Alberto Chimal: “Los monstruos de otro tiempo pervertían entornos físicos, ahora infestan los medios de comunicación”

Fragmento de la cubierta de Los atacantes, Alberto Chimal, Páginas de Espuma, 2015

 
Los atacantes (Página de Espuma, 2015) es el último libro de Alberto Chimal (Toluca, México, 1970), escritor, docente universitario, promotor de talleres de escritura e ingeniero en sistemas computacionales. El autor conversa con Pliego Suelto acerca de su última colección de cuentos, una representación de los miedos y monstruosidades cotidianas que transitan por las calles y por Internet. Chimal también ha escrito las novelas La torre y el jardín (2012) y Los esclavos (2009); las colecciones de cuentos Manda fuego. Antología personal (2013) y Grey (2006); y las minificciones El gato del viajero de tiempo (2014) y 83 novelas (2011).

Tu último libro, Los atacantes, es una antología de siete cuentos que comparten el tema del miedo en nuestra era contemporánea. ¿Qué te llevó a indagar en este motivo?

Alberto Chimal

Por una parte, he escrito historias alrededor del miedo desde hace mucho tiempo, aunque han quedado en libros cuyo centro es otro. Escribir Los atacantes ha sido volver a modos, atmósferas e ideas que ya me interesaban.

Por otra parte, el libro fue concebido en un momento muy difícil para mí por razones de salud, y muy angustioso en México por el avance de la violencia criminal e institucional, de la desigualdad y de la impunidad. La sensación de desamparo de muchísimas personas a mi alrededor era la mía, iba más allá de mis propios problemas –pero se alimentaba de ellos– y se filtraba en la vida de todos por medio de las redes sociales. De todo esto viene la urgencia y la cercanía de los textos de esta colección en particular, y también de la intención de mostrar entornos muy contemporáneos.

Muchos personajes del libro (zombi, vampiro, extraterrestre) llevan implícita la estela del género fantástico. ¿De dónde procede tu interés por dicho género?

Mi interés en lo fantástico proviene de la infancia. Muchas de mis primeras lecturas en solitario –al margen de la escuela y de la familia– tenían un fuerte componente de imaginación fantástica, que me fascinó desde siempre: cuentos de origen antiguo, Edgar Allan Poe, Philip K. Dick, el mexicano Juan José Arreola

J.L. Borges, 1944

En la actualidad, por otra parte, no pienso al respecto en términos de un “género” preciso, porque la definición popular ha cambiado. Cuando era chico se podía decir con naturalidad que autores que aún admiro, como Jorge Luis Borges, escribían literatura fantástica. Ahora, esa etiqueta parece cooptada por los grandes consorcios editoriales –que la usan para vender algo mucho más estrecho (J. K. Rowling, George R. R. Martin, etcétera)– y, además, confinada al mundo de habla inglesa.

En México propuse hace unos años un nombre que muchos colegas usamos ahora para darnos un poco de espacio creativo: narrativa de imaginación. El término sirve para identificar textos que usan la imaginación fantástica, pero no tienen la misma delimitación espacial, cultural y comercial que aquellos que mencioné previamente.

A pesar de presentar personajes como el zombi, el vampiro o el extraterrestre, tus cuentos desbordan los estereotipos que los definen al insertarlos en nuestro devenir cotidiano. En el cuento “Tú sabes quién eres”, lanzas esta pregunta: “¿Cómo va a saber la gente que debe tener miedo si los monstruos no son como los que ya conoce?”. ¿Cómo son estos nuevos monstruos?

El personaje que dice esas palabras en ese cuento –y que se entiende a sí mismo como un monstruo– juega con la idea de que si no se le reconoce como lo que es pasará inadvertido y podrá seguir atacando a sus víctimas impunemente. Pero lo cierto es que a los monstruos, de alguna manera, siempre podemos reconocerlos. Son imágenes de lo que nos asusta desde que existimos como especie: representaciones de lo desconocido, del dolor, de la indefensión y de la muerte.

The Ring, 2002

Los monstruos de la actualidad representan estos mismos miedos –estas esquinas oscuras de la realidad–, pero como ahora percibimos que lo desconocido está en otros lugares y experiencias de la vida, los monstruos se mudan a ellos y cambian de aspecto para ajustarse a estos nuevos emplazamientos. Internet, por ejemplo, es muy importante ahora en nuestras vidas: es el foco de nuestra saturación informativa cotidiana y de tantas intimaciones horribles sobre el presente y el futuro. Por eso, varios de los monstruos famosos de esta época han comenzado como leyendas de la red.

Sin duda, la omnipresencia de nuestro mundo tecnológico (las redes sociales, el correo electrónico, etc.) cimenta esta ventana por la que se asoman estos múltiples atacantes. ¿Qué relación mantienes con esta nueva monstruosidad?

Los monstruos de otro tiempo infestaban y pervertían entornos físicos (casas, castillos, territorios deshabitados o inexplorados): los de ahora infestan los medios.

En películas señeras del cambio de siglo como, por ejemplo, El proyecto de la bruja de Blair (1999) o La señal (The Ring, 2002, que en México se conoció como El aro) se utilizó la tecnología como asiento del horror y las texturas del vídeo de la época para subrayar la supuesta realidad de los hechos presentados. Ahora, esa tendencia continúa con el vídeo de Internet (pixelado e imperfecto) como marcador de lo horrible-real y como una división de doble propósito: en cierto punto es una barrera, que distancia y conforta; en otro, justamente, se convierte en ventana, que se abre, querámoslo o no, y que lleva ese horror desde donde esté a nuestra intimidad.

The Blair Witch Project, 1999

Por este motivo, un gran argumento de nuestra época, que de hecho retomo en varios de mis cuentos, es el de la invasión: cómo una amenaza se acerca poco a poco a sus víctimas y por fin entra en sus entornos y los destruye.

En algunos cuentos se perfila también cierta reflexión sobre algunos aspectos que azotan México como el narcotráfico (“Los salvajes”) o el poder gubernamental y el sector editorial (“Connie Mulligan”). ¿En qué medida esta relación está premeditada?

La relación es totalmente premeditada porque la fuente del malestar de la que surgen los cuentos es precisamente esa realidad cotidiana. Y no se trata tanto de poner en conflicto la representación fantástica con la realista, sino de lograr que una complemente a la otra.

Las narraciones de imaginación fantástica siempre están refiriéndose a la realidad; solo que lo hacen de manera oblicua, con la esperanza (en algunos casos al menos) de revelar aspectos inusitados de esa misma realidad, que toman a sus lectores un poco desprevenidos y los sacuden.

En los últimos años existe una verdadera floración de escritores en lengua hispana que se acercan al género fantástico. Como especialista en la materia, ¿cómo valoras este hecho? ¿Hay algunos autores que sigues con especial atención?

Me parece muy positivo que esto esté sucediendo, porque representa una erosión de las actitudes de incomprensión y rechazo de la imaginación fantástica que por mucho tiempo primaron en Hispanoamérica, y en especial en países y regímenes autoritarios.

Amparo Dávila, 2009

Entre nosotros lo fantástico puede tener un componente contestatario más visible que en otros lugares, simplemente porque tuvo que crecer en sociedades que veían mal cualquier disenso, incluso en algo tan evanescente como la literatura.

En la actualidad me da gusto encontrar especialistas muy interesantes –desde Jorge Baradit o José Luis Zárate hasta Verónica Murguía o Liliana Bodoc–, grandes decanos del siglo XX todavía entre nosotros –Angélica Gorodischer o Amparo Dávila, por ejemplo– y más incursiones de autores considerados mainstream (es decir: no fantásticos), desde Edmundo Paz Soldán hasta Samanta Schweblin o Antonio Ortuño.

Por otro lado, además de escritor de narrativa y ensayos, eres también profesor de literatura y de talleres de escritura creativa. ¿Cómo compaginas todas estas facetas?

Las compagino… con dificultad, porque todas son tareas que me gustan y, sin embargo, ninguna bastaría por sí misma para mantenerme en un país como el que habito. Soy otra víctima de la dispersión de nuestro tiempo, que a veces se debe al exceso de información, pero otras al empobrecimiento de los individuos en nuestros estados hipercapitalistas.

Los atacantes, 2015

En cualquier caso, todas estas tareas, igual que todas las experiencias de la vida, se alimentan entre sí. Yo mismo aprendo mucho de escritura creativa leyendo y analizando los trabajos de mis alumnos.

Asimismo, tienes una gran vinculación con la escritura digital, pues desde tu bitácora www.lashistorias.com.mx impulsas un concurso mensual de cuentos. ¿Qué resultado está sembrando?

El mes pasado se cumplieron 10 años del sitio, y me gusta pensar que ha sobrevivido de alguna forma a la moda de los blogs, que aún tenía fuerza cuando lo comencé. El resultado más visible ha sido la existencia de una comunidad de lectores, que va cambiando, inevitablemente, pero que también tiene sus visitantes de larga duración, y sus retornos luego de mucho tiempo. Asimismo, a partir de la web, he podido continuar experimentando hasta hoy con diferentes formas de escritura digital.

Por otro lado, en México se editó en 2010 una antología, Historias de Las Historias, con los ganadores y menciones del concurso hasta aquel momento. Tal vez ya sea tiempo de ir confeccionando otra…

Para concluir, ¿nos podrías decir en qué proyectos te encuentras actualmente? 

Estoy avanzando en dos a la vez: un nuevo libro de cuentos con temas aledaños, pero no iguales, a los de Los atacantes, y una novela donde el horror, espero, tendrá una forma más insidiosa, aunque de nuevo en un contexto reconocible.
 

Sobre el autor
(Salon de Provence, 1986). Aunque nacida en Francia, España es, sin lugar a dudas, su país de adopción. De hecho, se especializó en literatura española y, concretamente, cursa un doctorado sobre dramaturgia contemporánea. Es co-directora de la Revista de Investigación Teatral Anagnórisis. Y, a pesar de la crisis, también co-dirige la Editorial Anagnórisis, sello digital especializado en teatro y estudios humanísticos.
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PliegoSuelto | 2017 | Creative Commons


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