Civilizaciones, de Laurent Binet: la alegría de las alternativas históricas en la ucronía

Imagen retocada de la cubierta de «Civilizaciones», Laurent Binet, Seix Barral, 2020

 
Este verano he leído una novela cuyo argumento ya he explicado a mis padres, a mis hijos, a varios amigos, y estoy impaciente por explicársela a mis alumnos. Se trata de Civilizaciones (Seix Barral, 2020), de Laurent Binet, una ucronía, o novela histórica alternativa, que narra qué hubiese pasado si los incas hubiesen conquistado Europa.

Aunque una de las principales virtudes de Civilizaciones es que va a despertar la cólera del Mario Vargas Llosa de La utopía arcaica y de la Elvira Roca Barea de Imperiofobia, yo no quiero entrar ahora en ese tipo de debates (aunque no me importa reconocer que me siento cercano del José Luis Villacañas de Imperiofilia), sino, simplemente, comunicar la alegre (y compartida) sensación que la lectura de esta novela me produjo este verano.

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Para empezar, el argumento. En la primera de las cuatro partes de que se compone Civilizaciones, se narra el aleteo de la mariposa: en el siglo X, una de las hijas de Erik el Rojo, perseguida por uno de sus hermanos, abandona con un grupo de guerreros la colonia vikinga de Vinland, y navega hacia el sur. Su fuga producirá un efímero pero significativo encuentro entre la cultura vikinga y diversas culturas precolombinas del Caribe, Centroamérica y los Andes, pues les dejará como legado el uso del hierro, el manejo de los caballos, el culto a Thor, el belicoso dios del trueno y, lo más importante quizás, un escudo inmunológico frente a las enfermedades europeas que, de otro modo, los habrían diezmado.

Edición francesa, 2019

En la segunda parte, que se presenta como una reescritura de los diarios de Colón, el genovés se encontrará con unos indígenas mucho más preparados y mucho menos dóciles de lo que parecen haber sido aquellos que se encontró en la realidad. Aquéllos aniquilarán casi todos sus hombres, capturarán sus barcos, y Colón acabará sus días como un exótico y melancólico prisionero del rey taíno Cahonaboa, a cuya hija, Higuenamota, enseñará algunos rudimentos de español.

Una vez sentadas las bases del juego (que otros llaman world-building), la tercera parte de la novela, que ocupa más de la mitad del libro, explica cómo, unos cuarenta años más tarde, el rey inca Atahualpa se dirigirá hacia el norte, huyendo de su hermano Huáscar. A su paso por Cajamarca, no será apresado, claro está, por Francisco Pizarro, puesto que Colón nunca regresó a España y la ruta occidental fue abandonada, por imposible, sino que seguirá subiendo, hasta que, frenado por los aztecas, se vea obligado a darse a la mar. Lo cual lo llevará a Cuba, donde la reina Higuenamota les entregará los pesados barcos con los que llegó aquél estrafalario indígena que le enseñó español en su infancia, y los exhortará a realizar la ruta inversa.

Atahualpa se embarcará con menos de trescientos soldados, con los cuales logrará conquistar Europa. ¿Inverosímil?

No menos que la historia real, en la que Hernán Cortés conquistó Mesoamérica con el mismo número de hombres (y el concurso de numerosas circunstancias coadyuvantes que Binet replica de forma magistral). A partir de este momento, las simetrías son constantes, sin llegar a ser siempre mecánicas o previsibles. Quizás una de las principales felicidades del libro sea la combinación del placer del reconocimiento y la alegría de la alternativa, especialmente importante, como comentaremos más adelante, en un momento de claustrofobia ontológica como el nuestro.

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Seix Barral, 2020

Pero volvamos a la historia. La Península ibérica está asolada por la peste, la pobreza y el fanatismo religioso. Los incas encuentran muy pronto el apoyo de los judeoconversos y los moriscos (quienes hacen las veces de tlaxcaltecas), que hallarán en la religión imperial de los incas un marco de tolerancia, pues permite que cada uno venere a sus propios dioses, con la única condición de que acepten como paraguas teológico a Inti, el dios del sol.

Por si esto no fuese suficiente, los incas también rechazarán con horror los sacrificios humanos que presenciarán, bajo la forma de autos de fe, en Toledo (lo cual les llevará, temiendo por su vida, a realizar una terrible matanza preventiva que replica la que Hernán Cortés y sus hombres perpetraron en Cholula). Carlos V será inesperadamente capturado en la Plaza Mayor de Salamanca (plaza de Cajamarca), para ser luego confinado en la Alhambra de Granada (palacio de Moctezuma), donde continuará fungiendo como emperador, bajo el control de Atahualpa (Hernán Cortés).

Tras un intento de huida, orquestado por Juan Ginés de Sepúlveda, en el que el emperador morirá (muerte de Moctezuma), los incas, acompañados de un ejército de moriscos y judeoconversos (tlaxcaltecas), lograrán escapar, no sin sufrir numerosas pérdidas (Noche Triste), para refugiarse en Sevilla, donde esperarán con impaciencia la llegada de los barcos que Atahualpa mandó construir y zarpar para que vuelvan de América cargados de esas piedras amarillas con las que en Europa puede conseguirse de todo.

Una vez establecido el flujo de entrada del oro americano, el ejército de Atahualpa se verá engrosado por numerosos mercenarios, embajadores y prestamistas (fundamentalmente el banquero alemán Fugger), que le permitirán formar un gran ejército imperial, y comprar el voto de los príncipes electores alemanes que deben decidir quién ha de ser el siguiente emperador.

Stefan Zweig, 1938

Pero la conquista de Atahualpa no va a producirse solo en el plano militar, sino también, o sobre todo, en el político y el cultural. En cierto capítulo Thomas More y Erasmo intercambian unas interesantes cartas en las que se nos cuenta cómo Enrique VIII ha decidido convertirse al intismo, la religión de los incas, por ser esta una religión más tolerante que le permite tener varias mujeres.

Atahualpa también seducirá a los campesinos alemanes, que fueron traicionados por Lutero, quien se alineó con los poderosos, provocando una violenta guerra represiva en la que murieron más de cien mil rebeldes campesinos, además de su líder Thomas Müntzer.

¿Y cómo se gana Atahualpa el apoyo de los campesinos alemanes? Mediante la promulgación de las 95 tesis del sol, que el mismo Melanchton ratificará, y colgará en la puerta de la Iglesia de Wittenberg. Tesis en las que se instituye el culto al dios Inti como religión marco que permite todas las demás creencias, se declara a Jesucristo una divinidad local, se afirma el heliocentrismo, se limpia el nombre de Müntzer, se rechaza el valor de la virginidad, se afirma el libre albedrío y se declara la abolición de la propiedad privada.

Gracias a todos estos movimientos culturales, políticos, económicos y militares, Atahualpa es, finalmente, nombrado emperador. Pero la pax incaica se va a ver amenazada cuando el flujo de los barcos cargados de oro deje de llegar desde América.

Atahualpa, 1500-1533

No, no son los corsarios ingleses, puesto que Inglaterra ha aceptado el intismo como religión nacional y mantiene buenas relaciones con el emperador Atahualpa. Son los aztecas, que, inspirados por las hazañas de Atahualpa, han empezado a fatigar el Atlántico, para, finalmente, lograr una alianza con el rey francés François Ier, el gran adversario del imperio español, si bien, una vez deje de serles útil, será sacrificado en una gran pirámide que los aztecas construyeron en la plaza del Louvre (“su corazón palpitante debió ser lo último que vio.”).

Binet podría haber reescrito la historia de Europa hasta nuestros días, pero quizás el juego se habría alargado demasiado. Así que esta tercera parte acabará de forma algo abrupta con el asesinato, en Florencia, y en nombre de la República, de Atahualpa, cuya momia será venerada en la catedral de Sevilla.

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A modo de estrambote, Binet añade una cuarta parte, más breve, en la que narra el peregrinaje de Cervantes a Wittenberg, donde desea visitar el templo del sol, y a cuyo regreso trabará amistad con un extraño caballero andante, de origen griego, héroe y orate, como diría Ortega y Gasset, llamado Domenikos Theotokopoulos, que fungirá como figura inspiradora de un futuro Quijote.

Cervantes y El Greco se alistarán para participar en la batalla de Lepanto, conocida también como “la batalla de los Cuatro imperios”, por haberse enfrentado en ella, de un lado, la armada hispano-inca, capitaneada por Inca Juan Maldonado, reforzada por la flota franco-mexicana del almirante Coligny, y, del otro, la armada turca de kapitan pacha, junto con algunos contingentes españoles y romanos en el exilio. Tras la batalla, en la que Cervantes perderá previsiblemente la movilidad de un brazo, los dos amigos serán apresados por piratas berberiscos, que los acabarán vendiendo a los aztecas que ocupan Francia, necesitados de prisioneros para sacrificarlos en sus pirámides a Huitzilopochtli y a Tláloc.

M. de Montaigne, 1533-1592

Sin embargo, la terrible peste de Bordeaux de 1585 permitirá que Cervantes y El Greco huyan de la cárcel en la que habían sido encerrados y se oculten en la campiña aquitana hasta dar con una torre semiabandonada, en cuyo primer piso hay una pequeña capilla, en el segundo una cama y en el tercero una biblioteca en cuyas vigas pueden leerse diversos adagios latinos y griegos. Tras esconderse unos días en dicha torre, su indefectible dueño, Michel de Montaigne, regresa y les brinda su protección. Escondidos en la torre, los tres hombres leerán y dialogarán, hasta que Cervantes y El Greco decidan proseguir su viaje.

Quizás en este punto, Binet pierde la oportunidad de ofrecernos la maravillosa conversación Cervantes y Montaigne hubiesen podido mantener (así se imaginaba realmente Borges el paraíso), para limitarse a un tipo de diálogo más binario y pobre entre el escéptico Montaigne y el dogmático Domenikos, quien le echa en cara a su anfitrión su tibieza religiosa y su connivencia para con los invasores aztecas.

Finalmente, Cervantes y El Greco, serán enviados a América, donde los aztecas necesitan pintores y escritores europeos. Será precisamente el almirante Coligny, quien trató de fundar una utopía de tolerancia religiosa en la malhadada colonia de la Francia Antártica, quien les llevará, junto a un zapatero ginebrino (el Jean de Léry de la Historia de un viaje hecho al Brasil, un libro considerado por Lévi-Strauss como “el manual del etnógrafo”, y que aún no ha sido traducido al español). Una vez arribados, los dos amigos se perderán en la capital del gran imperio azteca, donde “se hablaba todas las lenguas, se amaba a todas las mujeres y se rezaba a todos los dioses”.

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Laurent Binet, escritor

Entre los muchos hallazgos formales del libro, destacamos, primero, la reproducción intercalada de unas seis o siete octavas reales extraídas de una epopeya ficticia, titulada Les incades, que, al modo de Os Lusíadas de Camões, narra las hazañas de este pequeño grupo de exploradores y conquistadores incas liderados por Atahualpa.

También resulta especialmente interesante el uso de la écfrasis, o descripción literaria de obras plásticas, en este caso de los cuadros que hubiesen podido pintar Tiziano, Miguel Ángel o El Greco, entre otros, si la historia de Binet fuese cierta: la imponente escultura de Viracocha realizada por Miguel Ángel, el emperador Atahualpa a caballo, el apresamiento de Carlos V en Salamanca, etc.

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Pero Civilizaciones no es solo una historia más para pasar el rato, no es, por así decirlo, una propuesta de guion para una serie de Netflix, sino que es, o al menos podemos hacer que sea, un verdadero ejercicio filosófico (véase a Pierre Hadot).

He hablado más arriba de claustrofobia ontológica. Con dicha expresión me refiero a la angustiosa sensación de que no existe una verdadera alternativa al modo en cómo son las cosas.

Ciertamente, tras el fracaso de las utopías, tras la traca neoliberal del fin de la historia y tras la matraca posmoderna de la muerte de la posibilidad, nos hemos quedado con la sensación de que no existe ningún tipo de alternativa política, económica, social o existencial al modo en cómo vivimos.

Francis Fukuyama, 1992

Esta claustrofobia ontológica ha alimentado las fantasías apocalípticas de muchas personas, pues las esperanzas milenarias es lo último que se pierde, más aún cuando la crisis económica, el colapso ecológico, el auge de los neofascismos y la pandemia de coronavirus dibujan en el horizonte una nueva tormenta perfecta. Pero, fuera de ese triste consuelo suicida, sentimos que lo único que queda, como decía Fukuyama en El fin de la historia es el mero repetir de lo mismo. Puro Revolutionary road.

Esta sensación de imposibilidad es, en términos spinozianos, triste, puesto que reduce nuestra potencia, y nos aboca a un fatalismo melancólico, mientras que la creencia en una o en varias alternativas es alegre.

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Es en este sentido que digo que la lectura de la novela de Binet es un alegre ejercicio de contingencia y alternativa. Y no se trata de que, como fulminará en breve Vargas Llosa, Laurent Binet idealice la cultura inca en tanto que “utopía arcaica”, de tintes socialistas avant la lettre (o avant el kipu), como quizás sí hizo José María Arguedas.

Ciertamente, en Civilizaciones se ponen en juego algunas de las principales aportaciones que la cultura inca podría haber realizado a la historia de la humanidad (la tolerancia religiosa, por ejemplo, puede ser considerada una técnica –política– tan importante como la rueda o la escritura), pero no deja por ello de presentar las zonas oscuras de ese imperio, que, como cualquier otro, utiliza la fuerza y el engaño para mantener su poder.

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Como cualquier novela, como cualquier realidad, Civilizaciones tiene carencias, que quizás podríamos llamar simplemente “alternativas”, puesto que toda novela, por ser el fruto de un cúmulo de elecciones, podría haberse escrito de infinitas otras maneras.

Andreas Koppen, 2008

¿Por qué Binet se imagina la obra de Rabelais, Tiziano, Miguel Ángel o Cervantes en ese nuevo mundo, pero no incluye ni un solo pintor, músico o escritor (salvo el narrador de la novela, que se presenta como un cronista probablemente inca) de origen americano?

¿Por qué no imaginar de qué modo el influjo de los modos literarios precolombinos (la lírica de Nezahualcóyotl, por ejemplo) habría podido cambiar la historia de la literatura mundial? ¿Por qué no imaginar cómo la filosofía náhuatl (vean los escépticos el delicioso libro La filosofía náhuatl de Miguel León Portilla) habría podido redirigir la historia de la filosofía occidental?

¿Por qué no incluir algunas referencias a la odisea portuguesa en China o en Japón (véase, por ejemplo, El águila y el dragón de Gruzinski)? ¿Y por qué no aparece el Inca Garcilaso de la Vega, que participó en la guerra contra los moriscos, en las Alpujarras?¿Por qué no los Naufragios de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, la Araucana de Ercilla o la Nueva crónica y buen gobierno de Huamán Poma de Ayala?

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Ciertamente, en algunos aspectos pasajes podría haber hecho más, pero lo cierto es que, además de haber hecho mucho, Binet se beneficia del principio artístico del quien golpea primero golpea dos veces.

En las primeras páginas de su espléndido ensayo Ortodoxia, Chesterton dice: “A menudo he pensado escribir una novela sobre un navegante inglés que calcula de manera ligeramente equivocada el derrotero y acaba descubriendo Inglaterra con el convencimiento de que se trata de una isla de los Mares del Sur”.

Para Chesterton, ese ejercicio de desautomatización, que ya practicaron Montaigne (“De los caníbales”), Cyrano de Bergerac (El otro mundo), Montesquieu (Cartas persas), Voltaire (“Micromegas”), y tantos otros, radica en el principal problema de los filósofos:

¿Cómo sorprendernos al mismo tiempo por el mundo y sentirnos en él como en casa?

Chesterton puede estar contento, pues Laurent Binet ha escrito, a lo grande, esa novela que a él no le dio tiempo a escribir.
 

Sobre el autor
Licenciado en Filosofía, Filología y graduado en música clásica. Doctor por la Universidad de Barcelona, con la tesis "El escepticismo en la obra de Jorge Luis Borges", y PhD en Estudios Culturales, por la Universidad de Georgetown, con "Literatura posnacional en Hispanoamérica". Es autor de Literatura posnacional (2007), Que nada se sabe y El escepticismo en la obra de Jorge Luis Borges (2012). Ha publicado diversos artículos en revistas nacionales e internacionales. Actualmente es profesor de Literatura Hispanoamericana en la UB y profesor de Estudios culturales en la Universidad de Stanford. Twitter: @dinolanti
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