Paul Virilio: El accidente o el milagro a la inversa (I)

Tachado de apocalíptico por unos y reivindicado como visionario por otros, Paul Virilio es uno de lo escasos intelectuales contemporáneos que ejercen una crítica de la tecnología lúcida, original y decidida. Nuestro redactor D. esboza, en tres entregas, un mapa en el que sitúa algunos conceptos claves del pensador francés como velocidad, accidente y cronopolítica así como bomba informática o bomba genética, entre otros
[ir a la segunda parte]

El salto de Félix Baumgartner fue decepcionante. Cabían dos posibilidades, la primera de las cuales todos anhelaban secretamente: el accidente y sus variantes; la despresurización del traje, el fallo en el mecanismo de abertura del paracaídas; en fin, que se estrellara, que se desintegrara. La catástrofe es el desagüe emocional a donde van a parar todas las pasiones enfrentadas ante un acontecimiento de riesgo: algo tiene que llegar a su fin, sugiere la conciencia, y de una vez para siempre. Baumgartner rompió la barrera del sonido y durante el tiempo en que se escribe este artículo está haciendo rondas de entrevistas vendiendo la proeza, con promotor comercial inclusive, ese que tendría que haber cambiado de eslogan en caso de que el espectáculo hubiera sido sangriento.

La otra posibilidad se observa mejor desde lo alto. La línea borrosa de la atmósfera aparece más plana de lo que la ha visto jamás un hombre, al menos en vivo. El hecho de que el vacío se abra sobre la cabeza del saltador y, sin embargo, no ascienda, no salga proyectado hacia el abismo, es la otra gran oportunidad perdida. Un hombre geoestacionario grabando en directo un fallo de cálculo hubiera sido el mayor éxito de audiencia de todos los tiempos. La humanidad a la deriva, estupenda metáfora.

La situación es muy similar a la que padece Tántalo en el infierno: ni comer fruta, ni beber agua. Ponga donde ponga los labios, nunca puede satisfacer su apetito. Está atrapado en el punto exacto donde no hay nada, salvo el agujero de su desesperación. Como el ser humano, que sigue siendo, pese a todo, una criatura terrícola, asfixiándose en un vasto desierto en el que la extinción biológica solo es el más visible y vulgar de los síntomas. Pero Baumgartner parece haber lanzado un desafío: un paso más y abandonamos este planeta. Este es el fin buscado, el apocalipsis, la desaparición del mundo y de su lógica gravitacional1. Es posible que el planeta esté en declive, pero de la misma manera que abunda en el arte —afirmaba Sábato—, en el análisis de este tiempo hay también una literatura de la crisis.

Fenomenología de la guerra

Bunker Archeology, Paul Virilio

 
Paul Virilio (París, 1932) percibió muy pronto que la lógica de la guerra modificaba la fisonomía de las ciudades. De vivir en la tensa paz parisina durante los años treinta, una cierta estabilidad a punto de arrancar a correr, pasó a sufrir la destrucción consagrada de los 40, durante la II Guerra Mundial, en Nantes, en el límite Atlántico erizado por búnkeres cuya función de frontera artificial no declaraba tanto la seguridad de una buena previsión como el pronóstico de la invasión militar.

La mirada de un niño congela las imágenes para recordarlas y, como en una fotografía, detiene el curso de los acontecimientos; la contradicción de ser protegido por lo que amenaza provoca la misma perplejidad que la irrupción de las primeras bombas: paralizadas, como víctimas de la fotografía del niño, revelan la aerodinámica del momentum, una arquitectura pensada para no detenerse nunca.

Cerraba a medias los ojos hasta no dejar más que un resquicio por el que miraba intensamente lo que quería ver. […] Después, giraba tres veces sobre mí y pensaba que así había atrapado, cogido en la trampa, lo que había visto. [Henri Lartigue]

Virilio se licenció en Arquitectura y sus primeros trabajos giraron en torno a la fenomenología bélica. Pasa así del absoluto control de los espacios y de las dimensiones a la comprensión de la mecánica de fluidos, esencial en la técnica militar. Aquí, de nuevo, surge otra paradoja: su infancia dependía de esos refugios que necesariamente tenían que repeler las bombas, pero de la catástrofe brotaba la esperanza de sobrevivir al último ataque. Virilio es también cristiano, cree en la resurrección y en la revelación: «Masabielle [la cueva de Lourdes] es un lugar verdaderamente impropio, un chiquero. Incluso era un lugar al que, de noche, los hombres solían llevar a las prostitutas. Y justo ahí se viene a aparecer la Virgen»2. Su iglesia de Sainte-Bernadette, idéntica a un búnker, reproduce la fe dentro del escenario del horror. A la manera del expresionismo alemán, todas las fuerzas del mal se concentran en la noche que envuelve el último reducto de supervivencia.

Iglesia de Sainte-Bernadette, Nevers, Francia. Paul Virilio

 
En La administración del miedo, Virilio observa que «el diálogo de sordos entre Bergson y Einstein tiene su origen, fundamentalmente, en que el filósofo hablaba de lo vivo y el físico de lo veloz y del vacío, lo cual, aunque encierra una verdad científica, ha contribuido a arrastrar a los hombres hacia […] la vertiente de la duda y de la relatividad de lo vital. Y, por consiguiente, hacia un espacio-tiempo que escapa a la conciencia inmediata»3. Tal ruptura simboliza la actual división entre Humanidades y Ciencias, tópico que ha llevado a telepredicadores como Stephen Hawking a afirmar que a la filosofía ya no le queda nada que decir —y de ahí la corriente, ya un tanto dépassé, de que su ciencia lo explica todo—, pero más fundamentalmente un alejamiento de la posibilidad de sentir la Naturaleza4.

La ciencia se está convirtiendo, otra vez, en un mito. En lugar de reforzar la razón, acude a la irracionalidad y a la magia; ahora fabrica lo que le da la gana. [Paul Virilio5]

La unión entre Bergson6 y Einstein significa la sinergía entre la fenomenología, el hombre como conciencia de la duración, y la relatividad, el hombre como velocidad y aceleración. O, en otras palabras, un modo de unificar y exponer la percepción que tendrían recíprocamente todos los sistemas de referencia.

El término básico de la filosofía de Virilio es la dromología; su libro fundamental, Velocidad y política (1977). Por dromología (del griego «acción de correr») se entiende el estudio de las velocidades en relación a un contexto concreto: un análisis que fija una narración histórica a partir de la aceleración de los trayectos, sean los del proyectil, de la flecha al misil balístico; sean los de la locomoción, del caballo al cohete. Al comprender que existe una aceleración de las tecnologías, que invaden progresivamente el espacio en menos tiempo, se infiere que «la política no es más que una caja de velocidades»7, es decir, una cronopolítica. Habría, entonces, un condicionamiento del ser humano por  parte del movimiento que ha sido gestionado sistemáticamente y que ha influido en su relación con la realidad.

Virilio distingue tres tipos de revoluciones que asocia a una administración concreta de la cronopolítica. La primera, la revolución de los transportes, vinculada a la revolución industrial, que articulaba el espacio topográfico mediante rutas de comunicación, ya sean vías ferroviarias o autopistas o, más difusamente, marítimas y aéreas, pues esta última anticipa la desaparición del territorio. La segunda, la revolución de las transmisiones, se asienta sobre lo que Echeverría llama el «tercer entorno»8, redes tecnológicas que presuponen la «electricidad, electrónica, informática, transistorización, digitalización», en definitiva, la difusión por ondas electromagnéticas. La tercera es la revolución transgénica, que deriva de la decodificación de lo viviente en líneas de información. De esta provienen los alimentos transgénicos, la cirugía plástica, la modificación genética, pero también la eugenesia, la que más claramente está cargada de valor negativo, al menos para un público amplio.

En Velocidad y política se afirma algo muy poco complaciente: que una de las victorias del nazismo fue «la puesta en marcha de las masas […] porque Hitler convenció a 170.000 ciudadanos para que se los compren [los Volkswagen] cuando no había ni uno solo disponible»9. Los totalitarismos iniciaron la articulación del territorio en vías de acceso rápido10 e impulsaron programas de movilización universal, de dromocracia: que todo el mundo se ponga en marcha a una velocidad cada vez mayor según las exigencias de la guerra. Las reivindicaciones de los pasajeros, presuntamente secuestrados por los controladores aéreos en huelga11, es la exigencia del derecho a desplazarse.

Los mecanismos que permitirían este constante flujo humano revela su lado defectuoso cuando se paraliza: adiós a las vacaciones, adiós al tiempo libre, adiós al buen funcionamiento del sistema laboral, que necesita, si quiere funcionar, de la recompensa de Disneylandia. De aquí nace, por un lado, el fetichismo por la prótesis que garantice el movimiento. El coche, la más democrática, es una de ellas, y por eso la expectación que despierta el deporte de motor. Pero, también, de la escalada de velocidades. Es Estados Unidos quien en su revancha histórica, pues en el Mayflower viajaba el problema religioso que la Corona no toleraba, ha convertido la peregrinación al precipicio en la ética dominante. El go-west en busca de propiedad y empleo, o la fiebre del oro hacia Alaska, deja paso a la infinitud del trayecto y el goce del vehículo: de la costa este a la oeste, y vuelta a empezar, como experimentó Kerouac a expensas de su madre:

América es el país del no retorno, de la ida sin vuelta, la funesta amalgama de una carrera sin fin con ideas de libertad, progreso y modernidad. [Paul Virilio12]

Pero no solo el usuario disfruta ahora de su propia dosis de vértigo, sino también el gobierno, apoyado en la revolución de las transmisiones, la electrónica y la carrera armamentística. Cronopolítica, otra vez. Durante la Guerra Fría, tanto Estados Unidos como la URSS automatizaron las respuestas de sus misiles ante posibles ataques. La película de Sidney Lumet Punto límite (1964) explica en clave de thriller político el peligro de la desaparición progresiva de la diplomacia en conflictos mediatizados por el cálculo de la máquina.

La defensa activa exige por lo menos tener el tiempo material para intervenir. Pero es ese “material de guerra” lo que desaparece en la aceleración de los rendimientos de los medios de comunicación de la destrucción […]. La guerra descansa ahora totalmente en esa desregulación del tiempo y los lugares; ésa (sic) es la razón por la cual la maniobra técnica […] ha suplantado totalmente en lo sucesivo la maniobra táctica [Paul Virilio13]

Brevemente, de la reflexión se pasa al reflejo: «inaugura la guerra del tiempo»14. Lo que más asustaba no era exactamente que no pudiera confiarse en los políticos, habida cuenta de su largo historial de insensateces, sino que ya ni siquiera ellos podrían apelar a su derecho a la supervivencia. El miedo primordial a la muerte, o la lucha por mantener desesperadamente la vida, estaba siendo puesto a prueba todos los días.

[ir a la segunda parte]


Nota.- Esta es la primera de las tres partes dedicadas al pensamiento de Paul Virilio. En la tercera se incluirá una bibliografía de referencia.

1 Obviaremos la teoría del universo eléctrico, de la que es partidario intransigente nuestro compañero Ivan Piechowski y que niega cualquier implicación de la gravedad en ninguna cuestión física.
2 Paul Virilio, Amanecer crepuscular, p. 27, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2003.
3 Paul Virilio, La administración del miedo, p. 29, Barataria, Madrid, 2012.
4 No es este el lugar para entrar en un debate sobre la fractura entre la experimentación actual y la Naturaleza. Baste decir que en cualquier lugar donde se esté desarrollando un experimento, la Naturaleza no aparece ni como residuo de una hipótesis.
5Paulo Virilio, Amanecer crepuscular, p. 134, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2003.
6 «Al lado del cuerpo […] captamos algo que se extiende mucho más lejos que el cuerpo en el espacio y que dura a través del tiempo, algo que demanda o impone al cuerpo movimientos […]; es el yo, el alma, el espíritu […]. Esta es la apariencia». Henri Bergson, Materia y  memoria. Ensayo sobre la relación del cuerpo con el espíritu, p. 255, Cactus, Buenos Aires, 2006.
7 Paul Virilio, Velocidad y política, p. 26, La marca, Buenos Aires, 2006.
8 Javier Echeverría, Los Señores del aire: Telépolis y el Tercer Entorno, pp. 48- 57, Destino, Barcelona 1999.
9 Paul Virilio, op. cit., pp. 30-31.
10 La primera red de autopistas se debe a Mussolini. Miguel Artola y Manuel Pérez Ledesma, Contemporánea. La historia  desde 1776, p. 307,  Alianza, Madrid, 2009.
11 Mayka Navarro y Cristina Buesa, «El espacio aéreo español permanecerá cerrado hasta al menos las 19 horas del sábado», El Periódico de Catalunya [edición digital], 4 de diciembre de 2010 [consultado el 27 de octubre de 2012].
12 Paul Virilio, La bomba informática, p. 31, Cátedra, Madrid, 1999.
13 Paul Virilio, Velocidad y política, p. 123, La marca, Buenos Aires, 2006.
14 idem.

 

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  1. Solo quiero añadir una cosa acerca de Felix Baumgartner.

    Hace unos días declaró que el viaje a Marte de la Curiosity era una pérdida de tiempo y dinero y que la NASA no debería despilfarrar medios en estas chorradas. Es gracioso teniendo en cuenta que todo lo que usó para su famoso salto (desde la cápsula hasta la escafandra, pasando por las telecomunicaciones que lo controlaban) son fruto de las investigaciones de la agencia espacial.

    Pero no lo dice por compromiso social ni nada de eso, sino por miedo: miedo a que manden a un tío a Marte que, desde el Monte Olimpo y propulsado únicamente por sus tobillos, pegue un salto tan potente como para llegar al espacio interestelar y, una vez allí, se alimente de orina y deposiciones propias durante veinte años hasta que la Tierra pase a recogerlo. El salto sería de unos 75 millones de kilómetros, lo cual dejaría al de Baumgartner (40 km.) a la altura del betún.

    Estoy totalmente convencido de ello. (Y además habría más riesgo de accidentes, porque aparte de que se podría despresurizar el traje espacial, habría probabilidades de colisionar contra asteroides y de mutar gracias a las tormentas solares. O sea que o no llega, o llega la mitad, o llega un hombre nuevo.)

  2. *es fruto, no son, aunque también.

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