Javier Calvo: «Desde muy joven me interesó la traducción como forma de estudio de textos literarios y escuela solitaria de escritura”

Javier Calvo, 2016 | Fotografía: Milton Läufer

 
La traducción en las esferas literarias y su historia en Occidente es el tema central del ensayo El fantasma en el libro (Seix Barral, 2016) del escritor y traductor Javier Calvo (Barcelona, 1973). Pliego Suelto contactó con el autor, quien actualmente reside en Nueva York, y nos concedió la siguiente entrevista. Habla de su mirada personal sobre las dificultades que entraña el ejercicio de la traducción literaria y su interacción con el oficio de escritor y la industria editorial. Además, nos aproxima al diálogo intercultural entre Estados Unidos y el mundo hispánico y al fenómeno de la autotraducción.

Has publicado recientemente un ensayo, El fantasma en el libro, en el que reflexionas sobre la figura del traductor. ¿Cuál es tu opinión acerca de cómo se teoriza y describe actualmente la práctica de la traducción?

Seix Barral, 2016

Dentro del mundo académico, me parece particularmente absurdo el conjunto de discursos que se han dado en llamar “teorías de la traducción”. Estos discursos se han desarrollado a imitación de las teorías literarias y los estudios culturales de la academia norteamericana, con el objeto de potenciar y legitimar los “estudios de traducción”. En mi opinión, nada de esto tiene ninguna utilidad, más allá del hecho de fomentar los mismos estudios de traducción como institución autosuficiente (y completamente desconectada de la realidad de la traducción literaria).

Lo que yo hago en mi libro no tiene nada que ver con eso. El fantasma en el libro es un ensayo literario, es decir, no está escrito con pretensión teórica ni de verdad última. Simple literatura; un relato sobre la traducción y su Historia en Occidente. Tampoco es un texto histórico en el sentido de que no tiene pretensiones científicas. Es, como he dicho, un ensayo literario.

La noción de «fantasma» que reza el título alude a dos lecturas: el hecho de que el nombre del traductor no suele destacar en las portadas y que su estilo debe de ser lo más neutro posible, lo que denominas el “español de las traducciones”. ¿Crees que hay que reivindicar esta fantasmagoría o invisibilidad?

Nunca me ha preocupado que el traductor no tenga su nombre en las portadas o, incluso, que nadie sepa quién es o que no se fije en él. Eso me parece, por decirlo de forma tosca, la parte “buena” de la invisibilidad. No todos los traductores están de acuerdo con eso, lo sé, pero creo que debemos escoger nuestras batallas.

Traducción: J. Calvo, 2001

Respecto a la neutralización del idioma de las traducciones –o la pérdida de peso del traductor en el proceso editorial, que a su vez se traduce en el maltrato al traductor en términos económicos y de condiciones de trabajo…–, esa sería la parte negativa de nuestra invisibilidad. El hecho de que el traductor no tenga ya apenas control sobre su traducción, y que se lo someta a toda clase de mecanismos de revisión externos y a una neutralización de su lenguaje, me parece, sin exageraciones, el gran problema de la traducción literaria hoy en día.

En relación con la lengua estándar que se exige a los textos desde las editoriales, ¿qué margen tiene el traductor para hacer llegar al lector los distintos matices, modos y registros del texto original?

Ninguno, esa es la verdad. Existe cierto margen para ciertas estrellas del mundo literario, a quienes se les concede la prerrogativa de crear versiones libres, versiones de autor, etc., pero el traductor comercial está subordinado a las jerarquías del mundo editorial. Eso no quiere decir, necesariamente, que el resultado final pierda los matices del original o que no pueda reflejarlos con fidelidad. Evidentemente, muchos editores son muy competentes y muy conscientes del hecho de la traducción y de las dificultades que entraña.

Sin embargo, me parece que esta tendencia general está perjudicando más que otra cosa. En el libro lo explico con más detalle, pero creo que es mucho más importante atender a las incorrecciones del texto original y sus desvíos de las normas que a las normas de corrección en sí. También pienso que se debería permitir al traductor experimentar con diferentes registros y variantes geográficas, lo cual incluye, por supuesto, usar las jergas de su lugar de procedencia. Y, por supuesto, darle margen al traductor para hacer esto y también el tiempo y la retribución justa.

Traducción: J. Calvo, 2004

El ensayo se divide en dos partes. Por un lado, un recorrido sobre el ayer de la traducción y, por otro, su situación actual y el futuro que le espera. El avance no es muy halagüeño. ¿Crees que actualmente se valora más el contenido per se que la forma y el estilo de la traducción?

En realidad, el contraste entre la sección del pasado y la del presente es bastante artificial, en el sentido de que no es tan brusca como pueda parecer. Es una evolución muy gradual, pero muy evidente, y hasta asombrosa, cuando se escarba en la historia.

Creo que, en este sentido, ha habido una confluencia de factores. La traducción se empezó a ver más como una técnica y menos como un acto de creación literaria a partir de la democratización de la enseñanza de idiomas, de la ubicuidad de la traducción, de las exigencias del mercado, del gran volumen de traducción comercial que necesitan los mercados para sobrevivir y también de una visión de la traducción más supuestamente “científica”. Es decir, de una visión más técnica y tecnocrática. La idea de que la traducción es más una función del conocimiento de lenguas, como la enseñanza de idiomas, y menos una función de la retórica y la escritura literaria.

En tu recorrido por las figuras traductoras del pasado (Borges, Lewis, Cernuda, Aira, entre otros), se superpone la idea del traductor como otra forma de escritura, la de aquel que pensaba como un escritor mismo. ¿En qué medida ambos oficios se alimentan mutuamente?

Traducción: J.L. Borges, 1940

Yo creo que son dos oficios que tradicionalmente han dialogado bastante más de lo que dialogan ahora. Es decir, hasta finales del Siglo XIX, por ejemplo, habría sido completamente descabellado que la literatura la tradujera alguien que no tuviera carrera de escritor. Simplemente no se contemplaba esa posibilidad. La traducción era en la práctica un género literario más. A menudo se utilizaba como escuela de escritura y los escritores la empleaban también como vehículo de comunicación entre distintas tradiciones nacionales. En este sentido, el escritor tenía un rol crucial de promotor de escrituras extranjeras. Por tanto, había una identidad bastante clara entre ambas figuras.

Indudablemente, el escritor tiene herramientas que son cruciales para la labor del traductor y, por el otro lado, la traducción infunde al escritor con técnicas y lo empapa de distintos estilos y escuelas.

En tu caso, ¿qué viene primero el escritor o el traductor?

En mi caso, fui primero traductor, y sigue siendo mi profesión y la actividad a la que dedico más tiempo, aunque no veo ninguna subordinación entre una y otra. Simplemente, por absurdo que parezca, en mi cabeza no tienen nada que ver. Mi escritura, como la de cualquier otro, es un vehículo para comunicar las cosas que me interesan y me apasionan.

Has traducido grandes autores de lengua inglesa como Foster Wallace, Coetzee, DeLillo o Rushdie, entre otros. ¿Cómo surge tu interés por la traducción?

Mi interés por la traducción viene de los años 90, y es anterior al inicio de mi carrera como traductor profesional. Ya desde muy joven me interesó la traducción como forma de estudio o lectura muy atenta de los textos literarios y también como escuela solitaria de escritura. De forma que antes de ganarme la vida con ello ya lo hacía como hobby.

Traducción: J. Calvo, 2016

En el libro hablas de los casos de autotraducciones de autores como Nabokov o Beckett y apuntas que existe un gran número de autores que se mudan a Estados Unidos para llevar a cabo estas autotraducciones. ¿Es tu caso, te mudaste a Nueva York para ello?

No, en absoluto. Personalmente, no tengo demasiado interés en las traducciones de mis libros (al menos comparado con otros autores y autoras). Intento concentrarme en el lector de habla hispana. Pero como digo, en eso soy una excepción, creo, porque cada vez hay más diálogo entre Estados Unidos y el mundo hispano, y cada vez se publican más autores latinoamericanos y españoles en Norteamérica.

En cualquier caso, sí creo que la escritura bilingüe y la autotraducción están entre los fenómenos más relevantes de los últimos tiempos. A nivel internacional, el escritor cada vez más tiene el inglés como segundo idioma y eso le da una gran libertad de movimientos. En ese sentido, ahora mismo hay cierta impresión de “metrópolis editorial global” en Estados Unidos, con esa migración de autores de todo el mundo que mencionas. También, un mestizaje cultural que hace que cada vez resulte más difícil encasillar a los autores en tradiciones nacionales o en lugares de procedencia.

¿Te sentirías cómodo traduciendo tus propias obras?

En mi caso personal, puedo traducirme a mí mismo al inglés o incluso escribir en inglés directamente, pero me resulta más costoso y me requiere más tiempo, y no sé si me encuentro cómodo al cien por cien.

¿Encuentras que hay diferencias notorias entre la manera de traducir de otros países y la forma que se hace en España?

Las diferencias que puedo ver son de condiciones materiales. En otros países se da mucho más tiempo para traducir. En cierta forma, la traducción literaria en Francia o en Estados Unidos, por citar dos contextos que conozco, se plantea mucho más como la traducción académica, con unos plazos muy largos. También está mejor pagada y, ocasionalmente, el traductor tiene presencia en la portada y el material promocional o incluso estatus de co-autor.

En general, en tu labor como traductor, ¿escoges tú los autores que has de traducir o son más bien encargos?

Prácticamente nunca escojo los textos que traduzco. El 90% de mi actividad profesional como traductor es puramente alimenticia y consiste en aceptar los libros que me encargan mis clientes. El 10% restantes yo diría que son libros que me encargan porque los editores creen que me interesan personalmente o tengo una relación especial con los autores; o bien, en ocasiones contadísimas, resultado de una propuesta de traducción que le he hecho yo a algún editor o editora amigo mío. Tampoco tengo vínculo con los autores, aunque con alguno he desarrollado algún tipo de relación después de traducirlos (por correspondencia o de manera personal).

En estos momentos, ¿qué estás traduciendo y qué estás escribiendo?

Pues en los últimos meses he traducido American Smoke de Iain Sinclair, El pueblo del abismo de Jack London, Cero K de Don Delillo y El libro de la ley de Aleister Crowley, cuatro libros que me han fascinado absolutamente. Los próximos que tengo por traducir son libros de J.M. Coetzee, Donald Ray Pollock, la biografía de Joan Didion y alguno más que no recuerdo.

En cuanto a escribir, estoy en una especie de retiro temporal de la narrativa y me dedico ahora mismo puramente al ensayo.

 

Sobre el autor
(Salon de Provence, 1986). Aunque nacida en Francia, España es, sin lugar a dudas, su país de adopción. De hecho, se especializó en literatura española y, concretamente, cursa un doctorado sobre dramaturgia contemporánea. Es co-directora de la Revista de Investigación Teatral Anagnórisis. Y, a pesar de la crisis, también co-dirige la Editorial Anagnórisis, sello digital especializado en teatro y estudios humanísticos.
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