Historia oficial y exterminio cultural grecolatino: sobre La edad de la penumbra, de Catherine Nixey (IV)

Mosaico de bañistas en la Villa romana del Casale, Sicilia

 
En esta cuarta y última entrega de la serie sobre La edad de la penumbra. Cómo el cristianismo destruyó el mundo clásico (Taurus, 2017) de la ensayista Catherine Nixey, nuestro colaborador Bernat Castany hace hincapié en asuntos como: la construcción de una historia oficial cristiana y la instauración de una política represiva tendiente al exterminio de la cultura grecolatina.

[Ver las cuatro entregas de esta serie]

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IV.- Historia y olvido

§ La historia oficial. La historiografía cristiana, que en muchos aspectos sigue funcionando, sin darnos nosotros cuenta, como historia oficial, lleva dos mil años ocultando este genocidio cultural del que ya nadie se acuerda. Sus principales estrategias han sido: (1) la desacreditación de la víctima, (2) la minimización de su propia responsabilidad y (3) la transformación del delito en virtud.

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§ ¿Clásicos o paganos? En lo que respecta a la primera estrategia, la historia oficial cristiana buscó, desde un principio, rebajar la cultura grecolatina a mero paganismo, y el paganismo a mera locura o enfermedad[i] que debía ser extirpada.[ii]

Edición italiana

Así, el título completo de uno de los libros fundacionales del cristianismo, La ciudad de Dios, de Agustín de Hipona, era La ciudad de Dios contra los paganos, quienes eran presentados directamente como “maestros de la depravación que se deleitan en la obscenidad” (IV, 27).

Incluso la significación del término “págano” fue deformada. En su origen, dicho término era utilizado para designar a un civil en oposición a un soldado, y solo después del auge de la victoria cristiana pasó a designar, mediante falsas etimologías que lo relacionaban con el pagus, esto es, con el campo y los campesinos, al ámbito rural, con el objetivo de dotar al término con “el poco atractivo aire de rústico y atrasado, una corrupción que mantiene hasta hoy.” (28).

Por si esto no fuese suficiente, la historia oficial cristiana logró presentar a los paganos como gente que nunca había creído de veras en sus “absurdos y confusos rituales politeístas”, de modo que no les costó en absoluto adoptar esa nueva religión, más elaborada, juiciosa e intelectual, que fue el monoteísmo cristiano.

Según esta perspectiva, el cristianismo llegó en el momento adecuado para colmar las ansias espirituales de una época desencantada y desanimada. Es “la miseria del hombre sin Dios”, de la que hablará Pascal, o “el nihilismo”, que se tragó Nietzsche. Las viejas religiones grecorromanas ya no ofrecían (si es que en algún momento lo habían hecho) consuelo y esperanza.

En ese contexto, afirma la historia oficial, “la nueva religión no solo aportaba consuelo, compañía y un sentido a esta vida, sino que además ofrecía la promesa de la felicidad eterna en la siguiente”.

Samuel Johnson, 1709-1784

Entonaron este tópico Samuel Johnson, para el que “los infieles se convirtieron fácilmente porque no tenían nada a lo que renunciar” (15 de abril 1778), y el mismo Flaubert, quien diría, con ambigüedad, aquello de que: “Cuando los dioses ya no existían, y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón a Marco Aurelio, en que solo estuvo el hombre.”

Según Nixey, ambos se equivocarían, porque ni muchos infieles se convirtieron tan fácilmente, sino que lo hicieron, como hemos visto, por temor; ni el hombre estaba solo, o al menos no más solo que en todas las demás épocas de la historia, pues tenía su propia religión, y además contaba con la filosofía, que fungía como soteriología o doctrina de la salvación laica.

Pero la religión grecorromana fue arrasada, y la filosofía fue expropiada de sus funciones prácticas, para convertirse en una disciplina auxiliar de la teología, cuya función se limitará a darle una base racional a unos dogmas prefijados e indiscutibles.

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§ ¿Clásicos o decadentes? La segunda estrategia del cristianismo fue minimizar su propia responsabilidad en el proceso de desaparición de la cultura clásica. Recordemos que este es uno de los puntos más importantes, y más polémicos, de la Historia de Gibbon. Según la historia oficial, el imperio Romano era una sociedad decadente, corrupta, violenta dividida, y destinada a desaparecer.

Su relato está lleno “de emperadores debilitados y ejércitos bárbaros invasores; de impuestos punitivos, plagas espantosas y un populacho cansado y perezoso”. Como las buenas mentiras, dicha afirmación tiene mucho de verdad, por la sencilla razón de que, en mayor o menor medida, toda sociedad es decadente, ya que, como los individuos, las sociedades empiezan a morir nada más nacer.

Pero la prueba de que miente es que, si la sociedad y la cultura clásica hubiesen estado realmente tocadas de muerte, el cristianismo no habría tenido que esforzarse tanto en hacerla desaparecer.

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§ ¿Salvadores o verdugos? La tercera estrategia a la que recurrió la historiografía cristiana fue la de presentar el delito de haber acabado con toda una cultura en un acto virtuoso.

Lo cierto es que, desde un primer momento, y con el objetivo de reprimir los escrúpulos o las críticas, los padres de la Iglesia desplegaron un rico tapiz de metáforas que cubría lo que de otra forma habría sido visto como pura violencia.

Crisóstomo hablaba de capturar con redes al pecador para llevarlo de vuelta al camino verdadero.

Catherine Nixey, escritora

Agustín utilizó la parábola del señor que organizaba un festín, y le decía a su sirviente: “ve por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa?” (Lucas, 14:23), así como la eterna metáfora médica de la amputación: “Cuando los médicos ven que hay que cortar y cauterizar la gangrena, cierran con frecuencia bondadosamente los oídos al furioso llanto”. Al fin y al cabo, “estas cosas se hacen por previsión, no por crueldad.” (Agustín, Carta 104, 2, 7).

Agustín también hablará de una “crueldad misericordiosa”, (saevitiamisericors) (Sermón 279, 4), y dirá que es mejor “amar con severidad que engañar con suavidad” (Carta 93, II, 4), pero que, en todo caso, la Iglesia: “persigue en el espíritu del amor” (Carta 185, 2).

Por su parte, Jerónimo justificará cualquier imposición o violencia afirmando que “no es crueldad lo que es piedad para con Dios” (Carta 109.32).

Y Clemente de Alejandría repitió que “reprender es signo de buena voluntad, no de odio” (Pedagogo, 1.8.), si bien estaba convencido de que Dios le había dicho: “Afilaré mi espada (…); tomaré venganza de mis enemigos y daré su merecido a quienes me odian. Embriagaré con sangre mis saetas y mi espada devorará la carne ensangrentada de los heridos”.

Pero todo ello sin acritud.

El pensamiento vivo de Séneca, María Zambrano

Por si esto no fuese suficiente, la historia oficial cristiana ha pretendido presentarse como una salvadora del legado cultural grecolatino, al pretender que fueron los monasterios quienes preservaron buena parte del conocimiento clásico, callando que, antes de erigirse en la guardiana de esas ruinas, la Iglesia destruyó el edificio. Además, en esos monasterios el descuido activo siguió destruyendo lo poco que quedaba.[iii]

Las curiosas reflexiones de la posmodernidad sobre los palimpsestos olvidaban que dicha práctica supuso la destrucción de numerosas obras hoy ya inencontrables: “Agustín sobreescribió el último ejemplar de Sobre la república de Cicerón para anotar encima sus comentarios a los Salmos; una obra biográfica de Séneca desapareció bajo otro Antiguo Testamento más. Un códice con las Historias de Salustio se raspó para dar lugar a más escritos de san Jerónimo”.

Así que, aunque el fuego, las inundaciones, las invasiones y el propio paso del tiempo también cumplieron su papel, el asalto cristiano fue, nunca mejor dicho, crucial.

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§ Cierre. Según Nixey, aunque les pueda resultar doloroso, los cristianos no deberían negar o excusar estos hechos, sino asumirlos como un modo de mejorar su propia religión, expuesta, como toda otra realidad humana, a aciertos y a errores: “El cristianismo es una religión más grande y fuerte cuando también admite esta realidad y la desafía”.
 


[i] Códice teodosiano 16.10.1-21 y Códice justiniano 1.11.10.

[ii] “¡Dios quiere, lo mandó, lo predijo, comenzó ya a llevarlo a efecto, y en muchos lugares de la tierra ya lo ha realizado en parte: la extirpación de toda superstición de paganos y gentiles!” (Agustín, Sermón 24.6)

[iii] Según explica Stephen Greenblatt en El giro(2011), en las bibliotecas de los conventos, para pedir una salmodia, se utilizaba el gesto de las palmas extendidas y el ademán de pasar página, pero para pedir un libro pagano se hacía el gesto de amordazar.

 

Sobre el autor
Licenciado en Filosofía, Filología y graduado en música clásica. Doctor por la Universidad de Barcelona, con la tesis "El escepticismo en la obra de Jorge Luis Borges", y PhD en Estudios Culturales, por la Universidad de Georgetown, con "Literatura posnacional en Hispanoamérica". Es autor de Literatura posnacional (2007), Que nada se sabe y El escepticismo en la obra de Jorge Luis Borges (2012). Ha publicado diversos artículos en revistas nacionales e internacionales. Actualmente es profesor de Literatura Hispanoamericana en la UB y profesor de Estudios culturales en la Universidad de Stanford. Twitter: @dinolanti
1 comment on this postSubmit yours
  1. Muchas gracias a «Pliego Suelto» y al autor Bernat Castany Prado por estas excelentes publicaciones que nos ha permitido acceder a la obre de Catherine Nixey. Felicidades.

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