parte de la derecha radical (incluimos en esta categoría al PP, a Vox y a lo que quede del naufragio de Ciudadanos, que no sepa hacerse un hueco en el PSOE). En general, la derecha española nunca ha tenido mucho interés por las cuestiones teóricas, porque su terreno es más visceral: ETA, la selección de fútbol, la catalonofobia, la virgen del Rocío…

Pero precisamente esa indiferencia hacia los discursos más intelectuales les permite asumir, cuando les interesa, tonos más políticos, como el de “la defensa de la libertad individual”, aunque casi siempre se trate de una libertad irresponsable.

La izquierda ha sido prisionera de ese miedo a abordar el debate, además de otras inercias ideológicas que mencionamos en el libro, como la «teoría de los cuidados», que ha demostrado no estar a la altura del desafío. «Cuidar» ha sido, desde marzo de 2020, acatar todas las consignas del gobierno, con todas sus pasmosas arbitrariedades (empezando por el confinamiento total de los niños), y protestar solo ante los excesos de la policía, lo que, por lo demás, cualquier liberal honrado (allí donde quede alguno) debería hacer.

Pepitas de calabaza, 2021

De hecho, si hay un sector en que han sido más frecuentes las críticas de la gestión de la crisis es en el de los juristas, algunos de los cuales han cuestionado desde el principio la legitimidad o incluso la ausencia de base jurídica de ciertas medidas como el confinamiento.

Hubo un debate en el parlamento vascongado sobre la «ley antipandemia» del gobierno PNV-PSOE. Pese a mostrar su disgusto con el autoritarismo que legitima este proyecto de ley, tanto Bildu como Podemos se abstuvieron ante su tramitación, y solo la derecha cavernícola –PP+Cs y la parlamentaria de Vox– se ha opuesto a ella. Es más, la parlamentaria de Vox anunció que la recurriría al Constitucional.

En Francia la situación es algo diferente. Un ejemplo: la editorial Gallimard (una de las más poderosas del mundo) ha publicado en su colección Tracts (Panfletos) tres textos críticos con las restricciones. Dos de ellos son de autores de derechas, pero el tercero se debe a Barbara Stiegler, profesora de Derecho de la Universidad de Burdeos que no tiene nada de derechista, y lo que dice ella no se aleja mucho de nuestros argumentos.

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Uno de los aspectos que más me ha incomodado es que abogáis por relativizar la letalidad de la pandemia si se la pone en perspectiva. Sostenéis que, cuando menos al principio, se sobredimensionó la letalidad del virus. La media de edad de los fallecidos, decís, era de «83 años, es decir, exactamente la esperanza de vida española, lo que invitaría a considerar su gravedad de otro modo».

La apreciación me suscita una conclusión muy escabrosa —que refutáis en diversos pasajes—, porque podría desprenderse que son excesivas tales medidas para salvar a quienes tarde o temprano habían de morir. Vosotros ponéis el acento en que ante todo debería atenderse a que las restricciones han tenido efectos mucho más cruentos, como el trastorno mental y el abandono de miles de pacientes que no han podido acceder a los servicios médicos.

Galaxia Gutenberg, 2020

Las consecuencias de las restricciones son tremendas, pero sobre todo por su calado político, no solo para la salud. Lo que se ha normalizado es un tipo de reacción desmedida que no tendrá razón de aliviarse (todo lo contrario) cuando en el futuro empiecen a ser evidentes – incluso para los negacionistas más acérrimos de la fragilidad de nuestro modo de vida– los lastres de una sociedad industrial basada en el despilfarro de unos recursos limitados. Eso es lo que debería inquietarnos más.

El caso más clamoroso es el del confinamiento, que no puede evaluarse únicamente por sus consecuencias sanitarias (simplificando mucho, el número de vidas que se supone que salvó), sino también por haber normalizado lo que es una anomalía. Sin el confinamiento, que tuvo el efecto de un mazazo, casi nada de lo que vino después habría sido aceptable.

En cuanto a la relativización de la epidemia, es lo mismo que hacemos con tantas otras causas de sufrimiento humano. Está por determinar qué parte del declive de un año y pico de la esperanza de vida en España se debe a la enfermedad conocida como covid-19 y cuánto se le debe al hundimiento de la atención primaria y al miedo a ir al hospital o al ambulatorio fomentado por el terror informativo que desplegó el Gobierno y amplificaron los medios de comunicación y redes sociales, lo que retrasó o impidió que ciertos males graves se diagnosticaran a tiempo.

Por otra parte, incluso como epidemia «global» el nuevo coronavirus debe compararse con otras enfermedades. Por ejemplo, la tuberculosis y la malaria mataron juntas en 2020 al mismo número de personas (unos dos millones), y sus víctimas tenían una edad media muchísimo más baja. La tuberculosis mató a casi medio millón de individuos en la India en 2015 (480.000 según la OMS). Se trata además de enfermedades que cuentan con tratamientos ya bien probados, pero que no están al alcance de muchas personas por culpa de un sistema sanitario calamitoso.

David Quammen, 2012

En este sentido defendéis que las restricciones deberían haberse orientado exclusiva o principalmente a las personas más vulnerables y que en ningún caso deberían haber sido otra cosa que recomendaciones que cada cual decidiera o no seguir según su propio criterio. No obstante, el albedrío y la soberanía del ciudadano plantean problemas en un sistema en el que el Estado debe garantizar la asistencia médica de todos y hay una flagrante falta de médicos, camas y medios para la población, como vosotros mismos no dejáis de observar. ¿no era inevitable y hasta deseable adoptar medidas restrictivas?

No hay que olvidar que la más brutal de las restricciones impuestas no es el confinamiento, sino el miedo.

No creemos que nadie vaya a medir qué parte de las muertes por covid de la primavera de 2020 y de la saturación de los hospitales se debieron al hacinamiento durante la tercera semana de marzo en las salas de espera de las urgencias de los hospitales, provocado por gente (a la que no se había informado debidamente de la letalidad real del virus según las franjas de edad) que, presa del pánico, acudió a ellas a pesar de que no tenía más que una simple irritación de garganta o diarrea.

Y en el reverso de la moneda, cuántas personas han muerto desde entonces por banalizar, empujados por el miedo, dolores que acabaron siendo síntomas de cáncer o infartos.

De hecho, es interesante el dato de que en Francia, que, aunque es verdad que tiene un mejor sistema sanitario, no azuzó el miedo de forma tan desmedida, el aumento de la mortalidad observada es menor que la cifra oficial de muertos por covid, mientras en España es a la inversa: incluso a partir del verano, el aumento en las muertes observadas fue mayor que los decesos con un test positivo de covid.

J. Rodríguez Hidalgo, 2012

En este sentido, es poco probable que, ya en aquella segunda semana de marzo, una asunción de responsabilidades por parte de la clase política –junto con una exposición clara del estado de la sanidad pública, el compromiso de reforzarla tan pronto como fuera posible y la petición de movilización de todo aquel que pudiera ayudar, además de no haber recurrido a medidas a todas luces arbitrarias y no haber utilizado a la policía para humillar a la población– pudiera haber producido males mayores que los causados por las decisiones que, de hecho, se tomaron.

Si las restricciones deben ser aceptadas, lo mínimo sería que se diera a conocer: 1) en qué medida se ha confirmado que son eficaces, 2) cuánto tiempo se espera que tienen que estar en vigor, y 3) qué excepciones deben darse.

Empezando por el final: el confinamiento español fue el más brutal de Europa, porque no se contemplaba la posibilidad de salir a la calle para hacer deporte o pasear, al contrario de lo que ocurría en Francia, donde cualquier persona podía salir una hora al exterior, por ejemplo, para que los niños viesen la luz del sol. Los menores aquí fueron sometidos a un régimen incluso peor que el de los adultos, porque ni siquiera les quedaba la excusa de salir para hacer la compra.

Respecto a la eficacia de las medidas, todo lo que se nos ha dicho es que, según los mismos cálculos de quienes las proponían, las restricciones eran tan excelentes como inevitables. En Francia, los bares, terrazas y restaurantes siguen cerrados desde mediados de octubre. Eso no ha impedido que la enfermedad prolifere más o menos como en España.

Y lo mismo podemos decir de las vacunas, cuya aplicación se ha descrito en términos de pura propaganda, hasta que no se ha podido ocultar las contrapartidas.

Esta forma de abordar los problemas, encarando las resistencias como puros obstáculos que deben ser vencidos y no como argumentos que merecen una discusión inteligente, ha marcado desde el principio nuestra reacción a la epidemia.

Por otra parte, la duración prevista para las restricciones es fundamental, porque medidas como el confinamiento no se habrían aceptado tan fácilmente desde el principio si no se hubiera anunciado una fecha límite muy corta para ellas. Pero en realidad todo ha sido improvisado, así que nada podía contar con una fecha de caducidad.

La prueba es que al final del confinamiento casi todo el mundo, incluyendo las autoridades políticas, daba el problema por terminado. En esas circunstancias, pedir a la población que haga esfuerzos porque «debemos remar juntos» (como dice la consejera vasca de Sanidad) es escandaloso.

 
CONTINUARÁ…

 

Sobre el autor
Profesor de Literatura en la Universitat de Barcelona. Sus intereses se orientan hacia el ensayo y la historia cultural en la España contemporánea.
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